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por C. Fernández Rombi – 11 mar 2019

 

 

Camino por la Av. Entre Ríos hacia San Juan.  La llovizna sigue imperturbable, la pobre luz del crepúsculo se torna más miserable aún ante el encendido del alumbrado público y de los negocios.

 

Lunes, pocos transeúntes y mucho tránsito.  Buenos Aires es propiedad de automóviles, camiones y colectivos.  A escasos treinta metros de llegar a San Juan veo, horrorizado, un esqueleto apoyado en un árbol.  Quedo un par de minutos sin saber qué hacer.  Miro a los pocos que pasan, todos encerrados en sí mismos ocultando el rostro de la lluvia.

 

Finalmente y de puro impresionable, doy un rodeo para no rozar siquiera el esqueleto.  Avanzo unos metros aguzando la vista en busca de un agente de policía.  En la esquina, protegido bajo la marquesina del bar Gardel, encuentro a uno de servicio:

 

-Buenas tardes agente…  No sé cómo explicarlo, pero a treinta metros de aquí me tropecé con un esqueleto apoyado en un árbol…

-No se haga problemas señor, hace quince días que anda por ahí y no molesta a nadie.