Nadie separe lo que Dios ha unido
por C. Fernández Rombi
13 ago 2017
Están cansados, el velatorio y la inhumación los tiene levantados desde la noche anterior.
Nelly conduce en silencio y con la atención concentrada. Su matrimonio acaba de cumplir las bodas de plata y sigue tan enamorada como al inicio. El viaje de Castelar hasta Quilmes no es ni corto ni sencillo. Son las once y treinta y regresa con su esposo, Ricardo, desde la Chacarita. Allí descansarán los restos mortales del tío Humberto.
“El hombre más bueno de la familia”, según el dicho generalizado entre su gente: tíos, hermanos, cuñados y concuñados, la abuela Olga y demás. Criterio que comparte.
El velatorio no tuvo la menor ayuda del clima. Noche de invierno con una tormenta fuera de lo común y viento arrasador. Los alrededores de la casa de sepelios estaban con diez centímetros de agua. Lo mismo durante el entierro.
“Pareciera que el tiempo se quiso sumar a la pérdida de un hombre de las calidades humanas del tío… como para que no lo olvidemos tan fácilmente”.
Han permanecido durante el viaje en silencio. Ella, manejando, con los sentidos en la ruta y su mente acechada por los viejos temas de la muerte. Ricardo, a ratos pensativo, en otros adormecido; cada tanto la mira con expresión de cariño inalterable.
Ya están llegando cuando ella habla; su tono es fuerte y claro:
─¡Yo no quiero pasar por esto! ─Ricardo se espabila en el acto.
─¿…?
─Quiero decir que cuando me toque, no quiero ni velatorio ni inhumación. Avisar a los más cercanos y luego derecho al crematorio. Esto que acabamos de pasar, y hace años que lo pienso, no tiene sentido. No le sirve ni al muerto ni a los vivos. ¿Qué pensás Ricardo?
─Igual que vos… así que expresemos dónde queremos ir a descansar y no volvemos nunca sobre este tema… Sabés que el de la muerte no es tema de mi predilección ni agrado…
Nelly se toma apenas un momento para pensar y luego contesta, sin vacilar:
─Mar del Plata… en el mar. Allí vivimos nuestra hermosa luna de miel y un montón de momentos agradables, llenos de luz… ¡inolvidables!
─Igual yo, Nelly. Más precisamente desde el espigón donde fui tan feliz con mi caña y mi mate… ¡Listo el pollo y la gallina! No se hable más.
El tiempo, inmisericorde, transcurre. Sólo los muertos desprecian el paso del tiempo.
Once años después, llega el momento de la partida de Ricardo, aún un hombre joven.
“Por suerte no sufrió. No lo merecía, se acostó una noche y ya no despertó”.
Al anochecer, los deudos van llegando al domicilio. Ricardo yace en el lecho matrimonial, su expresión es de paz. Cada uno lo saluda a su modo unos minutos y luego se van reuniendo en el living donde la mateada será compañera e invita a contar viejas anécdotas. Archiconocidas por todos, con Ricardo como protagonista. En algún momento Nelly o su hija Paula, dejan escapar un sollozo. Pero rápidamente vuelven a la calma. “Está todo bien”.
A las doce se marcha el último, algunos estarán presentes por la mañana en el acto de la cremación. Ya a solas, Nelly reza de a ratos, llora en otros y en los restantes recuerda a su esposo y su vida en común. Luego se recostará en el diván.
Terminada la incineración, Ricardito, lleva a su madre a casa. Comparten un café y cuando él se cerciora que “está entera” la deja y se marcha. La sencilla urna que contiene las cenizas, como un adorno más, está en el modular del living. Pasa un mes antes que Nelly se decida a cumplir la última voluntad del hombre. Sus dos hijos se han ofrecido para ir con ella a Mar del Plata. No aceptó.
“Esta es mi despedida final de Ricardo y quiero vivirla a solas”.
Llega a la ciudad turística con un clima nuboso y frío. La urna ha viajado toda la mañana a su lado en la posición que siempre ocupara Ricardo. Estaciona con comodidad, no hay gente en la playa. “Habría que estar demente con este tiempo”. Con la urna abrazada con fuerzas, camina lentamente por el espigón de pesca. Hasta el mismo borde del hemiciclo.
Con los brazos apoyados en la baranda, su vista se clava en las aguas. No le resulta fácil la tarea. Aprovecha la excusa de alguna basura flotando en el agua que arremete sin descanso contra las columnas para demorar la acción. “¡Ahora sí!”.
No presta atención alguna al hecho de que las aguas han bajado un metro por debajo del nivel de instantes atrás, retirándose para tomar impulso. En el momento en que se decidía a destapar la urna llega la ola. Majestuosa y furibunda, no reconoce impedimento alguno.
Barre el espigón y a su solitaria ocupante con una urna cineraria en sus brazos.
Nelly cae al mar asida con todas sus fuerzas a la vasija, es su única contención y reparo. Sólo la soltará cuando el agua empieza a entrar en sus pulmones.
Ya es tarde.