por C. Fernández Rombi – 05 nov 2019
Ha sido un largo y caluroso día de verano… En realidad, lo sigue siendo. En las cercanías del Puente Saavedra el termómetro ronda los 38º y no afloja, aunque ya está entrando la noche. De una radio desconocida surge una pastosa melodía brasileña que se entrelaza con el calor del día que no se decide a terminar.
La música ayuda un poco a olvidar mi desazón y el aburrimiento fatal de otro día sin trabajo. Hay días que en los locales de Saavedra se consigue alguna changa; hoy, ni medio. Toqueteo mi capital en el bolsillo: unas cuantas monedas y un par de billete chicos. Sin hacer demasiadas cuentas imagino que para dos porciones de pizza y un vaso de tinto me va a alcanzar. Bué… también así de escaso fue mi almuerzo. Pasan dos mujeres que pintan volver del laburo, están buenas… ¡qué lindo sería! Pero, ¿para qué soñar pavadas? A lo máximo que puedo aspirar es a una buena paja llegada la medianoche en alguna calle lateral al borde de la General Paz; me voy a guardar en la memoria la facha de la más alta y culona a modo de inspiración. Como cada día me asalta el mismo pensamiento perseguidor. ¡Algo tiene que cambiar! Desde que llegué de La Rioja mi vida es un parto seco. Sin amigos, ni familia, ni laburo. Puro extrañar mi pago del que me fui de caprichoso, sólo por llevarle la contra a mi viejo…
Envuelto en sus tristes pensamientos, el hombre joven tropieza con un señor de traje, corbata y maletín. Seguramente es un tipo importante…
-¡Perdón señor! Atinará a decir.
El otro, el hombre importante, se queda parado frente a él. No hay disgusto en su expresión sino una franca expresión de estupor; pasan un par de minutos y el muchacho no sabe dónde meterse. De pronto, su mente se ilumina: Un puto… seguro. Si me propone algo le meto una piña…
Finalmente, el hombre importante reacciona y contesta:
-No tenés de qué disculparte hijo, sucede que estoy muy desconcertado… Hace más de una hora que pasé por este lugar y no volví atrás.