La traición de Ana Bolena
por C. Fernández Rombi
26 jul 2017
El paje tiene veinte años y es el encarnado suspiro del mujerío de la corte del rey Enrique VIII, tanto sean mucamas, damiselas o cortesanas. Uno más, entre los doscientos cincuenta servidores de Ana Bolena, la Reina Consorte. Con dos años en Palacio, su gran estatura lo destaca entre sus pares. A pesar de lo desigual de sus facciones angulosas y pronunciadas, es un proyecto de hombre muy atractivo. Sin que él lo sepa, su rostro y su figura toda parecen el epítome mismo de la sensualidad.
La Marquesa de Norfolk está cada día más lejos de conseguir el reconocimiento de su marquesado. No ayuda a su propósito el fallecimiento del viejo marqués con el que convivió los últimos tres meses de su vida. Según su versión, acaecido prematuramente luego del enlace entre ambos; en secreto, para no molestar a las hijas del anciano. Ha presentado sus papeles de casamiento a la Cámara de los Lores, pero ésta no toma resolución alguna. El acta no aparece registrada en ningún lugar y los dos testigos referidos son desconocidos por completo. De todas maneras, la gentil y simpática viuda cuenta con el favor de la Reina. Así que, siendo su amiga y confidente, no se preocupa demasiado. A sus veintitrés años, cree que la amistad de la Reina la protegerá hasta el fin de los días… Asegurando, además, su permanencia en Hampton Court Palace, lugar de notables diferencias a la Lyon Tavern donde residiera hasta que el destino la pusiera en el camino de Lord Norfolk. Dadas las dudas acerca de la legitimidad de su título, los cortesanos de Enrique lo han solucionado llamándola despectivamente “The little marchioness” o, simplemente, The little. Por supuesto, a sus espaldas y a las de la misma Reina. Su lealtad y amor por su soberana y amiga adquieren una devoción casi perruna. Ana es la única en referirse a ella como la Marquesa de Norfolk.
The little fue la primera en reparar en la presencia del atractivo paje. Y con la llegada de Jane Seymour a la casa real, también del cariz que va tomando la relación de Ana con el rey uxoricida. Ha sido ella la primera en notarlo, seguramente por su larga experiencia con varones, que comenzó a elaborarse previamente a cumplir sus quince años. Antes que nadie, ha observado que el modo en que el Rey mira a Jane está lejos de ser paternal.
Ahora se le ha metido en la cabeza que su Ana Bolena se desquite del especialista en esposas mediante la utilización de los servicios amatorios del rubio paje. Y de paso, ponga un manto de alivio a sus reiterados abortos indeseados… Abortos que han provocado la furia y la frustración del Rey, desesperado por un hijo varón, que ya se le había negado con su reina anterior, Catalina de Aragón.
No es Ana mujer a la que le pueda proponer así porque sí una aventura extramatrimonial. Menos aún con un lacayo y para colmo, tan joven. “Pero, tengo mis armas y unas ganas enormes de que le meta unos buenos cuernos a ese hijo de puta… Además, este lacayo es una delicia y por si fuera poco, un amante de primera, según la versión de las doncellas que ya vivieron la experiencia”.
La vida de Ana se ha convertido en un tormento. Sus parientes y partidarios por un lado, sus adversarios y los amigos de Juana Seymour por el otro, están involucrados en una lucha sin cuartel… Claro, estos últimos tiene a su favor dos herramientas invaluables: los embarazos frustrados de Ana y la belleza de Juana. Hay una sola persona con la cual puede hablar y a veces llorar a gusto: The little.
“Aunque a veces se pone pesada, hablándome de ese paje tan alto como joven. Le he dicho con reiteración que ese tema me desagrada… pero mi amiga es incansable. Se da maña para que por lo menos una vez en el día lo tenga frente a mis ojos… Bien es cierto que soy mujer y como tal, con necesidades. Además, hace largo tiempo que el Rey no me toca, salvo sea para tratar de preñarme… ¡Como si fuera una maldita vaca!”.
Día a día, Enrique manifiesta el aumento de sus preferencias por Juana Seymour. Ha dejado de lado toda convención social y terminará por hacerlo frente a su propia esposa. Ana Bolena, hierática, no borra la sonrisa de su rostro… Pero su interior es un volcán listo a estallar. Esa noche, por fin a solas con su amiga, uno más entre los doscientos testigos del desdén real, Ana es presa de un ataque de nervios. De duelo, las amigas permanecen abrazadas largo tiempo, las palabras sobran. Ya sobre la madrugada, secas las lágrimas y con voz tan tranquila como resuelta, Ana Bolena, dice al oído de su compañera:
–Mi pequeña, tomé mi decisión. Voy a tomarme un pequeño desquite de esos dos hijos de puta… Arreglad un encuentro con el paje. The little no puede disimular ni el sobresalto ni la alegría, pero Ana, imperturbable, continuará.
–Te pido solamente que él no se entere de que se trata de la reina. No dudo en que sabrás desempeñarte.
“¡Qué noche de locura! Nunca pensé que The little fuera una ramera emputecida. Es como si mis encamadas anteriores hubiesen sido apenas un ensayo. Espero que se repita pronto… La marquesita es pólvora de la buena.”
Ya no sería.
Ana Bolena es ahora habitante de lujo de la siniestra Torre. Su delicado cuello aguarda la espada del verdugo. Leve consuelo le trae el recuerdo de su noche de lujuria.