por C. Fernández Rombi – 07 jul 2019
Desde muy chico, esa cruz de troncos, mojón de una vieja sepultura, llamaba mi atención. Está a no más de cuarenta metros del borde de la vieja ruta de ripio que une El Bolsón con Esquel, atravesando el Parque Nacional Los Alerces. El paisaje es de una belleza tal, que aleja de mi ánimo y esfuerzo el intentar describirla. Mi padre, uno de los primeros habitantes de Cholila (cinco casas, el almacén y la escuela; ahora es un pequeño poblado de dos mil habitantes, a unos setenta kilómetros de El Bolsón), solía llevarme en el carretón de reparto con el que dos veces al mes recorría parte del camino. Cada vez que lo veía de buen humor le pedía parar un rato en el lugar y ejercitaba mi puntería de gomera con la siempre algo destartalada cruz.
Después de tomada la primera comunión abandoné la gomera y acostumbraba, bajo la indulgente mirada del Viejo, persignarme al pasar frente a la sepultura. Al cumplir mis veinte años, mi Viejo emprendió el último camino. Sin el carretón. Tiempo después me alejé del Sur pensando que ya no volvería. Trabajé unos años, mientras hacía el secundario nocturno, en la carpintería de mi tío en Buenos Aires. Al tiempo me casé y empecé a escribir. Nunca más pasó por mi mente el recuerdo de aquella sepultura. Trabajé hasta hace unos meses en la redacción de dos de los diarios más grandes del país y he publicado un par de novelas y varios tomos de relatos… pero, no creo que nadie, menos yo mismo, me considere un gran escritor. Y llegó el tiempo del retiro para este viejo viudo, sin esperanzas… y precaria salud.
Hoy cumplo los años que tenía papá cuando murió; he quedado solo en la vida, viudo y sin hijos. Sin entender el motivo, el recuerdo de la tumba ha vuelto a mi mente con viva intensidad y ya no me abandona. Supe, en el mismo momento del recuerdo de la niñez, que debía volver, nomás fuera una vez.
No puedo evitar el pensar que hay una clara relación entre el recuerdo de esa vieja tumba y el quebranto de mi salud… son extraños los caminos de la mente y, más aún, las malas jugadas que nos hace. Sin querer me puse a hacer el balance de mi vida, con sus más y sus menos… en realidad poco para destacar. Tal vez todo hubiera sido distinto de vivir mi único hijo, pero a los siete añitos su corazón de problema congénito dijo basta, dos años después se fue Estela que no pudo sobreponerse a la pérdida del amado Julián. A partir de esas pérdidas es como que he pasado por la vida como distraído… y ahora no hay más tiempo. Los días de mi niñez en mi cada vez más querido Chubut, son el único recuerdo grato que mastico una y otra vez desde hace años… ¡debo volver!
Pongo en orden mis papeles… no sé bien para qué, hago un cheque con la mayor parte de mis ahorros para el Patronato de la Infancia y ya firmé en la escribanía con un apoderado de la Institución la cesión a su favor de mi departamento de la Avenida Santa Fe y Bulnes… queda sólo el auto, pero en él voy a rumbear para el Chubut. Sin apuro, tengo un viajecito de mil setecientos kilómetros por delante y poco aguante para el volante, así que lo haré en tres o cuatro días; y por medio de la buena hotelería y restoranes me iré despidiendo como un Señor.
Solitario sí, pero señor al fin y al cabo.
Medio que me saqué manejando como demasiado deseoso de llegar. El primer día hice mil kilómetros y llegué tarde en la noche a General Roca, estaba fundido. Como muerto antes de tiempo, así que paré en el primer hotel y decidí quedarme dos días, no estaba para seguir al volante. La segunda etapa, más liviana, llegué a Neuquén… ya estaba ahí, a un par de cientos de kilómetros de Cholila… y de la tumba olvidada primero, recuperada en esta etapa de mi vida.
…Volvimos de la luna de miel plenos y felices, ambos. Tanto Estela como yo somos introvertidos; tal vez por eso no llegamos al año de noviazgo, nos aferramos el uno al otro como náufragos a la tabla salvadora. Ella es una chica hermosa sin exageraciones y nos llevamos bien. Pocas discusiones y, por suerte, como a ninguno le gustan los gritos, no gritamos. Tengo que pensar la forma de solucionar nuestra vida social. Ninguno de los dos tiene amigos “de antes” ni de ahora. Y como no nos gusta demasiado salir, a mis treinta y los veintiséis de Estela, hacemos vida de ancianos, salvo alguna salida a cenar y un cine a las perdidas.
…Todo cambió de golpe, estamos embarazados y llenos de felicidad. Por supuesto, más solitarios que nunca, pero ahora no nos molesta. Nació nuestro Julián y la alegría fue tremenda. Aunque le detectaron una pequeña malformación del corazón, el médico dice que con cuidado no tendrá mayores problemas. Estela se detesta porque es la herencia que le deja a nuestro hijo, ella tiene el mismo problema desde chica. La consuelo como puedo. No tengo éxito.
…Salimos a cenar los tres a Recoleta, la excusa: mi cumple treinta y siete, que por tres días no coincide con el número siete de Pipo, sobrenombre muy querido y cuyo origen sus padres ignoramos. Tal vez fueron sus primeras palabras inteligibles; a los postres, mi chiquito está pálido y dice no sentirse bien. Disparamos hacia el Sanatorio Mitre. No me quiero extender en ese resabio de amargura grande. Al mediodía siguiente, nuestro Pipo, irreemplazable, se apagó como la llama de una velita de torta.
…A partir de ese día, mi Estela se empezó a extinguir física y anímicamente. Dos años después me dejaba definitivamente solo.
…Yo repito su ciclo, con la diferencia que lo mío se arrastra desde su partida, ya hace veinticinco años. Y ahora está en culminación. Voy hacia el Chubut. Aunque no hay nadie que me espere, solamente esa vieja tumba del camino de ripio.
El último día de mí viaje en la mañana, tomo la Ruta 40 y voy hacia El Bolsón, aunque no llegaré a la ciudad en la cual ya quedan pocos de los hippies que la pusieron de moda hace un cuarto de siglo. Busco el viejo camino de ripio. Está más abandonado que nunca: ya sólo lo usa algún lugareño y, cada tanto, una competencia en la cual unos cuantos audaces recorren los 500 kilómetros del camino de ripio en bicicross. Entre las piedras sueltas crecen duros pastos. No puedo sacar los ojos del costado del camino buscando el mojón de la cruz.
¡Llegué! Saco el auto del camino y estaciono sobre el costado de tierra. Lento voy hacia la cruz, como cuando era chico, me persigno. Hecha de troncos de algarrobo, pareciera estar más inclinada que antes. Mucho. Me detengo frente a la tumba por primera vez en mi vida. Una vieja piedra permite leer apenas su mensaje: Mary MacGouh 1900–1921.
Con seguridad, pienso, una descendiente de los galeses que llegaron a Esquel en 1877. Pobrecita morir tan joven. Me siento sobre una piedra y mi mente se pierde en un desvarío de recuerdos que abarcan desde mis primeros años hasta el mismo día de hoy. Mi tristeza habitual parece agravarse, pesando sobre mis hombros… y mi propio corazón. Es cierto que tuve mala suerte, pero también que no puse empeño alguno en reponerme y volver a la vida, obligación moral de todo hombre que se considere tal; ahí mi culpa.
He pasado horas en este lugar, el sol está bajando, debo irme. No puedo… la tumba o, tal vez, su voz, parece sonar en mi interior suave y persistente…
No te vayas, te esperé mucho tiempo.