Imprimir

La jaula

por C. Fernández Rombi

06 jul 2017

 

 

La casa, en las afueras de Chilecito, es una ruina. El hombre, también. Cargado de años y frustraciones ha vuelto a su única posesión en este mundo; esta casa que construyera su abuelo hace noventa años. Nadie la habita hace tiempo; primero murió la madre, después el padre y él, con apenas ocho años, fue llevado por la tía a vivir a las afueras de La Rioja.

 

Recién entonces, a sus ocho años, empezaría la primaria que no le duraría más de un par de años. Enseguida, a la muerte de la tía ─sin saber cómo─, aparecería en una villa miseria del oeste del Gran Buenos Aires. En la que ha vivido hasta ahora; cuando ya al filo de los ochenta ha vuelto a la casa de su niñez. Algunos años de pedigüeño, otros de ciruja y finalmente, cartonero. Ha transitado una vida que no le parece suya propia, sino de otro.

 

“Un montonazo de años… ¡carajo!”

 

De igual manera, ignora cómo Ramona Estévez empezó a andar a su lado en el carrito; y luego se fue a vivir con él a sus veinte chapas durante años. Apenas recuerda a su mujer borrada hace tiempo o a sus dos hijas que también desaparecieron de su vida hace años.

 

“Jamás les puse la mano encima a la Ramona o a las chicas… Pero se quejaban de mi falta de ternura y que no las tuteara. Mientras mis niñas fueron bebés, me gustaba besarles las mejillas morenitas; pero apenas empezaron a hablar… fue inútil; ya no pude ni hablar con ellas y menos acariciarlas ¡Sólo Cristo sabe dónde se andan!”

 

La mirada cansada recorre su casa natal sin emoción alguna. Tres piezas con piso de tierra apisonada y pequeños ventanucos, una enorme cocina sin mesada y en falsa escuadra; el baño afuera y el patio trasero. Tan amplio como sucio, cubierto de malezas y yuyos que ocultan, sólo a medias, la jaula de los pájaros.

 

La jaula, apoyada como siempre y de cualquier manera contra el muro medianero. Los pájaros, cree, eran la debilidad del abuelo.

 

“Me parece que cuando el abuelo murió, los pajaritos se fueron con él.”

 

La jaula (I)

La jaula ─grande, aunque no llegaba a ser un jaulón─ la había hecho, al igual que la casa, el abuelo al que no conoció y que, según la versión de la vieja, era fanático de los pajaritos. Él nunca vio un solo pájaro en esa jaula; vencida y ladeada contra el muro del patio. También el patio estaba vencido, también la casa, también la vieja, también el padre, también el mismo chico que él fuera.

 

Él preferiría que la jaula no se vea… Aunque entre los yuyos se dejan adivinar los alambres curvados que ayer fueran negros y hoy son óxido y no más, que dan forma a la parte superior de su techo. La jaula es ominosa presencia para este viejo que ayer era un niño.

 

Despatarrado en un incómodo sillón de hierro, el viejo recuerda su pasado, aún más viejo. Sin darse cuenta, trata de arreglar el edredón estropeado que separa el cuerpo del metal. No cae en la cuenta que son los mismos movimientos mecánicos que hacía setenta años atrás su padre; con la misma motivación, buscar algo más de comodidad…

 

Aunque padre y el sillón eran un conjunto, un equipo indestructible. Padre no se sentaba en el sillón, se fundía en él.

 

Su niñez fue hace mucho tiempo…  Tiempo que le sirvió para pensar cada vez menos en el pasado y en ellas. La vieja y la jaula…. y, ¿por qué no?, también en su padre.

 

"La jaula hija de puta… y la vieja y Padre… ¡hijos de puta!"

 

Sin embargo, no experimenta odio; pero son recuerdos insobornables. Siempre presentes.

 

La vieja

La vieja siempre fue “la vieja”. Nunca su mamá. Todos la llamaban de esa forma sin otro aditamento. Salvo, claro, su padre; para él era  “la vieja loca”, sobre todo cuando la fajaba ─a diario─. Cuando hablaba con él y se refería a la vieja, solía decir “pendejo mugre andá a decirle a tu abuela que te limpié un poco”. Pero no era su abuela.

 

“Nunca supe porque se había casado con una mujer tan mayor que él… O sí. Para dominarla, obligarla a trabajar meta lava que lava todo el santo día y para maltratarla cada vez que volvía chupado… A mí tampoco jamás me llamo hijo o Pedro, yo era el pendejo de mierda o el maldito mocoso bueno para nada. Por eso no se preocupó en mandarme a la escuela. “Si yo nunca fui y soy todo un hombre”. Padre nunca trabajó; se pasaba el día sentado en este mismo sillón tomando un amargo tras otro. La vieja estaba con ojo atento a cambiarle yerba y agua cada hora sin fallar… si no, ¡quilombo seguro! Al caer la noche desaparecía hasta la madrugada, nunca supe adónde iba. Siempre volvía borracho y fajaba a la vieja… Que recibía todo sin una queja ni un suspiro. Solamente sus lágrimas largas e interminables y su quejido, apenas insinuado, apenas murmullo.”

 

La recuerda así, de esa manera, como un murmullo perdido en el tiempo. Sólo tenía con él alguna ternura cuando padre no estaba…y eso era difícil. Padre era, en el día, una presencia inmutable; sentado en este mismo sillón sin decir una palabra salvo fuera ladrar alguna orden. No recuerda que una sola vez lo haya llamado por su nombre.

 

Y tampoco lo recuerda bien, -en realidad casi nada recuerda bien─ cuando tenía cinco o seis, una noche de golpiza en vez de enterrar su cabeza en la almohada como de costumbre se asomó para mirar. El hombre, con la mirada vacía y sin expresar odio de naturaleza alguna, golpeaba a la vieja sistemáticamente. Como una obligación que no podía soslayar… Hasta que vio al pequeño espiando desde el vano de la cocina.

 

─¿Qué carajo mirás pendejo de mierda? ¡Mañana te arreglo a vos!

 

La jaula (II)

“No pegué un ojo el resto de la noche, me la pasé temblando. Padre nunca me había pegado… ¿y ahora qué? A la mañana, la vieja me sirvió el mate cocido y la galleta de costumbre, no dijo una palabra ni mencionó lo sucedido, sólo me acarició un hombro al pasar. Empecé a recobrar la tranquilidad; Padre se había olvidado. A las diez ya se había instalado en el sillón con el mate y yo jugaba con unas piedritas en el rincón más alejado del patio sin hacer un solo ruidito…

 

─¡Pendejo, a la jaula!

Duro como un poste no supe cómo reaccionar. Enseguida entendería.

 

─¡Te metés en la jaula o te mato…! ¡Ahora pendejo!

Como rayo me fui a la jaula y, con esfuerzo, me metí en ella. Suerte que era flaco como lombriz. Ahí me pasé el día entero. Al atardecer, cuando padre roncaba en el sillón, la vieja me dio comida y agua. Así el día entero. Y así seguiría día tras día; cuando Padre se apostaba en el sillón al rato pegaba el grito:

 

─¡Pendejo a la jaula!

Recién a la noche cuando se marchaba, la vieja venía y me ayudaba a salir de la jaula, luego me frotaba todo el cuerpo porque los calambres me hacían llorar y le daba una limpiada para eliminar los restos de mis necesidades… por fin, me daba de comer. Y así, y así, y así… dos, tres, cien años. Una mañana desperté asombrado, no se oía el habitual ajetreo de la vieja en la cocina y ya Padre estaba en el sillón del patio… Como desconcertado e inquieto por la ausencia del mate. Ahí, llegó el alarido:

 

─¡Vieja loca, el mate!

Desesperado fui a despertar a la vieja. No se despertaba… estaba fría y seca como si fuera a dormir hasta el fin de los días. Como un atontao salí al patio y mire a Padre; sin poder decir una palabra, creo que mis ojos estaban abiertos como platos…

 

─¿Qué carajo te pasa pendejo mugre?

No pude contestar, pero no insistió. Él empezaba a maliciar lo que yo no entendía. Se fue directo al cuarto… Al rato lo oí exclamar entre dientes, como hablando consigo mismo y desprovisto de su natural autoridad.

 

─La gran puta… se me murió la vieja.

Desde ese día no volví a la jaula… tampoco Padre fue el mismo. Reemplazó el mate por la damajuana, cuando no aguantaba el hambre me mandaba a comprar pan, pan, pan, pan y nada más. Él vivía a pan y vino, y yo, a pan y agua; no duró mucho. Tal vez un mes, o dos, o tres, no sé. Yo no tenía sentido del paso del tiempo. Pero a la jaula… ¡ya nunca más! Hasta que, una mañana cuando me levanté, lo vi tirado en el patio, el sillón caído y la damajuana también. Tardé horas en acercarme y empezar a hablarle despacito, pero ya intuía que le había pasado lo mismo que a la vieja. Me fui al vecino más cercano, a unos doscientos metros, me quedé mirando al hombre sin hablar una palabra. Él entendió, me dio la mano y fuimos hasta casa. Apenas se acercó a padre, se santiguó, y siempre tomados de la mano me llevó a la comisaría.

 

¡Fue lindo! Los policías me mimaban; con ellos comí mi primer caramelo y mi primer chocolatín; a la noche, dormía en casa de alguno de ellos, con sus chicos. ¡Fue lindo!

 

Diez días más tarde apareció la tía Clara, hermana de la vieja y tan vieja como ella y me llevó a La Rioja. A un humilde rancho de las afueras, que, en comparación con mi casa… ¡era un lujo! Me hizo empezar la escuela… nomás un par de años y luego se me murió. Solo en el mundo, un tiempo más tarde llegué a Buenos Aires, no tengo idea de cómo ni por qué. Ahora, después de un montón de años y tan solo como estaba a los doce años vuelvo a mi casa. El barrio ha cambiado, mi vieja casa ahora está rodeada de muchas otras… amontonadas sin demasiado orden ni criterio.

 

Va para un rato que nada me interesa ni poco ni mucho… ¡joderse que estoy viejo y choto!”

 

La tarde va muriendo lentamente y su recuerdo primordial, la jaula, como siempre lo trastorna un poco. La jaula.

 

El hombre adopta sin pensarlo la antigua posición del padre en el viejo sillón de hierro, vencido y ladeado. Sólo soporta a su ocupante porque este es poco más que un costal de huesos, un viejo flaco de intensidad. Su mirada perdida enfoca la vastedad del sucio patio y, primordialmente, lo poco que se ve de la jaula.

 

Espera ─inconsciente─ que los yuyos terminen de ocultarla. No se le ocurre desbaratarla. Sólo espera. Y los años pasan inmutables. El hombre viejo aún sigue ahí, esperando.

 

La jaula ya casi no se ve, pero sigue ahí. Como si no quisiera morir.

 

El hombre que fuera niño, también.