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por C. Fernández Rombi – 28 jul 2019

 

Han pasado más de cuarenta años de esta pequeña historia que quiero contar antes de morirme, haciendo la expresa salvedad de que no soy escritor ni nada parecido.  Pero fui su único testigo.

 

I

La Universidad Argentina en la década del setenta aún estaba, por su calidad académica, entre las primeras del mundo.  Su Facultad de Arquitectura y Urbanismo (FAU) ─trasladada unos pocos años antes a su nuevo edificio de la Ciudad Universitaria de Núñez─ seguía esa tónica.  Son varios los arquitectos de esa pléyade que supieron brillar a nivel internacional.  Luego, los distintos gobiernos totalitarios que supimos conseguir irían contribuyendo a su deterioro.

 

Yo había conocido a Carlos en el ingreso a la FAU, en el inicio de 1973.  Había claras diferencias entre nosotros: yo, con mis veinte años, recién egresado del secundario; y él, de treinta  ─recibido diez años antes─, ya estaba casado y con dos hijos.  Me le pegué como estampilla llevado por la admiración que me causaban su aplomo y seguridad.

 

Con su título de Maestro Mayor de Obras y diez años de ejercicio profesional, me llevaba claras ventajas en todo lo referido a la  carrera que había elegido y que nunca concluí.  En realidad, es justo aclarar que solo compartimos las materias de primer año.  Mi amigo de ese corto período iniciaba la carrera ─según lo que yo creía─ más que por el afán de aprender, por prosperar en su evolución de profesional de la construcción.

 

No sé calcular cuántos éramos los alumnos de ese año… tal vez, unos setecientos; de los cuales el treinta por ciento (+ o -) eran mujeres.  O sea, que los varones teníamos unas doscientas minas para mirar.  Todavía recuerdo a algunas de las más bonitas, que mis buenas calenturas me ocasionaron.  Siguiendo el tema de las confesiones particulares acerca de este humilde narrador, justo es que reconozca que ni en esa época ni por el resto de mis días fui un ganador con las mujeres.

 

Petiso, feo y corto de carácter, nunca tuve grandes pretensiones.  Mi rebusque era en los bailes de los jueves en la calle Yerbal de Flores… donde abundaban las morochas (gremio Puloil, que les decíamos entonces) querendonas y accesibles.

 

Carlos, era un tipo bien plantado, mucha pinta y sobre todo, dueño de un “verso entrador”.  Pero… a los hechos: me estaba refiriendo a unas doscientas mujeres de arquitectura y en especial a aquellas que ─de seguro, sin proponérselo─ me calentaban la sangre.  Y no puedo, ni debo, seguir adelante sin mencionar a la que se destacaba por encima de todas ellas… ¡lejos… muy lejos!

 

María Magdalena (Malena, para nuestros varoniles cotilleos; aunque ella, con la altivez propia de los elegidos, no respondía al apócope) era, para decirlo rápida y gráficamente: un minón infernal; y, como nosotros, alumna del primer curso.  Seguramente, la persona más fácil de ubicar en todo el edificio de la facultad.  Simple: donde se veía una turba de pendejos reunidos, ella estaba en el centro.

 

Carlos, había decidido desde el primer día de su ingreso que iba a “sacar la carrera” en cinco años (el promedio programado era de seis, el estimado de nueve y el real de doce) algo que cumplió egresando en 1978.  No le daba pelota a las minas.  Pero… Malena era “otra cosa”.  Así que lo intentó, acercándosele un par de veces.  Fracasó.  Me dijo: “Juanca, es imposible.  Está siempre rodeada de pendejos calentones y en lo poco que pude hablar, se me hizo la Monroe.  ¡Chau!  No tengo tiempo para ese franeleo”.  (Tristemente reconozco que, en mi intimidad, me causó una alegría enorme.  Yo no la tendría a la Malena, pero el galán sabiondo, tampoco).

 

Pero bien sabemos que el destino teje su malla con hilos invisibles.  Ya la universidad había sido intervenida (Ottalagano) y nuestra FAU también, (Arq. Héctor M. Corbacho, profesor de dibujo industrial de la ESMA).  Nuestro Centro de Estudiantes (en el cual ni Carlos ni yo militábamos) estaba en la resistencia activa.  No puedo, no debo, ni quiero, seguir adelante sin un recuerdo emocionado para los 130/150 estudiantes y docentes “desaparecidos” durante los Años de Plomo en la FAU…  Aunque de esa tragedia, sólo me enteraría varios años más tarde.  Con la llegada de la democracia.

 

Una de las medidas de resistencia adoptadas por el Centro, fue la ocupación en forma sorpresiva de la FAU para un jueves cerca de finales del curso.  Ese día, yo remoloneaba por el hall del segundo piso (en esa época era el acceso obligado desde una ancha escalera exterior de estructura metálica y escalones de madera) campaneando la llegaba de mi ídolo (Carlos, no Malena), para darle la noticia de la ocupa programada y de la cual recién me anoticiaba.  Pensaba que él no se iba a querer quedar.  No olvidemos que los celulares no existían y el tipo tenía esposa e hijos para avisar.  Y los del Centro, además de instar a la ocupación habían anunciado: “Después de las veinte horas no sale nadie”.

 

A eso de las diecinueve y treinta y cinco, Carlos llegaba como tromba (según su costumbre); él laburaba en una constructora de Congreso hasta las diecinueve y quince.  Al verlo, me le fui encima.  Él ya había notado que había demasiada gente dando vueltas:

─¡Hola Juanca…! ¿Qué pasa que hay tanto quilombo?

Le conté y chichoneamos un rato.  Me dijo que se rajaba y que al día siguiente me llamaba para ver qué había pasado y si había clases.  Me pega un abrazo y está dando la vuelta cuando la ve…  A ella, a la única; la hermosa y exuberante (muy mucho, muchísimo) Malena y, creo, se le pelaron los cables.  Me miró de una manera que, aún hoy a la distancia, me parece rara.  Como no viéndome… “como en otra cosa”.

─Mejor me quedo, Juanca… así no te aburrís.

 

¡Minga de preocuparte por mí, falso de mierda, calentón!  Nos fuimos a tomar un feca y fumar (en ese tiempo era permitido, no como esa hijoputez de la actualidad) algunos fasos a la cafetería. A las veintiuna era un lleno completo; y aclaro, que tenía un cuarto de manzana de superficie.  Todo el que no estaba gritando y cantando protestas en la planta baja estaba presente.  Entre esos todos, nosotros y Malena con unos quince pendejos alrededor (como era habitual).  Mi amigo hablaba conmigo, pero ya lo junaba lo suficiente  como para ignorar que su mente estaba en Malena.  Ahí nomás, a unos veinte metros.  Creo que hasta me parecía oír el ruido que hacía su mate elaborando su plan.  Sólo para eso se había sumado a la ocupación que a él no le importaba un joraca.

─Juanca, ¿me haces pata?  Vamos a alguno de los teléfonos públicos.  Si no aviso a casa, la gorda no duerme… aunque me imagino que habrá para una hora de cola.

Asentí ─no había otra cosa que hacer─ y le aclaré que antes que tarde, debíamos lastrar algo.  Ya los de la cafetería habían anunciado que iba a permanecer abierta toda la noche, pero era dudoso que tuvieran vituallas para todos.  En el justo momento en que me voy a parar, el gran guacho me aprieta el brazo y me dice: “Aguántame dos minutos, ya vengo”.  Se paró, sin apuro, y con esa decisión que tienen los dueños del mundo, se encaminó a la mesa en la que estaba la gran mina.  Sé que me quedé mirándolo estupefacto, como un superpelotudo.  Fascinado, veo como llega a la mesa saluda en general y luego se agacha pegado al oído de la gran mina y le habla.  Dos minutos después está de vuelta conmigo y me dice “Vamos a los teléfonos”.

 

No me pude resistir.  Tenía que saber…

─Carlos, no seas puto…  Decime qué le dijiste ─se sonrió y pensé que me iba a mandar al carajo, pero no:

─Que era imperioso e impostergable que antes de terminar la noche, habláramos a solas.  Que le tenía una propuesta laboral justo para ella y que no la iba a poder desdeñar.

─Cuando se avive que es un bolazo… ¡te manda a la mierda!

─No te preocupes, voy a saber disculparme…  El tema es que la pueda chamuyar a solas y ya veremos qué pasa.  Me tengo fe, Polaco.

(Soy hijo único de un matrimonio de polacos que instalaron un almacén en Villa Urquiza desde mucho antes que yo naciera.  Carlos conocía el boliche y a mis viejos, me había llevado un par de veces, ya que era cerca de su casa en Elcano y Freire).

─¿Y cómo te vas a encontrar a solas… y a qué hora?  Lo veo difícil…

─No arreglamos nada… pero, nuestras miradas se entendieron.  En algunas horas la pendejada se va a entrar a tirar por los rincones, ahí es cuando la voy a buscar y me va a seguir al cuarto… ¡me tengo fe!

 

El cuarto al que se refería, era el cuarto piso que no se utilizaba más que cómo deposito de tableros de dibujo, sillas rotas y cosas así.  Por lo que yo sabía, era una mugre.  Jamás había subido, cosa que estaba prohibida según los cartelitos colgados en la continuación del último tramo de las escaleras internas de hormigón armado.

 

Bien, para ir cortando este relato que seguramente no le interese a nadie.  Estuvimos juntos el resto de la noche.  Nos unimos y separamos de distintos grupos ─en todos era bien recibido; es más, cuando se debía formar grupos para una cursada en particular, lo buscaban como moscas a la miel ─él era garantía de prácticos aprobados─.  Morfamos algunas hamburguesas y nos tomamos cinco o seis cafés.  Un par de veces la vimos a Malena con su cortejo de costumbre; pero en la última, ya cerca de la medianoche, era evidente que su séquito se había reducido (¡el putazo tenía razón!).  Yo no preguntaba nada: ESPERABA.  No habíamos vuelto a hablar del tema y empecé a pensar que había desistido, interpretando, tal vez, que era un imposible.  A eso de las tres el panorama de la facu había cambiado; un silencio generalizado y montones de tipos y tipas dormitando por los rincones, en los pasillos, en las aulas y los talleres.  Me aburría y bostezaba:

─Carlitos, estoy fundido.  ¿Buscamos un rincón a ver si podemos apoliyar un par de horas?

─¡Dale!  Buscate un lugar y hacete cargo de mi portafolios (él no usaba mochila como la mayoría por razones laborales).  Después te busco… ¡deseame suerte!

 

Y ahí me quedé como un boludo, depositario de sus cosas y viendo cómo salía de cacería.  Sin tener la más puta idea de cómo la iba a encontrar en ese despelote.  De buena gana lo hubiera seguido, ¡me moría de ganas!  Pero… no correspondía.

 

Recién a eso de las siete pasadas, ya el sol estaba alto, me desperté. Fui a buscar el meadero urgente y luego empecé a dar vueltas, mochila al hombro y portafolios en mano.  El tercer piso ─supongo que la planta baja, el primero y el segundo aparecerían igual─, era un lugar de desastre.  Mugre por todos lados.  Tipos todavía apolillando, otros fumando y otros yendo a mojar la jeta.  Perdido el entusiasmo de la noche anterior, queriendo rajarse a sus casas.  Empecé a girar buscando a mi amigo.  Lo veo en el descanso de la escalera más cercana al río, justo en el momento en que, bajando del cuarto, pasa la pata sobre la soga con el cartel de “prohibido pasar”.  Su cara no me dice nada.  Neutra.  Me ve y viene hacia mí:

─¡Buen día, Polaco!  ¿Todo bien? ─me frota el antebrazo a modo de saludo y toma su portafolios.

─¡Bien, Carlitos…!  ¿Y vos? ─aguardo que me tire la bomba Malena (que no se halla a la vista: o bajo antes o lo hizo por el otro extremo).

─Queriendo darme un baño… creo que nunca estuve tan sucio.  Vamos para abajo a ver si nos podemos rajar… te llevo a tu casa y en el camino te invito a desayunar.

Nada.  Nada.  Así lo hicimos, desayunamos en un bar cerca de casa y nada.  No me aguanté más:

─Che, loco… ¿no tenés nada para contarme? ─sonrío apenas y:

─Juanca, los caballeros no tienen memoria…

─¿…?  (¿Qué decís pedazo de hijo de puta?  ¿Me vas a dejar en ayunas?  Pensé)

─Bue… te doy una pista: si algún chabón me habla mal de esta toma de la facu… ¡lo cago a trompadas!

Cuando empezó el segundo año, él ya había dado en forma de alumno libre tres materias (¡pedazo de animal!) y yo empezaba alguna de segundo.  Nos veíamos muy poco, yo hacía la carrera en tranvía y el loco en un tren expreso.  Alguna vez coincidíamos en la cafetería y compartíamos un rato.  Hacia fines de ese año ─Malena ya había dejado─ yo abandoné mis “estudios” sin pena ni gloria.

 

II

Después de ocho años me lo encontré de nuevo.  Una alegría.  Fue en el hall del Mercado del Plata de Carlos Pellegrini entre Cangallo (hoy Perón) y Sarmiento.  Frente a los ascensores.  Yo estaba esperando el ascensor, acudía a la Dirección de Inspección General en el 2º Piso.  Me habían clausurado el boliche de Villa Urquiza del cual me había hecho cargo a la muerte de mis viejos.  (El Almacén Don Pablo, ahora ya modernizado, era “Fiambrerías Nelly” ─la “s” era para fingir de “cadena” y Nelly, por la tucumana, mi esposa).  Él bajaba.  Nos dimos un abrazo cálido y sincero.  Me contó que venía del 3º (Dirección de Obras Particulares) a la cual acudía por la profesión dos o tres veces por semana.  Me interrogó acerca de mi presencia, cuando le conté, miró su reloj y tomó una decisión:

─¡Vamos, te acompaño!

 

Después que ubiqué al inspector de la clausura, Carlos tomó la posta, hablándole como si lo conociera de toda la vida, al pasar mencionó al Director General y hasta el mismísimo Intendente Cacciatore.  ¡Qué hijo de puta desfachatado!  El inspector, recién entonces se dirigió a mí:

─Señor Dzyadura, no se haga ningún problema.  Vuelva a su negocio y con cuidado despegue las dos fajas y me las guarda.  Yo voy a pasar en la semana y me las entrega; olvídese de la clausura y que siga usted bien.  Le retengo el acta para anularla.

 

Luego nos fuimos a la confitería ─que ya no es─ de Pellegrini y Cangallo (Carlos me comentó que ahí se arreglaban todos los chanchullos entre profesionales e inspectores de obras) a tomar un café y recordar los buenos viejos tiempos.  Charlamos un buen rato (aunque él no podía dejar de controlar la hora cada cinco minutos).  Había una pregunta que me quemaba por dentro, no podía evitarla:

─Carlos… ¿volviste a ver a Malena? ─Su cara de estupor ya era una respuesta.

─No, Juanca… la verdad es que ni me acordaba de esa pendeja.  Aunque, estaba buena por demás.  No, no, fue historia de una noche y nunca más.

 

Al separarnos me dio su tarjeta profesional, con la dirección de su estudio en Caballito y sus teléfonos.  Ambos nos prometimos volver a encontrarnos.  Nunca más.  Mi primera intención al quedar a solas fue tirarla, luego me arrepentí y todavía debe estar en alguna vieja billetera.  (Aunque él tenía mi teléfono y sabía mi dirección.  Bien podía haber dado el primera paso.  Yo no: ya pertenecíamos a mundos distintos).

 

III

Han pasado tantos años… ya ni recordaba esta historia; creo que ni el nombre de excondiscípulo estaba en mi memoria.  Pero, hoy ─mi esposa murió hace una semana─ me  puse a ordenar viejos papeles y encontré estos escritos y todo volvió a mi memoria como rayo.  En realidad, todo no.  Hubo una persona de esa época de juventud que nunca, nunca se fue de mi memoria, ni de mi corazón: Malena.  Durante muchos años, viendo en la tele esos programas de vedetes, bailes y desfiles de moda a los que mi Nelly era tan afecta, cada vez que aparecía una nueva estrella yo tenía el mismo pensamiento recurrente: “Esta mina no le llega ni a los talones a mi Malena”.  Es más, hasta mis cuarenta, incluso cincuenta pirulos, esperé que algún día ella apareciera en la TV como gran estrella, como ídola total.  Nunca pasó.

 

He tenido una buena vida; dos hijos, cinco nietos y una negra buena y querendona.  Estuve, claro es, siempre en secreto enamorado de muchas mujeres inalcanzables como la Bardot o la Lollobrigida y cien más…  En fin, tantas que horadaron, una y mil veces, mi cerebro, mi propia alma… pero ninguna, ninguna como ella.

 

Ninguna fue como María Magdalena.  Malena.  El amor de mi vida fue esa mujer con la cual nunca cambié ni un saludo.  El amor de mi vida fue esa mujer a la que tuvo en sus abrazos por una noche mi olvidado, querido y odiado amigo.  Todo, todo, lo hubiera dado por una noche con Malena.