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por C. Fernández Rombi – 25 ago 2019

 

Estoy listo para partir.  En paz con Dios.  Aún siendo consciente de tener pecados que aún no estoy seguro de haber redimido.  Me equivoqué mucho (aún, a veces lo sigo haciendo) y acerté unas pocas.

 

Siempre me guié (creo) por una idea de bondad y comprensión hacia el otro.  Ya me he confesado tantas veces con Él que tengo esperanzas.  Mi premio mayor sería reencontrarme con aquellos queridos míos que me precedieron.

 

¡Qué lindo sería!  ¿Será posible?

 

La gran ventaja de “estar listo” es la de no albergar ya grandes sueños.  Solamente los más sencillos.  Ver unas cuantas veces más las sonrisas de mis nietos.  Oír el cariño con el que me llaman Abu, unas cuantas veces más.

 

En cuanto a mis hijos, poco que decir.  A su manera, todos ya se han realizado, profesionalmente y como familia.  Son ellos con los que me siento más deudor.  Pienso que les debí haber dado más... o, en su defecto, ser más claro.  De nuestros diálogos, creo que no han llegado a entender la forma enorme en que los amé y los amo.  Y como sufro el desapego de su forma de saludarme (seguramente, también mi culpa).

 

En cuanto a mi esposa, le debo mucho: espero que ella esté tan preparada como yo.  Ambos sabemos que lo peor de nuestras partidas es que no sean simultáneas.  El sobreviviente va a sufrir demasiado.  Sobre todo si soy yo.  No tengo dudas de ser más dependiente de ella que ella de mí.  En fin, la última palabra no es nuestra.

 

De haber un reencuentro celeste, el que más anhelo es el de nuestro hijo, al que tuvimos tan poquito (ni 30 días).  Sería muy feliz de poder abrazarlo 33 años después.

 

Estoy listo Señor.  No lo estires demasiado, no quiero convertirme en carga para mis hijos, ni convertirme en un cuasi vegetal, ni ser internado en un depósito de viejos. Que eso y nada más son los geriátricos.