por C. Fernández Rombi – 29 sep 2019
El viejo bar languidece. Los años le pasaron por encima. Dos mesas de billar casi deshilachadas; una barra, que conoció tiempos mejores; unas cuantas mesas y sillas, orillado lo enclenque; algún parroquiano que entra desprevenido.
Y yo, fiel, siempre en la misma mesa junto a la ventana. Mi rostro y mis canas muestran que al igual que al bar, los años me sometieron. Las juveniles esperanzas, ya idas, sin esperanzas de retorno. En realidad, esta mesa y este bar son mi último refugio y su único mozo, el amigo que me queda.
Llego esta mañana, como de costumbre a eso de las diez, tomaré el desayuno y luego iré, en las horas, enhebrando unos cuantos cafés y algún sándwich hasta que sea la hora del cierre y la vuelta a mi pieza.
PRÓXIMA DEMOLICIÓN, LOTE EN VENTA. El cartel nuevito, fondo rojo y letras blancas, me sobrecoge. Pienso: ¡es mentira!
La mirada de mi amigo, triste y esquiva, me confirma el desastre inevitable. El espanto me sobrecoge. Amago sentarme y no puedo, quiero ir a saludar a mi amigo por última vez y no lo consigo. Salgo. Caminaré hasta morir.
Al día siguiente, me desperezo renuente a abandonar la cama... Y casi lo lograba, pero un interrogante me asalta: ¿para qué?
Con resolución, me dejo caer y me tapo hasta la cabeza.