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por C. Fernández Rombi – 29 abr 2019

 

 

Araceli está contenta.  Sola a sus treinta y cuatro y con una hija de diez, acaba de conocer a Eduardo; agente de la Policía Federal y diez años menor que ella.  Diferencia sin importancia cuando aparece el amor.  Y eso, a partir de una instantánea simpatía, es lo que se ha desarrollado entrambos apenas conocerse.  Sin perder tiempo y en pocos meses, la pareja se casa y comienzan la vida en común.  Que en este caso no tendrá nada de común.

 

En pocos días, Araceli caerá en la cuenta de que su flamante esposo es un hombre violento, posesivo y celoso al extremo.  Un cóctel de personalidad sicótica nada recomendable para una buena convivencia.  Por si tal cóctel no resultara completo, agreguemos  a la personalidad de su esposo, la sexopatía.  Esa noche, días después del casamiento…

─Mañana y pasado tengo franco Araceli, traje cuatro cajas de forros… vamos a culiar dos días sin parar… ¡que joder!

 

Ella no contesta, sólo asiente con una media sonrisa.  Está asustada, ya ha comprobado que él hace el amor como un poseso y, además, abusa de golpes, mordidas y golpes a diestro y siniestro, sin reparar en donde caigan ni el daño que ocasionen.  Un par de veces, durante el sexo que es abundante y permanente, le ha prometido:

─Uno de estos días te voy a meter el garrote* para que acabes como una perra…  ¡Ahí sí que vas a gozar, putona!

 

Fueron dos días de infierno.  Me pegó hasta aburrirse, me violó con ese garrote hasta lastimarme a más no poder…  Apareció esta hemorragia que no termina y estoy dolorida por todo el cuerpo… ¡Dios mío, Dios mío…!  ¿Hasta cuándo?  La Paulita está aterrorizada, no vio nada, pero oyó todo; ha estado horas encerrada sin animarse a asomar por miedo a que la bestia nos mate a las dos.  Ni pensar en hacer una denuncia policial, los agentes son sus compañeros y amigotes.  Espero que esta noche venga más tranquilo y que estos dos días no se repitan…  ¡Por favor mi Dios, por favor!  Van dos meses de matrimonio y esta vida es un infierno…  Me paso el santo día llorando y abrazando a mi hija… cuando la bestia no está.

─Araceli, va siendo hora que tengamos un hijo…

─¿No es un poco pronto, querido?  Apenas tenemos un par de meses de casados…

─¿Vos querés que me tomen por impotente... ¡Pedazo de boluda! Tengo compañeros más pendejos que yo y ya tiene dos o tres guachitos.  Le vamos a dar noche y día hasta que te preñez…  ¡Que tanto joder y tanta explicación!  ¿Entendiste yegua o hay que fajarte para que entiendas media palabra?

─Está bien, mi amor, se hará como vos digas.

 

Seguimos caminando un par de cuadras.  Me extrañaba su silencio, Eduardo habla o grita todo el tiempo.  Lo miro de reojo y asustada, siempre ando con miedo, creía que él estaba esperando alguna palabra mía y es justo en ese momento que él, que caminaba a mi derecha, gira su cuerpo y me pega una trompada terrible en medio de la boca, caí sobre la vereda y me desmayé.  A la noche, ya lúcida, me enteré que había perdido un diente de los de adelante.  Al día siguiente, por una de las dos vecinas que me hablan en nuestra cuadra (las demás le tienen terror), me enteré que me había arrastrado de los pelos toda la última cuadra hasta llega a casa.  Me puse a pensar por qué me había dado tan duro…  ¡Si yo le había dicho a todo que sí!

 

Ya no tengo dudas, el Eduardo está loco de furia conmigo y con todo el mundo.  Por eso fanfarronea que hasta sus superiores le temen.  También de celos; me acostumbré, cuando camino a su lado, a mirar siempre el suelo, ya que si mi vista se cruza medio segundo con algún hombre que pasa, enloquece al instante y me grita a toda voz que soy una puta barata.  Mañana trae el test de embarazo…

─Edu querido, me dio negativo…  No puedo evitar el temblor de mi voz.  Seguro, que el mes próximo vamos a tener suerte…  Quizás un hijo lo tranquilice un poco.

─Si yo no te puedo embarazar me voy a matar, pero ¿sabes qué?  ¡me voy a llevar a tu hija conmigo!  ¡Pedazo de puta!  O tenés un hijo macho conmigo o… ¡me llevo puesta a esa mierda de hija que tenés!

─¡Por favor Edu…!  Por favor, no seas malo, sabés que te adoro.  Ya vas a ver que todo saldrá bien…

 

¡Por fin quedé embarazada…!  Y fue para peor…  Vivía apuntándome a la cabeza con el arma reglamentaria, se iba a trabajar y me dejaba encerrada y sin crédito para el celular.  Un día me dejó esposada, mi tobillo con mi mano, y yo con una panza enorme. Otro día quise salir, me dijo “andá’” y cuando me paré me roció gas pimienta en la cara.  El sólo recordar tanta inmundicia me hace llorar.  Me pegaba con la manopla de acero, me pasaba el cuchillo por la panza y me prohibía bañarme porque decía que “él conocía bien el olor a sexo de otros”.  Cuando íbamos a los controles del Hospital Policial Churruca y me presentaba a un compañero, cuando éste se iba me decía: “¿Y puta? ¿Ya te mojaste?”.  Al final nació nuestra nenita… pobrecita, con problemas.  Con una parálisis en la mitad del cuerpo y llegó a estar deshidratada porque él no me dejaba que sacara el pecho del corpiño en público para amamantarla.

─Así que a la final… ¡nos nació una conchudita!  Qué cagada… ¡inútil y puta, no servís pa´ un carajo!

 

Quería un varón.  Por eso planeaba matarla de hambre.  La disfrazaba de nene, le decía “la conchudita”, la arrancaba de la cuna y la tiraba al suelo desde el aire…  ¡No puedo más… no puedo más!

 

La feliz pareja está a días de cumplir los trece meses de su relación.  Esta noche será muy especial, aún cuando empieza como la mayoría.  Eduardo coloca una película de zoofilia en el reproductor, agarra su bastón policial, le pone un preservativo y lo introduce salvajemente en la vagina de Araceli.

─¡Basta Edu, basta por favor!  Llevamos horas así, no puedo más querido, no puedo más, me estas destrozando por dentro ─más que el pedido de una mujer, es un grito de terror desgarrado e inútil.

 

Fueron horas de una agresividad aún mayor que de costumbre.  Después agarró el arma: me la ponía en el ojo, en la oreja, ahí abajo, en todos los orificios.  Como sabe que tengo asma, me asfixia con frazadas y me empieza a violar otra vez.

 

Al lado de su cama estaba la cuna.  Eduardo mira a Araceli, se ríe como un poseso y le apunta a la cabeza a la beba de cuarenta y cinco días.

─Querido, querido… ¡por favor dejala!  Me asustás mucho, y me voy a desmayar…  Ya ni puedo respirar… ¡por favor, por favor!  Te hago lo que quieras…

─Bueno, ta’ bien… pero…. ¡me la mamás hasta que me aburra… y te tomás toda la lechita!  ¿Entendiste putona? ─sin contestar, Araceli se arrodilla ante su marido y verdugo.  Después de eyacular, él sigue─ Ahora vamos a dormir, pero mañana vamos a ir a matar al hijo de puta del Cabezón… ¡ése se va a arrepentir de ser mi vecino!  Bueno, lo vas a matar vos, si no te mato yo y después a esta conchudita.

 

Y es en ese instante, cuando él se da vuelta, que Araceli agarra el arma que había quedado entre las sábanas, le dispara en la sien, alza a la beba y corre y corre…  Luego pasaría nueve meses en el Penal de Magdalena y otros nueve en arresto domiciliario esperando por su juicio.  El fiscal a cargo pidió diez años y ocho meses.  Fue absuelta.

 

*Machete que utiliza la policía.