Laborare est errare
por C. Fernández Rombi
05 ago 2017
Felipe Artuso es hombre distinguido en su humilde barriada lindera a Villa Lugano. Hace cuarenta años que vive en ese barrio, en la casa del padre. Allí nació; su mamá murió en el parto. Ambos hombres viven solos. La característica que distingue a Felipe es su amplia y total carencia de disposición para trabajar. Está invicto a los cuarenta.
Su falta de predisposición incluye cualquier tipo de actividad que requiera el mínimo esfuerzo físico. A lo largo de la vida, ha ostentado tres alias: “Vagancia” fue el primero. Ya en la adolescencia, “1º de Mayo”; ahora se impuso el de “Fatiga”. En este mes de diciembre fallece el papá, ferroviario jubilado.
Los amigos se hicieron presentes para acompañar el duelo de Fatiga. Al día siguiente, éste no apareció por el bar que les era común, tampoco se lo vio sentado en su silla, mate en mano en la puerta de su casa y el infaltable escarbadientes a un lado de la boca. Les pareció algo normal. Esta historia se repitió por tres días más. Empezaron a sentir preocupación.
Ignorante de esta situación, Fatiga había estado cavilando por primera vez en su vida. Le quedaba de herencia la casa paterna y un puñadito de dólares; ausente la jubilación del Viejo, veía problemas a corto plazo. El tercer día decidió buscar trabajo. Estaba asombrado de su decisión. Se había producido un clic en su modorra. El cuarto día de madrugada salió a la calle vistiendo saco y corbata (heredados), mangueó los avisos de Clarín y con ellos bajo el brazo marchó hacia el centro.
Al caer la tarde volvió, exhausto, al barrio. Tenía una posibilidad laboral cierta.
Estaba contento de su decisión… Quiso la mala suerte que pasara frente al bar y que la mayoría de sus amigotes de toda la vida estuvieran en una mesa de la vereda. Primero fue la alegría de verlo –Fatiga es un buen tipo─ y saber que no le pasaba nada malo. Mientras él se acercaba, empezaron a notar que iba “vestido de persona”. Inusual e increíble. Empezaron las cargadas y la risa generalizada. Pero los avisos bajo el brazo fueron el real detonante de una grita infernal. Lo palmeaban, carajeaban y boludizaban de todas las formas posibles.
Uno de ellos reparó, de pronto, en la fecha de los avisos: 28 de diciembre.
─¡Muchachos, muchachos –gritó a voz en cuello- es una joda del Día de los Inocentes…!
Y desde el grito, la cosa se pudrió del todo. Ahora lo felicitaban todos a una: “Fatiga, es la mejor joda de Inocentes de la historia”. Y siguieron, y siguieron, y…
Esa noche, cansadísimo, Fatiga archivó saco y corbata. “No fue una buena idea”.
Nunca más los volvería a usar.