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por C. Fernández Rombi – 29 jun 2019

 

Ni aun los más viejos de los viejos del pueblo recuerdan a su centenaria iglesia sin la silenciosa e inalterable presencia de la sacristana.  Los párrocos van cambiando cada diez años pero ella es inmutable parte integrante del mismo templo; como el sagrario, el cáliz o los crucifijos.  Delgada y mucho, con el pelo estirado hacia atrás y atado de cualquier forma, vestida apenas un poco mejor que la pordiosera del lugar.  Se ocupa de mantener limpios el templo y los ornamentos propios de las celebraciones, tocar las campanas antes de la misa y mantener ordenada la humilde vivienda del sacerdote.  Es imposible calcular su edad…  Igual sucede con el timbre de su voz, ya que solo habla si la interpelan y lo hace en voz muy baja, casi inaudible.  Su presencia en las misas es acontecimiento de un par de veces al año, para la Navidad y la Pascua y siempre en un lateral recóndito en el cual sólo algunos de los presentes la pueden ver.

 

En el inicio de ese verano, regresa del internado suizo el heredero de la única familia de prosapia que aún habita en el lugar; sostenedora de antiguo de la mantención de la capilla.  El joven Víctor Hugo tiene veintiuno y viene a pasar el verano con su madre para luego ir a estudiar a una universidad de Ginebra.  Aunque viste en forma sencilla, su presencia destaca en cualquier lugar del pueblo.  Alto, delgado, de piel pálida de tan blanca, muy rubio y más entre el linaje curtido e indígena propio de su pueblo natal.  No  hay dudas que las señoras sienten una atracción maternal inevitable hacia el muchacho y las otras, las más jóvenes, la mismísima atracción… pero de distinta naturaleza.

 

Cada domingo, inexcusablemente, la madre y el muchacho acuden a la misa matinal de las once y, a pesar del contraste de ambas figuras (la cincuentona señora parece tener marcada atracción por los dulces que se elaboran en su estancia), nadie puede dudar del amor que une a la madre y a su único hijo…

 

Después de la segunda misa juntos de ese verano, el observador imparcial de las cosas y las vivencias del pueblo, el distinguido escribano jubilado, Don Julio F., observa el hecho inusitado: la presencia en el templo de la sacristana; como rejuvenecida, arreglada y casi, bien peinada…  Claro, sus años siguen siendo muchos e imposibles de descifrar.

 

A más y dado que madre e hijo ocupan por derecho propio el primer banco frente al altar, la sacristana se queda de pie en la misma puerta de la sacristía.  Un poco más adelante del joven y en forma lateral a él… la pobre mujer lo puede observar a todas ganas.  Sin quitar un segundo los ojos del dulce muchacho.

 

Durante todos los domingos del verano de Los Reartes, el observador imparcial repite la reiterada observación… sin poder agregar ni quitar nada… ni siquiera un gesto.  Menos aún llegar a notar, ni aún una sola vez, que el rubio heredero tome nota de ser el foco de la fija mirada de la sacristana durante toda la hora de la misa dominical.  Finalmente, la observación pasa a ser un registro más en la memoria del escribano jubilado; sin más importancia que la de cualquier certificación, trámite o escritura que hubiera realizado en su antigua vida profesional.

 

El largo verano de ese año de gracia de 1936 llega a su fin.  Al terminar la misa y previo a la bendición final, el sacerdote hace una invocación especial: “Para que nuestro querido hijo y amigo Víctor Hugo de Olazábal, que parte mañana de retorno a Europa para continuar sus estudios, tenga un viaje venturoso y que Dios Nuestro Señor proteja e ilumine su vida durante el largo período que va a estar separado de su querida madre y de nosotros, sus amigos.  Que nuestra Virgen Santísima lo ayude, aparte de todo mal y le brinde a manos llenas la fortaleza necesaria para vivir lejos de sus seres queridos.  Amén.”

 

La gente de la villa serrana, como respondiendo a ignota e ineludible convocatoria, se va reuniendo frente a su Iglesia, hecho inusitado para una mañana de lunes.  El cuerpo sin vida y cubierto con uno de los inmaculados manteles de ceremonias, yace al pie del campanario.  Con la primera luz del día fue avistado por un paisano, transeúnte habitual en camino a sus labores.  El agente policial de consigna y el cura párroco, parados a ambos lados del cadáver, muestran la misma consternación e impotencia…

 

El murmullo sostenido del gentío que aumenta a cada momento comienza a formular un único interrogante.  ¿Por qué?  ¿Por qué?  ¿Por qué?  Pero, ese murmullo no sabe darse respuesta a sí mismo.

 

A unos metros, Don Julio F. es el único que no se suma al murmullo generalizado.  Él ha sabido en un instante lúcido y total el porqué: la sacristana se mató de puro amor.

 

(Víctor Hugo cada domingo repara un poco más en mí; hoy me ha mirado varias veces durante la celebración…  Sé que este desconocido sentimiento, esta creciente ilusión, este galopar de mi pobre corazón son verdadera locura; que mis sueños, un desvarío total, pero es así y no lo puedo evitar.  Cada noche es él, el cálido habitante de mi vigilia y de mis sueños; sus manos y sus labios me recorren total e íntimamente, se me aparece noche tras noche en forma única e inevitable, pronto a ser el más dulce de los amantes, el  amo y señor de mi amor y de mi vida toda.)

 

Nota: Los personajes de “La sacristana” son ficticios.  No así el pueblo de Los Reartes, ni su pequeña Capilla fundada en 1738 e inmortalizada por el artista Dante Silva.  Dedico este relato a los amables habitantes de ese pueblito encantado.