por C. Fernández Rombi – 16 jun 2019
Enronquecida de alcohol y tabaco, la voz de la mujer corre sobre el pequeño escenario del cabaret y la veintena de parroquianos. Como destino final, ya muy atenuada, irá a morir contra los muros del fondo del reducido local. Abúlicos aplausos tratan de premiar el cierre de actuación de la cantante. La mujer madura agradece con dulce sonrisa y una pequeña reverencia.
Ahora, a lavarse un poco la jeta, cambiar de ropas y arrancar para la pensión. Pero, por sobretodo, escaparle a los recuerdos de los tiempos vacíos… al pasado. Y eso es muy difícil. Cada vez me cuesta más. Vuelven a mi mente, una y otra vez, las noches de Caracas, de La Habana, de Río, de Asunción, cuando los hombres me acosaban… como las moscas el azúcar. Pero todo eso ya fue… ¡Hace mucho tiempo! Tiempo que, inmisericorde, arrastró con todo, belleza, amor y juventud. Por suerte, no tengo que reprocharme no haber sabido amar, viví el amor mientras duró, con todas mis ganas, con toda mi intensidad de mujer. Quince años estuvo a mi lado el dulce y querido Miguel. A él, la nicotina y el alcohol lo afectaron antes que a mí… ¡paciencia! Fuimos felices durante años y no me arrepiento de haberlo seguido a este Buenos Aires que con él, me brindó tanta felicidad… pero que es muy duro para quién está sola y en pendiente.
─Buenas noches, Eugenia…
─¡Hola! ¿Cómo están todos por aquí?
─Y se va tirando nomás, pero, mi querida…
─Ya sé Doña Anita… estoy atrasada de nuevo. Pero usted me conoce, llevo seis años en su casa… mañana, viernes, seguro cobro algo y se lo arrimo.
─Está bien, mi amor. No quiero ser cargosa, pero el jueves pasado me dijo lo mismo y todavía estoy esperando…
Asiento con la cabeza, tiene razón Doña Anita. Tampoco es fácil para esta mujer llena de achaques convivir con ocho extraños y una hija que sólo aparece cada quince días para sacarle unos cuantos pesos. Pero el viernes pasado se trabajo mal y el dueño se hizo bien el otario. Ya caí otra vez, la palabreja era muy de Miguel, con él la conocí.
Eugenia nació en Santa Elena de Uairén, Venezuela, a treinta kilómetros de la frontera con Brasil; su lengua materna fue el portugués. Van ya cincuenta años bien pasaditos. Tuvo su época de módico éxito. Miguel, un “tocador de guitarra”, según se definía, la conoció en Río y se la trajo a vivir con él a su Buenos Aires natal.
Noche de sábado, pasadas las nueve de la noche, viaja en el subte de la Línea B, descenderá en Florida con tiempo para un emparedado y una gaseosa. Luego, apenas unas cuadras hasta el boliche. Sobra tiempo para maquillarse y vestirse. Su primera presentación es a la medianoche. Está muy contenta. Fue un hermoso día de sol radiante y se siente optimista y con ganas de cantar.
Hoy le pido unos pesos al patrón y se los paso a Doña Anita… creo que se va a trabajar bien; sábado y primeros de mes... ¡no me puede fallar! Es la tercera vez que mi mirada se cruza con la del hombre sentado frente a mí. ¿Será el característico Don Juan de sábado por la noche? Bastante bien vestido, tendrá, piojo más, piojo menos, mi misma edad… ¡y dale nomás! Otra vez, lo pesqué mirándome. No me puedo enojar, el hombre saca la mirada con educación.
Por suerte no me equivoqué, a pesar de que aún no es medianoche, en el boliche ya hay gente… Bueno, bueno, tanto como gente… digamos, hombres nomás. Luego de los cuatro boleros del inicio, siento que mi voz hoy anda bien. Me animo y le aviso al tecladista que vamos con La Comparsita; la hago en portugués… ¡Qué suerte, salió bien! Los aplausos son casi entusiastas… ¡Entonces lo veo...! ¡El hombre del subte!
Está sentado a una mesa ni muy cerca ni muy lejos… ¿qué hace este tipo en el local? No entiendo nada, pero no me molesta. Su mirada, que no me deja un minuto, es franca y clara. No le noto la lujuria típica de la mayoría de los porteños. No ha aceptado en toda la noche, la compañía de ninguna de las cuatro chicas que alternan en Mon Petit Chaval. Sobre las cinco, paga su consumición y se levanta… ¡Zas! me pescó mirándolo. Me hace una ligera inclinación de cabeza y se marcha.
Eugenia se va despidiendo de las chicas y los dos mozos. Ya Don Javier, contento el hombre por una buena noche, le ha dado algo de dinero, más del que ella esperaba. Son las seis de la mañana y se siente fresca y feliz…
─Eugenia, parece que hoy hiciste un levante, el fulano que domó casi toda la noche la mesa cuatro, me pidió que te entregara esta nota. Yo, cumplo ─Leonardo, mozo cabaretero de toda la vida, le dedica una sonrisa llena de picardía mientras le pasa el papel─. Que hoy termines tu día tan bien como cantaste.
Recién cuando estoy en la calle, caigo en la cuenta que ni le contesté a mi buen compañero. ¡Pero hombre! Hacía años que no me pasaba algo así. Estoy tan contenta que, por ahora, ni quiero leer el mensaje. Hoy nada de subte, me tomo un taxi hasta la pensión de Almagro.
Alto ya el sol sobre Buenos Aires, Eugenia, recién duchada, se pone un camisón, enciende el último cigarrillo y, ahora sí, leerá “su” nota:
“Estimada Eugenia: deseo de todo corazón no parecer un picaflor caradura. No lo soy. En nuestro viaje en común de esta noche, quedé impactado. Quizá, impactado no es la palabra que debiera usar. No sé. Tal vez, estoy pasado de soledad y no sea este su caso. Por favor, de ser mujer con compañía masculina, simplemente, ignore estas líneas. Pero si se encuentra como yo, con la soledad de compañía habitual, le ofrezco mi amistad… compartir un café, charlar un rato. No vale la pena anticipar el “después”. Al dorso, le dejo mi teléfono. Por favor, si se dan las condiciones, no deje de llamarme. Reitero, por favor. Con afecto, Esteban.
P.D.: Desde ya que su nombre lo tomé prestado del cartel de la entrada.
Otra: No se rompa la cabecita pensando… la seguí desde que bajó del subte.”
Un año después, Eugenia, es una mujer feliz. Más de lo que nunca lo fuera. No es ya el amor apasionado de Miguel, pero sí la compañía mansa de todos los días, el cariño y la atención constante de Esteban. Ese hombre solitario, educado y tierno que, cumplidos los tres meses de relación, le propuso venirse a vivir con él, a esta, su casa.
¡Qué cambio, Dios mío! ¡Gracas a Deus! Cada mañana, antes de prepararnos el café de manhá, me miro al espejo y me parece mentira. Este es mi rostro de hace diez años. Esteban dice, sonriendo, que transpiro felicidad y que el cambio de vida me ha quitado años de encima. Ya el ayer se me hace muy distante. El derrotero de cabarets y pensiones, el lejano hogar de Santa Elena; Mamita y mis hermanas… y, aunque me hace sentir culpable el sólo pensamiento, hasta el propio Miguel, son sólo lindos recuerdos. Miguel era la pasión, la locura, el frenesí… ¡la juventud! Esteban, es un presente de cariño y tranquilidad…
Anochece. Los últimos rayos de sol abandonan las ventanas del frente de la modesta casa suburbana. Eugenia, transita la cocina canturreando en portugués. Es la hora en la que cada día, llega Esteban del trabajo. Ella siente que su hogar sólo se completa con la llegada de su hombre…
Afuera, el frenazo es brutal. Adentro, una bandeja cae al piso; las manos que la sostenían quedan yertas a los lados de esa mujer inmóvil y de espaldas a la calle.
Una dura cuchilla de puro hielo se clava en mi corazón… ¡Meu Deus!