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Despedida de soltero

por C. Fernández Rombi

04 oct 2017

 

 

Es alto, de facciones regulares y atractivos ojos verdes que juegan bien con su cabello cobrizo. El conjunto es afeado por el exceso de curva de una espalda que desconoce la vertical. Muy cargado de hombros y una dejadez en el andar que tampoco lo ayuda. Sin embargo, a sus treinta, está a unos días de llevar al altar a una de las muchachas más miradas de esa pequeña barriada de Versalles.

 

Ambos se han criado en ese barrio que aún conserva “el aroma” de viejos tiempos; otros aledaños, ya se han vuelto más cosmopolitas. Tal vez, su linde con la Avenida General Paz ha contribuido a la preservación de su primitiva característica, además de la prohibición municipal de construir edificios de más de tres pisos.

 

En la escuela primaria habían comenzado una tierna amistad a pesar de que Margarita estaba en el segundo y él en el quinto grado. Casi desde el mismo inicio de esa amistad infantil, la pequeña decía con seguridad: “Cuando seamos grandes, Ricardo y yo nos vamos a casar”.

 

Sus amigos del barrio, algunos ya casados, piensan que un noviazgo tan largo amerita una despedida de soltero de “aquellas”. Ricardo no solo comparte la idea, está feliz de ser el agasajado.

 

Noche de viernes, “los vagos de Versalles”, como se autodenominan, la harán a lo grande. Instalan una parrilla precaria y un par de mesas de tablones sobre la calle Lascano, a menos de dos cuadras de General Paz. La alegría, el asado y el chupi, brindan el fondo adecuado; la noche de noviembre, cálida y serena, ayuda. Sobre las cinco de la mañana están aflojando, levantarán parrilla, mesas y bancos. El rescoldo queda.

 

Al agasajado no hay mucho más que hacerle, ya lo han meado en los pies, lo “bañaron” en cerveza y harina... ¿Qué más...?  ¡Ah, claro! Dejarlo un par de horas atado a un árbol. El mismo Ricardo, fue promotor de esa ideota en el pasado en despedidas similares.

 

Como por arte de magia, aparecen unos cables y una cuerda; en cinco minutos está anclado a un añoso paraíso. Se marchan riendo y gritando, Raúl que vive en la casa lindera a la suya, le grita:

─¡No sufras Flaquito...! en un par de horas te rescato.

 

La “moda de los quema coches” ya tiene unos años. Empezó en Francia y llegó a la Argentina... parece que para quedarse. Muchos casos, demasiados, en el barrio de Palermo, Olivos; en Junín, Provincia de Buenos Aires, tiene un alcance preocupante para sus autoridades. Esa madrugada, los vándalos desembarcan en el tranquilo barrio, buscando material, ven dos autos estacionados uno detrás del otro y al final, como un broche de oro, un loquito enharinado que duerme tranquilamente atado a un árbol.

 

¡Sería un triplete novedoso y magnifico!

 

Las familias de Margarita y Ricardo informarán que la boda ya no se realizará.