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por C. Fernández Rombi – 13 jul 2019

 

Primero, fue el temporal.  De inusitada violencia y fuertes vientos que arreciaron durante horas interminables.  Un tornado azota Bragado; hay inundaciones en Luján, San Fernando, Tigre, González Catán, Laferrere, Berisso, Ensenada, La Matanza, La Plata…

 

Hay cientos de miles de hectáreas anegadas… la gente sufre, el campo también.  Miles de evacuados deambulan en medio país, algunos morirán.  Muchos tristes, demasiados.

 

Ahora, y desde hace cinco días, es una lluvia permanente, sin desmayo; hasta el aburrimiento; copiosa y detestable.  Puedo sentir el peso y la insidia de la humedad dentro de la casa.

 

El encierro se hace inevitable… ¡no aguanto más!  ¡No me gusta la lluvia!  Nunca me gustó; me pone eléctrico, inestable.  Enervado.  Me causa ─cuando es así: interminable y sucesiva─ un desasosiego que altera mis nervios.

 

Además, sufro por toda esa gente con el agua dentro de sus viviendas, sobre todo los chicos y los ancianos.  Es muy difícil recuperarse.  Mi desazón ha llegado al punto máximo tolerable.  ¡La paz no me puede alcanzar…!  Ni un instante…

 

Voy al sótano.  Sacudo el polvo de la tapa del baúl que guarda mis elementos de caza.  ¡Ahí está él!  Mi cuchillo Bowie.  Lo sopeso y lo miro con el cariño de siempre.  En mi mano, me retrotrae a tiempos más heroicos del hombre… ¡que no viví y, sin embargo, añoro!

 

Con un liencillo blanco, le saco la capa de aceite protector, lo coloco en su funda y luego en mi cintura.  Estoy listo.  A las seis de la tarde, la miserable luz solar, que ha fracasado a lo largo de toda la semana, irá hacia su muerte diaria desde el inicio de los tiempos.

 

Me calzo un impermeable, una gorra de lluvia y salgo.  Camino las calles desiertas, salvo excepciones que son eso, excepciones.  Busco una de ellas.  La puta, bien vestida y arreglada, se ofrece y guarece bajo la protección de un alero.  La luz tangencial de la luminaria pública la insinúa y realza su figura de ensueño.

 

¡Es realmente muy bonita!  Impactado como nunca, sufro, y sufro más…  ¡Ay… si yo pudiera!  Me acerco ─a quien pudo ser mi novia─, como un cliente interesado.  Mi cuchillo se entierra en su pecho…  Caerá con un suspiro… apenas insinuado.

Por fin, lentamente, mi angustia empieza a ceder.