por C. Fernández Rombi - 24 nov 2018

 

 

 

El mundo violento se desgarra. Violento y, finalmente, violado. Enloquecido y sin control.

 

Gritan desaforados mujeres y niños… Los hombres tiemblan al borde mismo de las lágrimas.

 

Se desploman las grandes creaciones humanas: edificios, catedrales, ciudades y hospitales. Puentes que acercaban los hombres a los hombres.

 

Los ríos y mares abandonan sus cauces y se tornan enloquecidos y fieros. Corren tumultuosos y despóticos. Su fuerza liberada arrastra con todo. Y todo lo desgarran a su paso.

 

La tierra se abre como un campo ante el ataque de labriego… ¡Gigantesco y fantástico! ¡Cruel e inmisericorde!

 

El planeta todo parece ser arrancado de sus cimientos y sus límites. La vieja y querida Tierra que nos cobijara por años que suman siglos y milenios… ¡ha enloquecido! Gases y nebulosas horribles surgen de sus viejas entrañas. Se envenena todo lo que conocemos, todo lo que queremos… ¡Envenenándonos!

 

¿Y así acabará todo? ¿Es éste el final último? ¿Finaliza así la vida que conocemos y conocimos?

 

¿Por qué Dios mío? Dios de mi niñez y de mis niños. Dios mío… ¿Por qué, Señor? ¿Por qué?

 

Hijo mío, sufro contigo, pero no fue mi decisión. Un hombre, uno de mis hijos tan queridos… oprimió un botón.