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por C. Fernández Rombi – 25 oct 2019

 

Amanecí mal, sin ganas de dejar la cama.  Algo frecuente desde que me diagnosticaron.  Mi vida ya tiene fecha de vencimiento… y es más cercana de lo que quisiera.

 

Es natural que en esta condición un hombre analice su vida pasada.  Mi balance no me hace feliz, más frustraciones que logros.  Una infancia marcada por la timidez y la ausencia de mamá.  Una adolescencia dura de muchacho introvertido y carencias afectivas y económicas.  A los treinta años me casé… con pocas esperanzas.

 

Hilda Martino me lleva diez años, dotada de una fuerte personalidad e incipiente fama como escritora de cuentos para niños.  Siempre supe que me aceptó por el simple hecho de que los años se le venían encima y no tenía candidato a la vista.

 

En fin… hace unos días cumplimos diez años de casados, sin pena ni gloria.  Ella nunca me amó y mi amor incipiente se diluyó en el primer año.  Creo que por su desinterés y displicencia hacia mí.  Ese mismo día, el de mis bodas de estaño, fue en el que mis médicos me regalaron su lindo y letal diagnóstico.  No se lo comenté; tuve el temor de experimentar lástima de su parte.  Reunimos un par de amigos y algún que otro colega suyo, unos triples de migas, unos saladitos y un par de botellas de champaña…

 

Y eso fue todo.  Por la noche, ya a solas y escondida mi diagnosis del alcance de Hilda, tuvimos relaciones sexuales.  Habían pasado tres o cuatro meses de la última vez… El signo de nuestra pareja no es precisamente el fuego.

 

Y así va el resto de mi vida terrenal; trato de no centrarme en el  desenlace.  Por suerte no sufro de dolores intensos.  Sólo lo necesario para recordarme que “está ahí”.  ¡Estoy anonado!

 

Volviendo en auto de Entre Ríos, Pablo, mi único hermano, su esposa y Mabel de cinco años han tenido un accidente terrible en la Ruta 14.  Sólo Mabe quedó con vida, es la última de mi familia.  Desde que nació soy el tutor a cargo en caso de falencia de sus papás.  ¡Ahora sí, la situación me sobrepasa!  La niña ya está instalada en casa… pero para la estéril escritora de cuentos infantiles es una desconocida; aceptada, pero sin amor.

 

¿Qué destino aguarda a la pequeña y dulce Mabel?  Su tío, su único refugio, tiene cuerda corta.  ¿Cómo carajo soluciono esta mierda de tema?  Me olvido de mí mismo…  Sin tiempo para llorar.  Todos mis afanes están dirigidos a la sangre de mi sangre, la dulce y tierna  Mabel.  Ni pensar en Hilda.  Sus capacidades no están dirigidas a la crianza cariñosa de niño alguno, ha cumplido los cincuenta y su única preocupación es su éxito literario y mostrarse más joven de lo que es.  Por otra parte, nunca se relacionó bien con mi joven hermano ni con su esposa… ¡un desastre!  El tema me quema y se agrava día a día.  Cada vez que la veo a Mabe, que se abraza a mí con todas sus fuerzas y caigo en la cuenta de su indefensión, me siento aterrado.

 

¿Qué puedo hacer por esta niña?  Última oportunidad de hacer algo bien en mi vida yerma.  Luego de un par de meses, Mabe ha recuperado su sonrisa y su confianza en la vida.  Vivo en función de ella cada día y mis temores derivan en pánico.  Comienzo a experimentar dolores cada vez más frecuentes.  Acorralado por la situación de mi sobrina, decido hablar con Hilda.  Le cuento sobre mi salud.  Hay en sus ojos verdadera pena y comprensión, me abraza y solloza sin estridencias.  Creo que es el momento mejor de toda mi vida de matrimonio.

 

Pasada una hora de real comunión… saco el tema “Mabelita”.  En el acto noto que ni se le había ocurrido e, instintivamente, tira su cabeza un par de centímetros hacia atrás.  ¡Ya tengo su respuesta!  Mi niña no tendrá hogar.  Hilda Martino de Valdez me asegura su respaldo económico para la internación de la niña en el lugar que yo elija…  ¡Me cago en su alma!

 

No hay más tiempo, mis fuerzas disminuyen y es notorio.  Hilda, sin proponérselo, está cada día más ausente.  Se protege.  He perdido el rumbo; no sé qué hacer.

─¿Eduardo Valdez? ─pregunta la voz femenina y vacilante en mi celular; una vez que se lo confirmo, mi interlocutora prosigue─ Soy Marina Benzini, la vecina de su hermano, de Pablito…  Si no le molesta, me gustaría que nos reuniéramos con mi esposo en algún momento, en mi casa.  Sigo viviendo en la casa al lado de la que habitaba Pablo.

 

Sin entusiasmo ni esperanzas; sin saber para qué ni por qué, hago una cita para el día  siguiente.  Una hora antes de la salida de Mabe de la escuela donde está a punto de terminar el preescolar, llego frente a la casa donde viviera mi hermano desde el día de su boda y donde nació y creció Mabe, solo a dos cuadras de la escuela.  Imposible evitar una lágrima.  Pronto nos vamos a ver hermano.

 

Llamo en la casa de al lado y sale Marina, su vecina desde que se casó y alquiló esa casita de La Paternal.  Recuerdo vagamente un par de conversaciones ocasionales con ella.  Me hace pasar, su esposo aguarda y ella nos presenta con sencillez.  Es una casa bien puesta, sin lujos.  Se nota que son de una edad similar a la de Pablo y su esposa.  Ambos me caen muy bien.  Se los ve buena gente.

─¡Fido a cucha! ─es la orden para el salchicha que juguetea con mis cordones.

 

Sirven café, hablamos de trivialidades, luego me cuentan de la gran amistad que tenían con mi hermano y su esposa.  Comentan que se hicieron presentes en el velatorio sin haberme podido saludar.  Yo me había marchado para unos trámites en la seccional policial.  Agradezco.  Sigo sin entender el motivo de mi convocatoria a esta casa.  La mujer parece no saber cómo seguir la conversación, su esposo se hace cargo.

─Eduardo ─me dice en voz baja pero segura─ quiero ser totalmente franco con usted.  Martina ya le contó que hemos sido muy amigos de nuestros malogrados vecinos…  Omitió, tal vez por pudor, hablar del amor que le tenemos a Mabelita desde el mismo día en que nació.  Cada vez que Pablo y Elba salían, quedaba a nuestro cargo, lo cual nos hacía muy feliz.  Quizás porque Martina no puede tener hijos ─ella baja la mirada, como si él hubiese revelado algo vergonzante─, además…

 

El hombre calla como sin saber la forma de continuar.  Yo, expectante en grado sumo, trato de adivinar a dónde va a parar esta historia.  Lo animo:

─Por favor, continúe sin reparo alguno.

 

Ahora es él quien baja la cabeza.  Sin embargo, continúa con firmeza:

─Cada tanto me doy una vuelta por la escuela de Mabe… y la veo salir tomada de su mano.  El lunes pasado al no verlos, me acerqué a saludar a la señorita Norma, su maestra, y me comentó que Mabel tenía un ligero resfrío.  Todo hubiera quedado ahí si no fuera porque la noté apesadumbrada al hablarle de la niña.  Norma, a la cual conozco desde que Mabe inició el infantil (era yo quien la retiraba del colegio), me pidió que la esperara, que salía en cinco minutos y quería hablar conmigo.  Ya en el bar de la vuelta, con grandes reparos, me confió su situación de salud Eduardo, discúlpeme que toque ese tema tan íntimo, y que usted la había consultado acerca de alguna institución para Mabe…

 

Ahora el hombre no puede seguir, hay una especie de desesperación en su rostro, aparto mi vista y miro a su mujer, está llorando…  No necesito oír más.

─Por favor, cálmense… en veinte minutos estoy de vuelta.

 

Quiero hacer un pequeño experimento.  Retiro a mi sobrina unos cuantos minutos antes del horario establecido.  Noto su extrañeza de no ver mi auto y que la tomo de la mano y la llevo a su antiguo hogar.  La niña calla y aguarda.  Yo también.  Noto un temblor en su mano cuando pasamos frente a la casa.  Tocó timbre en el hogar de los vecinos y con todo cariño pongo a Mabe delante de mí.  La puerta se abre al instante, sale Marina e, incontenible, Mabel salta a sus brazos; ya adentro, el hombre se une al abrazo… el mismo Fido parece enloquecer de alegría.

 

Ayer a la tarde me internaron.  Sé que no hay salida, por suerte el dolor es tolerable.  Hace apenas unos días que la tutoría legal hasta la mayoría de edad de mi sobrina ha pasado a nombre de los Benzini, que han iniciado la adopción.  ¡Felicidades papás!

 

Me he despedido de Mabelita por mi partida a un largo viaje por Europa.  Hilda, se ha portado muy bien.  Estos días ha estado a mi lado casi de continuo.  Hoy tiene la presentación y firma de ejemplares de su último libro.

─Andá tranquila y disfrutalo ─le dije─, te voy a estar esperando.

 

Sin quererlo, pienso que ahora tengo tiempo para llorar.  Sin embargo, la sonrisa desde el retrato de mi sobrina que Hilda puso en la mesita de la habitación, me lo impide.  Después de tanto balance, ahora siento que mi vida tuvo un objetivo.