Rapsodia de un largo día
por C. Fernández Rombi
25 ago 2017
Rapsodia: pieza musical compuesta por diferentes partes temáticas unidas libremente y sin relación alguna entre ellas. Es frecuente que estén divididas en dos secciones, una dramática y lenta y otra más rápida y dinámica, consiguiendo así una composición de efecto brillante.
Al amanecer, Emilio, ya despierto y con el desgano habitual, se apresta para su jornada de oficinista en una tabacalera. Luego de dos horas de viaje, ficha con tres minutos de atraso. Bue… hoy no me van a romper las pelotas como de costumbre.
A las once de la mañana, ya está exhausto. Lleva quince años en la empresa sin la menor posibilidad de crecimiento. Realiza las mismas tareas que cuando empezó. El mismo horario de mierda con una hora para comer, los mismos jefes jodidos dispuestos a cortarte la cabeza para quedar bien con los gerentes y el director… y el mismo podrido viaje. Al principio, desde Merlo le ponía una hora larga; ahora no bajo de dos. Ya cumplí los cuarenta y ni miras de cambiar… Peor, con el desparrame del dólar se asustaron y ya echaron a diez de los más nuevos y, por supuesto, más laburo por la misma plata para los que nos salvamos. En fin…
Tiene mujer y dos hijos en una secundaria privada de las más económicas; pero el presupuesto, igual no cierra. La esposa, de salud frágil, trabajó hasta un tiempo atrás. Momento en que el médico indicó “reposo”. Y ahí se me armó el quilombo, la guita no alcanza y hay que estirarla además de hacer ahorros estúpidos: los fasos, el vino y los postres en la cena; y por ahora, ni pensar en mis pobres zapatos listos para tirar… ¡qué vida de mierda!
Hoy cobró, son las dieciocho y es el primero en la fila para fichar “salida”. Ha separado el efectivo en distintas partes: un poco en cada media; otro poco en la cintura, bajo la camisa; en el bolsillo del saco, la plata chica. Al momento de hacer esta distribución, influencia directa de los pungas de cada día, trata de dilucidar por qué no hizo como cada mes. Retirar mil pesos y dejar el resto en la tarjeta de débito que le provee la empresa. No sé en qué estaba pensando… esto es una estupidez y un riesgo al pedo…aunque, en realidad, ¡quería verla toda junta por una puta vez!
Al salir, como de costumbre, se encamina al subte que lo llevará hasta la estación Once. Luego el tren hasta Merlo y de ahí un colectivo barrial que hace un recorrido tan tortuoso y rebuscado que parece diseñado por un demente. Faltaría que pase por Lomas de Zamora. La tortura moderna del viaje de regreso a casa, tendrá su glorioso final caminando cinco cuadras.
Sin saber el motivo, se detiene en la boca del subte. Enseguida debe hacerse a un costado, el acceso en la estación Perú de la línea “A” en ese horario, es tumultuoso. Con paso indeciso termina por entrar a la confitería de la esquina. Pide un coñac. ¡Puta, que rico! Pero me quema las entrañas, no estoy acostumbrado. Bien, cambié la rutina pero ahora no sé qué hacer… no tengo ganas de ir a casa aún.
Para evitar su preocupación, llama a la esposa e inventa una cena con compañeros del trabajo. En realidad, su mente está en blanco; lleva tres horas en ese lugar, está por el tercer trago y su confusión va en aumento. Decide tomar un poco de aire para aclarar sus ideas. Sale y se encamina por Reconquista hacia el bajo, dobla en Viamonte, no ha caminado más de treinta metros cuando dos luces rojas sobre un frente oscuro llaman su atención. El hombre bajo las luces, con corbata, amigable sonrisa y unas tarjetas en su mano, da un paso hacia él:
─¡Buenas noches amigo! Adentro tenemos buena música, licor y unas chicas hermosas y complacientes ─Emilio vacila, no es hombre ducho en ese tipo de situaciones, el otro insistirá─. No me diga que tiene miedo, le aseguro que no hay compromiso, si no le gusta lo que ve se marcha y tan amigos.
Sin darse cuenta, reacciona a la provocación y da un par de pasos, ayudado por la mano del sujeto que lo empuja amablemente del brazo. Una vez adentro, sus ojos tardan en divisar cosa alguna. La única iluminación del antro está dada por unas velitas dentro de unos vasos, a uno por mesa. No tiene tiempo de pensar demasiado, como surgida de la nada una “chica” de unos cincuenta años tapados por medio kilo de maquillaje, escote generoso y hecha unas pascuas, se pega a él y lo besa en la mejilla. Su intenso perfume, en ese lugar cerrado, lo marea.
─¡Hola querido! ¿Primera vez en Mon petit cheval? ─sin solución de continuidad, se agarra de su brazo y lo sienta a una mesa, ella adherida a su lado, su brazo izquierdo le rodea los hombros y lo besa en el cuello─ ¿Me invitás una copa, mi amor?
El hombre asiente con la cabeza, aún no reacciona. Y después de todo… ¿qué me importa? Un día de vida es vida. Má si… no va a morir nadie.
No han pasado veinte minutos y su acompañante, aparentemente sedienta, ya se ha tomado tres tragos; él apenas un sorbo de coca. Las manos ávidas de la mujer recorren su entrepierna con dedicación: ya está muy excitado, la mujer le hace una propuesta al oído. Se deja conducir mansamente hacia los reservados del fondo, allí la penumbra es mayor. Manotean, se besan, se abrazan; casi sin darse cuenta el hombre suspira. Ha eyaculado. Se limpia como puede con la punta de un mantel. No sabe cómo continúan estos encuentros. Ella, lo saca de dudas:
─Querido, me debés seiscientos… ─lo toma de la mano y arrastra hacia la barra─ ahora le pagás al mozo los tragos y te podés ir. Lo pasé muy bien con vos. ¡Sos tremendo! Volvé cuando quieras… mi nombre es Anamá.
Son las diez de la noche. Emilio se sienta en el umbral de un negocio cerrado. Le cuesta creer que sólo han pasado cuatro horas desde que salió del trabajo. Pasé todo el día a ritmo de tortuga y termino en una Ferrari. Bueno, la joda salió unos mangos pero valió la pena. Aprendí que mi vida rutinaria es mejor que esta. Estuve casi todo el tiempo pensando lo mismo: lo bien que estaría en casa con la flaca y los chicos.
Se toca el cuello y siente algo pegajoso. Y claro, la veterana tenía un lápiz labial completo en el buzón… voy a tener que arreglar este quilombo antes de llegar a casa. Por suerte, en este horario llego en una hora.
Antes de pararse ve un cordón desatado, se inclina para rehacerlo y, consternado, nota que la mujer “le limpió” una de las medias; la otra se salvó. ¡Gracias a Dios! Su primer impulso es volver al boliche, increparla y exigir lo suyo. Sonríe apenas y se encoge de hombros. Lo más fácil es que me coma un par de piñas y minga de guita. Mejor así… ¡experiencia completa!
Un hombre feliz se encamina hacia la estación del subterráneo, tararea una canción. Ignora que lleva un nuevo huésped a su familia.