por C. Fernández Rombi – 20 jul 2019
Una historia tan repetida que ni vale la pena leer.
Vendí mi autito. Mantenerlo se me puso algo más que difícil. $120.000.- Liquidé un par de deudas y cinco días después, con el pique restante hice la de cualquier argentino normal. Fui a una cueva de la peatonal Laprida de Lomas a comprar unos dolarcitos... Por si las moscas.
Me dio para dos mil. Con el bultito en el fondo del bolsillo del jean y mirando para los cinco costados fui a tomar el bondi para casa. En plena peatonal, a las tres de la tarde, un gorila me dio un pechazo mandándome adentro de una galería comercial, el socio me recibió con un bufoso en mis costillas. (Creo, no sé... Tal vez, sólo era un fierro redondo... Del puro cagazo, ni lo miré)
─¡Dame las dos lucas verdes o sos boleta viejo pelotudo! Se las di... ¿qué remedio?
Ya algo más tranqui, llegando en el colectivo a casa, caí en la cuenta de que una de las empleadas de la casa de cambios me había marcado. Furioso y con taquicardia lo llamo a mi hermano: Dany, me pasó esto y esto... “¿No te conté hermano...? Quince días atrás le paso a tu nieta Mabel en una casa de cambios de Morón...”.
Realmente la charla no me alivió un joraca. Insisto y lo llamo a mi amigo del alma: Chiqui, me pasó esto y esto... “No me jodas... La semana pasada, en Adrogué, le hicieron la misma maniobra a mi prima... Consolate, era mucha más guita...”.
Parecía (me sentía) un boludo a quien nadie consolaba. Insistí. Lo llamo a mi amigo de toda la vida, Papá cuervo: Georgie, me pasó esto y esto... “¿Sabés Carlitos, leí ayer en el Clarín que a una mina en Palermo se la dieron a una cuadra de la casa de cambio cuando había entrado a una pizzería... 30.000 de los verdes. ¡Esto es un quilombo... no se aguanta más!”.
Ya desesperado porque ninguno me consolara un cachito... ni siquiera un cachito (¡hijos de puta!), juego mi última carta. Llamo a mi bastión espiritual, mi hijo Aníbal, profe de historia en Lago Puelo (1700 km de Lomas): Ani, me pasó esto y esto... “¡Qué joda viejo...! ¿Sabés que hace unos días le sucedió lo mismo al rector de uno de los colegios donde trabajo en El Bolsón; nosé cuántos verdes eran; pero de seguro, mucho más que los tuyos”.
Cuelgo el tubo y cavilo con toda mi materia gris en uso. Y furioso contra la pendeja que me marcó, contra mi hermano, mis amigos y mi hijo... ¡Que se pudran todos juntos! Una hora y media de charlas, ¿y qué saqué en limpio...?
Mal de muchos... En fin, yo… ¡argentino hasta la muerte!