por C. Fernández Rombi – 21 sep 2019
Para la mayoría de las personas encerradas en el horario laboral clásico, de lunes a viernes nueve horas y los sábados hasta el mediodía, los lunes suelen ser inevitablemente un fastidio. Hay que madrugar y retomar la rutina de horarios y jefes desagradables.
Pero… hace veinte años tuve un lunes diferente. Mi Lunes.
Había cumplido los cuarenta y, por fin, regularizado mis aportes jubilatorios. Sólo era cosa de aguantarme veinticinco más y llegar al dulce no hacer nada. Amigos, poco y nada: dos o tres conocidos del laburo; familia, cero; el tema sexo lo solucionaba con un par de encuentros mensuales (a veces, tres), previo pago. En fin… el rey de los piolas no era, ni soy. Pero mi Lunes… ¡Ah, mi Lunes fue una belleza…! Diferente e inolvidable.
No me había sentido bien ese finde. Un rebelde resfrío me había tenido a mal traer. Llevaba ya diez años en la oficina sin un solo faltazo. Decidí llamar y pedir médico. El Jefe de Personal me mandó decir: “Si viene mañana, no hace falta el médico y que se mejore”.
Dada la buena noticia decidí, en lugar de quedarme en la catrera, tener un inicio de semana diferente. Me empilche y a eso de las diez salí a gozar de la vida y del solcito primaveral. El mediodía me encontró comiendo como un bacán en uno de los carritos de La Costanera y… ¡nacía mi Lunes!
En la mesa más cercana, una muchacha hermosa (me quedo corto) y tan sola como yo comía distraída. Además de su belleza, la distinguían vestimenta y exquisitez. No pude dejar de pensar que constituíamos una rareza en ese boliche (poca gente y ningún otro solitario, aparte de nosotros dos). Tampoco, dejar de tejer una fantasía romántica. Consciente de que Ella me quedaba chica por edad y grande por naturaleza.
…
Fueron las quince mejores horas de mi vida. No se repetirían. A las tres de la mañana, en el momento en el que nos despedíamos en la puerta de mi casa –aún no me había bajado de su auto– y embriagado de amor le planteaba el lógico intercambio de teléfonos para proseguir ese romance breve, intenso y deslumbrante (consumado en el mismo auto), me caería un balde de agua helada.
─Mi querido… lo lamento tanto. Pero estas horas juntos son únicas. Mañana parto a Madrid y en quince días me caso. No volveré… De seguro debí decírtelo de entrada. Fue muy lindo lo nuestro; lindo por lo espontáneo y lindo por lo fugaz. Adiós mi querido…