por C. Fernández Rombi – 04 mar 2019
Hoy se cumplen trece años de la publicación de mi última novela... Ahora, escribo muy poco y sólo relatos. La novela, a pesar de haber parido ocho, se me hace un esfuerzo grande. Demasiado.
Es también aniversario de mi vida en soledad. Decido, con un dejo de propia ironía, festejar ambas situaciones. En la noche de sábado me dirijo al Rodizio de la Costanera. Esta, ha perdido el brillo de los 90’; sin rebuscar demasiado, el celebérrimo Clo Clo, restaurante insignia de Costanera Norte durante treinta años, cerró en 2018. Ya va para un año. El mismo Rodizio, según tengo entendido, está en convocatoria de acreedores... ¡La pucha!
Estaciono. En el boliche, poca gente y menos mozos, la parrilla se sigue viendo atractiva. Me castigo con un bifacho de chorizo (400 gramos), ensaladita y un Rutini Cabernet de prima que, de seguro, será el punto alto de la adición. Terminando mi solitario festejo, mi atención es requerida por una discusión a un par de mesas de la mía. Sin importarme demasiado, miro con disimulo. Una joven pareja (a mis sesenta y..., los demás son todos jóvenes) discute cada vez con más enojo y tonos de voz en alza.
La pelirroja, de unos treinta, es fuertemente atractiva., su belleza es realzada, creo yo, por un apéndice nasal algo más prominente de lo considerado “belleza clásica” que le da a su rostro un gran atractivo. Sus ojos verdes profundo, en este momento, tienen el brillo adicional de la discusión... Que termina abruptamente. El hombre se levanta con violencia y se retira; símbolo de su despedida, una servilleta en el piso.
Ahora sí, quedo enganchado a full en mi observación. Noto como ella, tan airada como su pareja, va cambiando de estados de ánimo; de enojada a preocupada ─en el ínterin, traen mi cuenta y pienso que es este, el pago, el motivo de su preocupación─. No vacilo, me acerco como un caballero solícito y:
─Buenas noches muchacha, casi sin darme cuenta he observado tu discusión de pareja y ahora, por tu expresión, tengo la impresión de que estás en algún problema con el pago de la cuenta...
─¡Hola...! Sí, mi expareja se fue, me dejó sin un centavo y a pie... (Su tono mezcla de frustración y enojo me cae simpático... Acentúo mi sonrisa y:)
─Bueno, pobre (todavía ignoraba la calaña del adefesio malnacido), ni se debe haber dado cuenta, disculpalo y, volviendo a tu presente de este momento... Yo ya terminé mi solitario festejo... Si no te molesta u ofende, compartimos un café y me hago cargo de tu cuenta y traslado a casa.
Sonríe asintiendo a mi doble oferta, por lo cual tomo asiento y comenzamos a charlar.
No han pasado quince minutos cuando comienzan a sonar en mi mente oxidada los primeros acordes de una vieja melodía. Esa vieja melodía que escuché repetidas veces durante cuarenta años ─entre mis quince y mis cincuenta y cinco. Esa misma que, fiel y reiterada, me avisaba que empezaba a enamorarme.
(¡La pucha...! Pasó una década de la última vez). Pasada una hora y un par de cafés, estoy perdido... ¡Totalmente enamorado! Ya salió en nuestra charla el tema de la diferencia de edades. Laura (¡hermosa y bondadosa Laura!) me manifiesta que no le parezco “tan viejo” (¡Aleluya!) y que compenso con mi calidad de caballero gentil, educado y fino; que no está acostumbrada a hombres como yo, especialmente el que acaba de marchar, “que es basura total”, que le ha pegado duro unas cuantas veces en sus tres años de relación, que ya lo ha dejado dos veces y él la persigue... “¡Y vuelta a empezar... pero esta es la última... maldito cabrón!”
Esa vieja melodía suena cada vez más intensa. Me asume íntegro y total. Creo que han pasado unos minutos (en realidad, unas tres horas) cuando se empieza a notar la inquietud de los mozos (somos la mesa final). A los dos nos pasó lo mismo (creo), el uno deslumbrado con el otro. La llevo hasta la puerta del edificio de apartamentos de Caballito donde ella vive sola desde la muerte del padre. En el último instante, nos despedimos con la promesa de vernos al día siguiente (en realidad, hoy mismo) en la noche y un beso tan intenso como no recuerdo otro. Inesperado. Visceral.
Y así fue, cenamos juntos el domingo y el lunes. Cada noche la dejé en su puerta... La noche del martes fue igual, con una diferencia: al regresarla a su hogar me hizo pasar. Directo a su lecho... ¿Noche única, especial...? ¡Inolvidable!
La noche del miércoles tendría una sutil diferencia.
Nuestro cuarto día, el miércoles, pasé a buscarla a eso de las 20.00 horas. Toqué su P. E. y esperé. Estaba intrigado por lo que me venía pasando: me sentía hombre joven, renovado y feliz... La duda: saber si como, cada día, me parecería más atractiva. ¡Y se dio! Sencilla y elegante, estrenando en el cuello la cadenita labrada de oro (mi único regalo). Nos saludamos con ligero beso (después, al regreso, habría tiempo para “los otros”). Fuimos a tomar una copa a un barcito de Palermo Soho; al terminar, a un Restó de su barrio, Clap. Comimos rico y ligero y sin postre, el cual, tácitamente, dejamos para el lecho que compartiríamos en un par de horas. No pasaría.
Volvimos alrededor de las dos de la madrugada. Laura baja y va, llave en mano, a abrir la puerta del edificio. En el justo momento en que abre y entra (voy un par de pasos detrás, más feliz que nunca) y entra, yo no llego a pisar el umbral de la entrada. Recibo un salvaje golpe en la cabeza. En el momento que doy contra la pared, alcanzo a ver que Laura llegó a entrar y cerrar la puerta. ¡Gracias a Dios! Ese será mi último pensamiento por tres días...
Internado en el Hospital Fernández, recupero el conocimiento días después. Ya una enfermera solícita me ha dado “su” parte médico. “Don, estuvo el primer día en Terapia y creían que no salía; tres costillas, la clavícula y el brazo rotos... ¡Fue una paliza terrible... ¡Ese animal le pegó hasta que llegó el 911 que había llamado su hija! Ahora está un poco mejor... ya el médico le va a explicar... ¡Ah, y al hijo de puta no lo pudieron detener!”
¡Sí que me explicó! Daño permanente en la base de la columna (parece que en adelante caminaré en falsa escuadra e inclinado como buscando moneditas en el piso. Y de frutilla del postre, no oiría más del oído derecho por la rotura del tímpano.
¡Una joyita total... joderse!
Le pregunto a la enfermera y al médico si saben algo de la joven que llamó al 911 (“mi hija”). La buena mujer asume una expresión de opa; el médico (con clase) le indica que salga. Luego, me explica la situación:
─Su novia (¡ah, caímos!) estuvo varias horas los dos primeros días sin soltarle la mano. Me contó la situación con expareja y recalcó que “temía por su vida”; además me suplicó que le dijera que se marchaba del país y que ya no podrían comunicarse. Que le explicaba todo en el mensaje que dejó en su móvil... ¡Lo siento mi amigo...! Pero la vida es así, nos da y nos quita... ¡Ánimo y resignación! (¡Joderse, digo yo!)
El mensaje de Laura en mi contestador decía: “Mí querido, lo siento mucho... Creo que íbamos más que bien. No pudo ser. Tengo miedo por mi vida... ¡Ese hijo de puta es capaz de cualquier cosa! Lo nuestro no pudo ser. Por favor, no trates de buscarme. Un beso enorme y lamento muchísimo lo que has sufrido y, desgraciadamente, aún vas a sufrir por mi culpa. ¡Adiós!”
Estuve veinte días internado y tengo para seis meses de kinesiología... ¡Viva la joda!
En el primer aniversario del día en que conocí al amor de mi vida, camino por la placita de mi barrio. El bastón, orgulloso en mi mano, es mi nuevo y fiel compañero. Pienso en ese romance postrer y me debato entre dos posiciones. Una: decir, a pesar de todo no me arrepiento de nada. Otra: viendo como quedé, simple piltrafa humana, cuatro días de gloria no lo justifican... No sé, realmente, no sé.
Han pasado veinte años, anciano y dañado, nunca más he vuelto a escuchar esa vieja melodía.
Sigo, día tras día, dando un par de vueltas a la plaza y, como siempre, mirando el piso. Nunca encontré una puta moneda. ¡La pucha!