La gritería
por C. Fernández Rombi
16 jun 2017
“¿Quién causa tanta alegría? ¡La Concepción de María!” (Nicaragua, 7 de diciembre.)
De cómo en la noche de la Gritería, celebrando a la Purísima en víspera del Día de la Inmaculada Concepción, entre fuegos de artificios, cánticos y dulces, se muere el celebrador Tomasito Bollanita,en el día más alegre de su vida.
Tomasito, por tradición originada en su abuela y seguida por su joven madre, se suma a los celebradores al cumplir los diez años. Han pasado seis lustros de su primera gritería y continúa viviendo, desde la segunda mitad de cada año en adelante, en función de la gritería y del fervor y alegría que depara.
Colabora en la erección del altar familiar a la Inmaculada que se vestirá de gala el 7 de diciembre. También en la confección de la gorra que se entregará a todos los celebradores que respondan jubilosos a la pregunta: ¿Quién causa tanta alegría?
A su vez, él mismo, cuando decaiga un poco la afluencia de gritadores a su humilde casa, irá buscando las calles más céntricas visitando cientos de altares, desde los más lujosos a los menos y, con todas sus fuerzas, gritará, cada vez que sea interrogado: “¡La Concepción de María!”.
Y recibirá su propia gorra con dulces, cajitas de fósforos, encendedores o regalitos similares que, en realidad, son lo de menos. Lo importante es el espíritu festivo de la mayoría del pueblo nicaragüense, sin distinción de clases sociales, que se desata cada 7 de diciembre desde Chirandega hasta Puerto Cabezas y desde Ocotal hasta Bluefields.
Tomasito vive la gritería de este año con más alegría que nunca. Su mujer ha confirmado que luego de años de frustración va a ser padre.
“¡Papá a los cuarenta y que se alegren los compadres!”. Junto a otros gritadores, ayuda con los fuegos artificiales desde la azotea de una mansión de Managua, sólo segundos para el 8 de diciembre.
Afanoso, revisa el castillo pirotécnico montado en el alero superior de la casona. Pierde pie y cae, son nueve metros hasta el embaldosado. No hay tiempo de pergeñar pensamiento alguno, sin embargo, esboza una idea. “Voy hacia la Inmaculada y mi hijo”.
Tomasito muere con una sonrisa en el rostro.