por C. Fernández Rombi – 01 sep 2019
Estimado lector: en esta época de transmisión ultra rápida y, casi excluyentemente, visual; y del imperio del mensaje de texto súper breve (a tal punto que, a veces, los “inmigrantes digitales” no los podemos entender), todo aquel que lee, o sea, vos, merece, como mínimo, un recreo.
Vos lo vas a encontrar en los dos relatos siguientes. Desde ya, que se pueden leer en forma independiente uno de otro; sin embargo, están pensados para ser leídos uno a continuación del otro.
Tienen varias similitudes: el nombre de las protagonistas es el mismo; su edad y formación cultural media, son similares; en ambos, se retrata el transcurrir de un único día de sus vidas, e incluso, el mismo día: el de inicio del invierno.
El lector detallista, notará además, que hay frases idénticas en uno y otro relato. Y a pesar de reflejar dos situaciones totalmente diferentes, su final es idéntico.
¡Suerte!
Mujer casada
Este primer día de invierno amanece sin ganas. La difusa luz matinal fracasa en su intento de horadar los cerrados nubarrones que anuncian la lluvia inminente.
Matilda no ha pasado una buena noche. Este mes, su menstruación vino acompañada de más dolor del habitual. Cuando despierta, la lluvia ya es copiosa y con miras de prolongarse todo el día. Esto, se corresponde con el informe meteorológico que la TV emite cada treinta minutos con el mismo énfasis que si tratase del inicio de la tercera guerra mundial.
Los chicos, trece y quince, no tendrán clases debido a una Jornada Nacional de Perfeccionamiento Docente (¿?). Juan, el esposo, cumple su segundo día de suspensión por falta de insumos en la automotriz en la que trabaja… Panorama deprimente para Matilda.
El día ha cumplido con todas las expectativas desalentadoras del ama de casa; que al borde de los cincuenta, y siendo aún atractiva, suma más desengaños que alegrías. Se casó “grande”, con un hombre basto, difícil y diez mayor que ella.
Es más, esa expectativa del desaliento matutino, ha sido superada con amplitud…. ¡Demasiada amplitud! Ha sido una jornada larga, pesada, difícil de sobrellevar.
La lluvia continúa como si el mismo cielo se hubiera aburrido de los seres humanos. Los hijos, que ni al patio pudieron salir, estuvieron insoportables… su esposo… ¡peor! Malhumorado, rabioso con la patronal y con él mismo; gritó la mayor parte del día sin que ella pudiese enterarse del motivo. Para colmo, bastante pasado de cerveza, se adueño del control de la tele y no la dejó ver las únicas dos series románticas que sigue –religiosamente- de lunes a viernes.
Matilda va hacia su cuarto agradeciendo a Dios que este día haya terminado. Su esposo, despatarrado, ronca con la boca abierta como si fuera la última vez. A punto de caer derrengada en su lecho, un sutil primero, y cada vez más intenso después, pensamiento insidioso, se ha instalado en su mente. No quiere enunciarlo. Como si el simple hecho de negarle forma amenguara su dureza. Finalmente, se rinde.
¡Esta vida es un asco!
Mujer soltera
Este primer día de invierno amanece sin ganas. La difusa luz matinal fracasa en su intento de horadar los cerrados nubarrones que anuncian la lluvia inminente.
Matilda, a sus cincuenta, sigue siendo una mujer atractiva. Su soltería la obliga, de alguna manera, a cuidarse. Vive en función de sus amoríos… que son muchos. En la oficina pública en la que trabaja hace años, está en el fino límite de ser considerada “la puta de la oficina”. Lo cual, la tiene sin cuidado. A su jefe directo, hombre casado con el que sale -se encama- una vez a la semana y desde hace tiempo, le pasa lo mismo.
No fue siempre así. Veinte años atrás, estuvo a la puerta misma del casamiento con un hombre al que amaba con fuerza. Pero, el destino dijo ¡No! A tan solo tres meses de la feliz definición de un lindo noviazgo, “su Roberto”, se descubrió a sí mismo como homosexual reprimido. Enamorado de un compañero del gym. “Perdoname Matilda, hubiera cometido un error irreparable. Perdoname, por favor.”
Pasado un año “del luto autoimpuesto”, ella se desbarrancó. Con sólo un hermano mayor y casado que nunca le dio bola, se dedicó a “vivir la vida” o sea… ¡la pura joda!
Y sirvió. Por años, le sirvió. Ahora, y cada vez con mayor frecuencia, esa sucesión de boliches y novios de ocasión, la está aburriendo. Es inteligente; y consciente de que cada vez le cuesta más competir con las más jóvenes y que eso va a empeorar.
Mi depto cada vez me resulta más grande y hostil. Me he negado al pensamiento, aún al solo enunciarlo… pero, ya no lo puedo acallar más: ¡como me gustaría tener una familia!
Hoy se levantó y arregló como cada día para ir a trabajar, llegó hasta el mismo hall de su edificio, pero la lluvia la desalentó. Luego de un rato de duda, volvió sobre sus pasos y al ascensor. Ha pasado el día entero, echada, mirando la tele y comiendo chatarra, de la cual, normalmente, se priva. Ha sido una jornada larga, pesada, difícil de sobrellevar.
La lluvia continúa como si el mismo cielo se hubiera aburrido de los seres humanos. Matilda, va hacia su cuarto agradeciendo a Dios que este día haya terminado. A punto de caer derrengada en su lecho, un sutil primero, y cada vez más intenso después, pensamiento insidioso, se ha instalado en su mente. No quiere enunciarlo. Como si el simple hecho de negarle forma amenguara su dureza. Finalmente, se rinde.
¡Esta vida es un asco!