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El juez disiente

por C. Fernández Rombi

14 sep 2017

 

 

La vida de relación se ha complicado en mi casa... ¡joderse!

 

Tres años van desde que me casé, tan enamorado como hoy, con Amelia, una esposa de lujo y, más importante aún, un buen carácter sin desmayos.

 

Nos mudamos a la casa que comparto con mi vieja, mujer fina y también con una excelente forma de conducirse en nuestro hogar. Un buen trato a prueba de balas. Lo cual ha hecho posible que este trienio haya sido una bendición... sobre todo para mí, que soy alérgico a las discusiones o luchas intestinas.

 

La propiedad de la casa es compartida, era un bien propio de mi viejo; al fallecer y dado que soy hijo único, heredamos el 50% cada uno. Cuando me casé, Mamá, que ya conocía a Amelia, estuvo muy contenta de que no la dejáramos sola en una casa tan grande: cuatro habitaciones, tres baños, gran living y biblioteca, todo en dos plantas. En la superior se instaló la vieja, el día que tomó la decisión nos hizo un chiste:

 

─Me voy a instalar en la planta alta, de esa forma los molestaré lo menos posible... además, me voy a portar muy bien así me bancan hasta el día de mi muerte.

 

Esos tres años fueron una bendición: cero problemas, incluso los días de semana cenamos juntos y lo pasamos bien. Sábados por la noche, Amelia y yo vamos al cine y a cenar afuera, algunos domingos nos damos un paseo por el Tigre o Palermo. En fin, paz y armonía.

 

Pero no podía durar... Una noche, durante la cena, Mamá dice:

 

─Tengo muchas ganas de comprar seis maceteros metálicos de colgar para las ventanas del frente y llenarlos de mantos de novia blancos y lilas... la fachada de la casa cambiará totalmente y además el costo es ínfimo. Yo me haré cargo del mismo.

 

No presté demasiada atención, incluso me pareció una buena idea... hasta que, por el rabillo del ojo, vi la cara de culo de Amelia. Quise salvar el momento:

 

─Está bueno, ¿no te parece, amor? A nuestra casa sin jardín unas cuantas flores les vendrían muy bien... además, los mantos de novia son una belleza.

 

Nada, minga de respuesta. ¡Inocente de mí! Mi Amelia, como si no hubiera escuchado a ninguno de los dos, se paró y comenzó a levantar el servicio de café... En ese momento no imaginaba que había comenzado una lucha ─por este trivial motivo─ tan enconada y feroz que llevaría seis largos, larguísimos meses, hasta su desenlace. La vida en la casa de la calle Moliere cambió substancialmente. Al día siguiente, para la cena, observé que la mesa estaba puesta para dos. Con la mirada interrogué a mi mujer, se limitó a encogerse de hombros:

 

─Tu madre no se siente muy bien. La cena está lista, sentate que se enfría.

 

No hice caso y subí a saludar a la vieja. Estaba mordisqueando un emparedado frente a la tele y cuando la interrogué, repitió exactamente el mismo encogimiento de hombros de la nuera:

 

─Coman tranquilos... me  duele un poco la cabeza.

 

Así, sin grandes aspavientos, empezó la “guerra fría” en mi hogar. Guerra de la cual era el privilegiado, desganado y aburrido espectador. Para la cena del día siguiente, mi madre reapareció a la hora de comer. Ambas hablaban sólo conmigo, ignorándose mutuamente. Por supuesto estaba convencido que había habido entre ambas alguna escaramuza en el día que, sin embargo, las dos negaban en privado. Amelia preparaba la cena y la servía como antes; mi vieja, levantaba el servicio y lavaba la vajilla. ¿Cómo no pensar que el asunto debía tener algún condimento extra a los maceteros del orto?

 

Luego de seis meses, tengo lo huevos al plato; en la mañana del lunes, negado a toda concentración al laburo, tomo una decisión: “¡Esta noche las emplazó! Se arreglan o me mudo a un hotel.”

 

(Es en ese momento que el marido e hijo torturado, se sonríe inconscientemente y decide hacer algo mejor. Buscará en internet las páginas de decoración de fachadas, luego toma el teléfono y habla largamente. Al colgar, sigue sonriendo, esa noche será el Juez del diferendo y no dará la razón a ninguna de las partes).

 

La cena ha terminado y su madre, tal y como es su costumbre de los últimos tiempos, se incorpora para el retiro de la vajilla, luego del lavado de la cual, dará un beso a su hijo y se retirará a su dormitorio. Pero…

 

─Mamá deja eso por el momento... ¡quiero comunicarles algo a las dos!

 

La desconfianza y un principio de encerrarse en su caparazón se instalan en las mujeres, atentas a iniciar una discusión: no ignoran cuál será el tema del hombre.

 

─Mañana en la tarde voy a venir algo más temprano, vendrá un profesional de la Empresa Nuevas Fachadas a tomar las medidas del frente. Decidí encarar su remodelación integral, incluso van a agregar sobre cada ventana unos tolditos de tela de alta performance a la intemperie. ¡Creo que va a ser un golazo!

 

De primeras, solo le contesta el silencio, como si estuvieran digiriendo la idea; luego:

 

La madre: ─¡Pero eso va a salir un dineral... ¡qué disparate!

La esposa: ─¡Van a hacer una mugre descomunal... ¡qué disparate!

 

El hijo-esposo no puede ocultar una sonrisa, ambas ha utilizado la misma expresión; luego, su sonrisa se transforma en carcajada plena. Ríe hasta las lágrimas ante el estupor de sus mujeres. Éstas se miran de frente por primera vez en meses, al principio, asombradas; luego, distendiéndose, comienzan a sonreír bastante avergonzadas.

 

La madre: ─Hijo, no hay necesidad alguna que malgastes tanto dinero... renuncio a mi idea de los maceteros.

La esposa: ─Raúl, estoy avergonzada, con gusto aceptaré los maceteros.

 

─Señoras... ¡llegan seis meses tarde, mi decisión está tomada! Por otra parte, el arquitecto con el que hablé dice que la tarea demandará unos seis meses de trabajo y se disculpó a priori al manifestarme que este tipo de construcción suele producir mucho polvo y bastante ruido. El único condicionamiento que le puse es que no queremos maceteros colgantes.