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por C. Fernández Rombi - 14 oct 2018

 

Ambos muchachos caminan por las afueras del pueblito serrano; están llegando a sus veinte... y se aburren la mayor parte del tiempo. Hay otros como ellos en ese lugar que sólo cobra vida con el turismo en el verano. Algunos ya han terminado sus estudios secundarios, otros los dejaron  incompletos y en el olvido, otros se han marchado a las ciudades centrales en busca de trabajo. Lo poco que hay para hacer en La Hoya ya lo hacen los adultos. Y sobra. Ya cerca de ese mediodía no tan frío como los precedentes, se sientan en unas piedras al costado del camino: sus miradas vacías de expresión y pocas ganas de charla, al rato:

 -Juanchi, estoy más aburrido que perro sin pulgas... y, además, tengo un hambre de lobo.

-Psss... igual que vos. Poco panorama pa’esta noche... ¡viernes y secos! Siguro que ni al boliche a chupar algo podremos ir... La voy a tantear a mi vieja, pero lo veo difícil, como siempre poca plata en casa...

─Voy a hacer lo mismo con mi viejo... pero también es difícil... ¡qué joda!

 

Luego del breve y desesperanzado diálogo quedan en silencio. Se asemejan a dos viejos matemáticos desanimados por no encontrar la fórmula de la cuadratura del círculo. En el momento en que sin saberlo ambos están pensando en ir hacia sus ranchos para, por lo menos, picotear algo que silencie sus estómagos quejosos, avanza hacia ellos, por el camino una pequeña nube de polvo. Es un jinete que sofrena su caballo bien enjaezado justo a su frente, aumentando el terraje sobre los muchachones.

-¡Buen día vaguitos...! ¿Cómo dicen que andan? Aunque ya se los ve...

-Buenos días Don Roberto ─responden a coro─. ¿Bien y a Usted? Es Roberto Alvarado, dueño de la única plantación de uvas y olivos, dueño del lagar y dueño de la embotelladora de vinos finos y aceitunas. Casi, casi, dueño de La Hoya.

-Pensando en ustedes... En mi finca, por decisión de mi mujer... ¡claro! se construyó hace tres años un bruto jardín trasero con pileta, asientos, solario... ¡y hasta una cascada... carajo! Bueno, eso a ustedes les importa un pito, el tema es que el viejo Pedro y su hijo que se dedicaban a su mantenimiento se van a vivir a la Capital. Y yo venía pensando en ustedes para su reemplazo... ¿qué les parece?

 

Roberto Alvarado es un hombre bien plantado de 55 años y su rasgo más distintivo es la autoridad. Su finca fundada por su abuelo para el cultivo de la uva, luego ampliada a olivos y elaboración de vinos finos y de mesa por su padre, tiene una extensión de 1600 hectáreas superando los límites de La Hoya. Su padre era ya hombre grande al nacer el tercero de los Alvarado y lo malcrió sin asco, así es que Roberto se acostumbró a dar órdenes desde que era un crío sin nadie para desobedecerlas. De todas formas, es un buen hombre si se obvia su autoritarismo; además, paga en fecha a su gente y, a veces, hasta un poquito de más. Hace cuatro años se ha casado con una porteña hermosa y orgullosa que tiene la mitad de  sus años.

 

Juanchi y Pablo se criaron juntos y son tan unidos como diferentes sus físicos. Juanchi, es de mediana estatura, pelo renegrido y piel cetrina. Es un chico de pocas aspiraciones; sin embargo, es él quien originó el sueño-motor que los motiva: viajar a la costa y establecerse poniendo un boliche que les permita vivir cerca de ese mar que no conocen. Pablo, es alto, de tez blanca, ojos grises y una hermosa pelambre color cobre-rojo, única herencia de su abuelo polaco; es el líder de ese grupo de dos.  Si no fuera por el Pablo ni hubiera terminado el secundario... no sólo me ayudó todo el tiempo, adimás me tenía amenazado: “¡Si no estudias te cago a trompadas pendejo!”

-Mientras que no haya que matar a nadie... ¡cuente con nosotros! Don Roberto y... ¡gracias por el conchabo! Es Pablo el que contesta, seguro y respetuoso.

-¡Bien contestado! Entonces el lunes se presentan a las siete y se ponen a las órdenes de mi mujer; el trabajo de ustedes no tiene nada que ver con los cultivos y mi gente. A cien metros de la casona hay un galpón con dos catres y el baño. Sus tareas irán del lunes a las siete hasta al viernes a la anochecida... si se van a dormir a sus casas o pasan el fin de semana en el boliche, ¡a mí no me importa! Claro que si no se presentan el lunes a la mañana... ─hace con un dedo el gesto típico de “cortar el cuello”, mientras se larga a reír como si hubiera dicho algo muy gracioso, saca unos billetes y los tira a los pies de los muchachos, agregando─ Acá tienen unos pesos para que se compren bombachas y alpargatas nuevas y, si quieren, esta noche se toman unos vinos a mi salud, pero... ¡ojito el lunes!

 

Juanchi y Pablo farfullan unas frases de agradecimiento mientras recogen los billetes, ya es tarde, el jinete ha partido sin aguardar respuesta. Esa mañana de lunes se presentan a primera hora en el casco de la finca cada uno con su bolsito de loneta; los recibe el mayordomo, que les toma sus datos y luego los acompaña al galpón donde está “su vivienda”. Sorprendidos para bien, observan que los catres que refiriera el patrón son dos camas de una plaza bien tendidas, dos mesitas de luz y un ropero. ¡Nada de qué quejarse!

-A eso de la diez se me van para la casona que los va a recibir la patrona... pueden aprovechar para ir conociendo su lugar de trabajo, el jardín y la pileta.

 

No pierden tiempo, ansiosos para tratar de enterarse en qué se metieron, marchan a recorrer el “jardín”; primera sorpresa, ese jardín de La Linda no responde, siquiera, a su idea de jardín: un pedazo de tierra adelante de las casas con algunas flores, plantitas y hasta alguna lechuga o tomate. Éste tiene una hectárea y media, caminos sinuosos de gravilla blanca, árboles, flores; cada tanto un par de asientos de plaza de madera  barnizada y una elegante mesita de metal y vidrio. Todo enmarcando una gran piscina con su propia cascada de piedra y un  solario acorde. Bar, vestidores y duchas.

-¡Mirá Juanchi...! Hasta reposeras y sombrillas en el solario, como en las playas de Mar del Plata... y la cascada... ¡un lujo total!

-Y... ¡sí! Pensar que en las casas, nosotros ni agua corriente tenemos.

 

El diálogo, mezcla de observación y envidia, es cortado por la llegada de una hermosa mujer de facciones perfectas y que, de no ser por el gesto autoritario, sería de plena sensualidad; su cabello es tan rubio que, por comparación, la pelambre de Pablo parece del color de la noche. Sin dudas que no necesita aclarar que es la patrona. Se presenta, con una media sonrisa en el rostro y sin hacer el menor gesto de extender su mano.

-¡Hola chicos! Yo soy la patrona y ustedes me deben llamar Doña Amelia, nada de señora ni patrona. Veo que ya estuvieron viendo mi jardín impecable y lindo como lo quiero siempre. Lo diseño la arquitecta paisajista Danesino de Buenos Aires ya me estoy yendo por las ramas, ¡cortála). Por el regado no se preocupen, tenemos un sistema de aspersores con tablero de comandos y el plano de ubicación y planillas de tareas. Ahora, uno de ustedes... ─se interrumpe asaltada por una duda imprevista─ Imagino que saben leer, ¿no es así?

 

Será Pablo quien seguro y respetuoso a la vez, contesta:

-Sí Doña Amelia ambos hemos terminado el secundario.

-... decía que uno de ustedes se viene ahora conmigo y le entrego el material y no se asusten por lo que no sepan del trabajo, los primeros días voy a estar cerca todo el tiempo para aclarar sus dudas y guiarlos. ¡Vamos!

 

Pablo le echa una mirada a su amigo y se dispone a seguir a la patrona.

-Voy con usted Doña Amelia.

 

Ella parece distraída cuando empieza a caminar, de pronto se detiene y cierra el diálogo:

-No... Mejor vení vos Juanchi.

 

En adelante, ésta será una constante. Cuando deba acudir a la casona uno solo de los muchachos, el designado será Juanchi, Pablo sólo lo hará cuando se trate de una tarea en común para ambos.

”Pablo es demasiado lindo y viril... Mejor lejos... ¡Bah, estoy pensando pavadas!”

“Es mucho mejor que Doña Amelia no me haga estar a solas con ella... ¡me gusta demasiado! Y eso, ni pensarlo, pondría en peligro el trabajo que tanto nos costó conseguir; además, no me lo perdonaría por el Juanchi. Así que... ¡flaquito olvidate de esa hembra!”

 

Llevan seis meses de trabajo en La Linda y están contentos, no es demasiado exigente, la paga es buena y hasta pueden ahorrar unos cuantos pesos por mes en pos de su viejo sueño de vivir cerca del mar. Aproximadamente ese es el tiempo que lleva el último romance de Roberto Alvarado.

“Esta vez se pasó el hijo de puta... Lleva meses con alguna atorranta del pueblo, aunque ya debe haber terminado, este fin de semana se la pasó en la casa dándome vueltas alrededor como perrito faldero y hoy me trajo una bruta caja de bombones que no se venden en La Hoya... debe haberlos encargado a los del Expreso en la ciudad. De todas formas, sigo sin darle pelota aunque de noche me arrime las patitas... ¡que sufra! Claro que yo tengo lo mío, llevo meses sin sexo y tengo mis necesidades. En fin... para colmo ese pendejo cada día me parece más lindo. ¡Mejor ni pensarlo! Yo no me voy a perder por un tipo y menos, un asalariado; además, de pescarme en un renuncio, Roberto me mata. Bueno loca, lo dicho... ¡ni pensarlo! Aguantate unos días y después a retomar el ritmo habitual. De todas maneras, algo hay que dar a cambio de tener todo lo que quiero y ser la mujer más importante de la comarca.”

 

A media mañana de ese martes, el mayordomo lo va a buscar a Juanchi para decirle que se ha roto una persiana de la casa y que lleve la caja de herramientas. El Destino tiene, más seguido de lo que imaginamos, derroteros extraños. Juanchi lleva unos pocos minutos trabajando cuando se ocasiona un feo corte en una muñeca con el formón. Más preocupado por el regaño que por su herida, se escabulle a buscar al Pablo para que terminé el trabajo. Éste, previo a volver al trabajo, lava la herida con alcohol, le pone un ungüento y lo venda. Luego, presuroso va hacia la casona y, cuando termina, busca a su patrona para que lo apruebe. Amelia Alvarado está en la cocina sin hacer nada, su mente perdida en pensamientos desencontrados y nada nuevos para ella.

“Van cuatro años que me casé y sigo dudando entre sí hice bien en cambiar el amor por la fortuna, la capital por el campo... Es inútil, no sirve ya para nada.”

 

Es ese el momento en que, con el respeto acostumbrado, se presenta ante ella Pablo para que apruebe su trabajo y marcharse. Se sobresalta, ni siquiera sabía que era Pablo el que estaba en la planta alta, sacude la cabeza para retomar el autocontrol, consciente de que el joven la encontró con las defensas bajas. Sin decir palabra va hacia las escaleras y comienza a subir, Pablo la sigue un par de pasos atrás. El la devora con la mirada y ella lo sabe. “¡Sé fuerte Amelia!” Sin poder de concentración hace como que revisa la reparación que Pablo le está mostrando. Éste, se mantiene a prudente distancia de esa mujer que se ha reclinado y que ahora, al incorporarse, pierde pie por una fracción de segundo, el hombre, en respuesta instantánea, se adelanta y la toma del brazo. Ella lo mirará intentando agradecer, no  puede, sus rostros están a unos cuantos centímetros y ninguno de los dos quiere o puede distanciarse. Para peor o mejor... se acercan más, el beso es largo, ávido, atrasado y la unión de los cuerpos en fiero abrazo no demora nada. Como posesos prolongan besos y caricias cada vez más y más atrevidas, el piso de madera es el lecho de la consumación sin que parezca importarles nada. En un clímax de intensidad desconocida, la mujer deja escapar un grito que más que de gozo parece de muerte. Dos seres de cuerpos desmadejados tratan, cada uno por su lado, de recuperar respiración y control. No lo conseguirán. Un Roberto Alvarado que ha llegado al final de la escena, poseído de una furia desconocida aún para él tomará del muro que decoraba, un rebenque de esplendida factura y virgen de uso. Su brazo infatigable azota sin piedad a los caídos. Una y otra vez y otra más, la mujer grita y llora con desesperación; Pablo, intentará pararse, pero ahora el agresor furibundo le aplica un duro golpe en la sien con el mango de madera maciza, semiinconsciente caerá nuevamente a su lecho de amor. Don Roberto Alvarado se olvida de la mujer y seguirá usando del rebenque sólo el mango, martilla una y otra vez esa cabeza que ya no piensa ni siente. Es la de un cadáver.

 

Juanchi vio desde su ventana la llegada del patrón y su caballo sin darle importancia alguna hasta que oye, apagados por la distancia, los gritos de terror de Amelia, en un instante imagina toda la escena. Corre desesperado hacia la casa, al pasar, sin razón reconocida, toma una azada apoyada en un árbol, sin reparos entra en la casona y subirá salteándose escalones. Al pasar su mente registra sin otorgarle importancia ninguna las figuras aleladas y estáticas del mayordomo y la cocinera. Llega a la escena, aún el brazo de Don Roberto sigue castigando, aunque ahora, ya exhausto, sus golpes no tienen el menor sentido. La mujer sigue gritando apagadamente, su cuerpo, tirado al lado del muerto es un despojo de lonjazos y sangre, sus ojos abiertos desmesuradamente. El que ya advirtió el arribo del vengador trata de incorporarse pero el primer golpe de la azada le secciona la cabeza que colgará sin gracia aún unida a su dueño. Juanchi sólo le da una mirada al cuerpo vacío de Pablo, retiene sus lágrimas y piensa sólo en una cosa...

“¡Huir, huir, huir... debo huir!”

 

Deja caer la azada devenida en arma asesina, bajará con la misma velocidad que subió, en dos saltos está en la tranquera, monta el tobiano ya sin dueño y empieza su loca y desesperada huida. Sabe que la persecución no demorará mucho y será más que intensa dada la envergadura del finado. Su largo galope rodea el pueblo sin atravesarlo, quiere llegar a las cumbres única guarida accesible. Ni pensar en pasar por su casa menos en la estación ferroviaria, serán los primeros destinos de la jauría que ya está en formación. No sólo los diez efectivos que tiene la policía local, el comisario se está comunicando con sus pares de los pueblos vecinos. Ha galopado por horas ya ha< sobrepasado las lomas bajas y está en la montaña,  cae en la cuenta que el animal no dará un paso más. Lo desensilla y le quita freno y bocado, esconderá lo mejor que pueda estos elementos en un yuyal, no se molesta en dar un  fustazo al animal para que dispare, sabe que es inútil, simplemente lo dejará ahí. Y continuará en su huida; el hambre y el cansancio son de intensidad crecientes.

“No importa, debo huir, huir, solamente huir... Pobrecito el Pablo, pobrecito... el hijo de mala madre lo distrozó. Huir, huir...”

 

Las partidas han dado vuelta el pueblo, la casa de ambos muchachos y sus conocidos, rastrillando las sierra baja cercana a La Hoya, para la cadena montañosa más lejana donde se ha internado el que huye se necesitan helicópteros que deberán bajar de la Capital. Juanchi animado por su coraje y la muerte de su amigo, su hermano, lleva seis días comiendo frutos salvajes, carroña de animales y bebiendo de agua que baja de la montaña; su cuerpo es ahora pura fibra, sin un gramo de grasa que atempere el frío de la noche en la altura: va vestido con su camisa salpicada de sangre seca y otra encima que se robó de la soga del tendido de un ranchito por el que acertó a pasar. En el amanecer del séptimo está del otro lado de la montaña, sabe que hay una vía ferroviaria por delante suyo.

“Ahicito nomás... ¡No aflojés ahora Juanchi... vamos!”

 

Llegado a la vía, la seguirá buscando la curva más cercana, común en el ferrocarril de zonas montañosas, con poco esfuerzo trepa a un vagón del primer carguero que pasa casi muerto se deja caer en la paja sucia del piso cargado de excrementos de animales. No le importa nada. Piensa o sabe que de alguna manera ya ha triunfado; sabe o piensa que se le escapa una idea. Rato después, en el primer momento en que se relaja, ésta viene a su mente. Gritará, poniendo en ese alarido, toda la energía que le resta:

-¡Bien Pablito, bien...! ¡Lo corneamos al patrón hijo de puta!