por C. Fernández Rombi – 16 ago 2019
El tránsito es intenso al atardecer de este viernes otoñal en las inmediaciones del Puente La Noria. Miguel recorre la última cuadra antes de arribar a su humilde casa. No ha tenido un buen día, cosa habitual desde que perdiera su trabajo en la lanera hace un año. Changas hay pocas y, por lo general, mal pagas.
Yolanda y sus tres pequeños hijos padecen esa misma situación y, además… lo padecen a él. Su cambio de actitud no fue instantáneo; al principio ─mientras creyó que la situación era pasajera─ mantuvo su carácter tierno y cariñoso. Luego, empezó el cambio; cada día al llegar a casa, se ha sentido en forma creciente cercado por esas cuatro bocas ansiosas que esperaban algo que él trae en forma escasa, alimentos. La furia que cada día lo asume en mayor grado es, quizás, autoprotección ante el propio fracaso.
Será un fin de semana de desastre; no sólo ha estado de mal humor el sábado, el domingo fue peor. Al mediodía, revoleó el resto de esa polenta aguada que la mujer había cocinado lo mejor que pudo con una evidente escasez de ingredientes. Lo que solía ser un hogar es hoy un polvorín que sólo necesita una chispa que lo haga estallar.
Al anochecer se vuelve a cortar la luz, de la que están “enganchados”, algo que viene sucediendo desde hace un mes y el jefe de familia revienta. Le pega a la hija menor sin saber bien por qué, los otros dos se refugian bajo la cama, Yolanda trata de contenerlo y recibe un golpe de puño que la sienta en el piso.
Mañana es lunes y comienza otra semana.