por C. Fernández Rombi - 11 dic 2018

 

 

Cada año, para las vacaciones de verano, regreso a mi pueblo natal. Al bajar del tren, el primer saludo con la mano levantada es el del viejo jefe de estación. Hace más de un cuarto de siglo que emigré pero ni un solo año he dejado de volver a Milagro.

 

El tren está arribando a la estación, preparo mi bolso de mano y el ticket para el equipaje. Al bajar, mis ojos buscan la figura y saludo habituales. No está y no hay nadie que me salude.

 

O se jubiló o está enfermo o… algo peor. Debe de tener un montón de años, si ya era viejo cuando partí. Lo voy a averiguar.

 

A la mañana siguiente cumplo uno de mis rituales favoritos: desayunar en la única confitería del pueblo, frente a la plaza y mirando la iglesia. Daniel, el mozo, me da la bienvenida como cada año y en unos cuantos minutos, sin apuro alguno ni suyo ni mío, me traerá el café con leche y las medialunas.

 

Lo voy a disfrutar con el mismo apuro, ninguno. En Milagro no existen ni prisas ni apuros.

 

Al terminar la lectura minuciosa del diario provincial, que no trae noticia alguna de Milagro, el hombre paga, se levanta presto a marchar y, de pronto, se acuerda:

-Daniel, ¿vos sabés si le pasa algo a Don Eugenio, el jefe de la estación?

 

La sonrisa de despedida del mozo deviene en un gesto de incomprensión.

-Raro que no haya preguntado antes… Don Eugenio ya hace diez años que falleció.