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por C. Fernández Rombi – 25 nov 2019

 

Buenos Aires, un domingo de marzo.

 

No empecés a darte manija Lalo…  Sabés mejor que nadie que el atardecer de los domingos es el peor momento de la semana para los solitarios… ¡fuerza, carajo!

 

Nuestro hombre se predica a sí mismo, tal su costumbre de los últimos años.  Leandro Olivera, Contador jubilado, ha pasado los sesenta y cinco hace un par de años.  De complexión mediana, abundante cabellera gris y facciones agradables, que se malogran por un rictus de tristeza contra el cual lucha incansablemente.

 

No quiere entregarse ni convertirse en un amargado… pero no le resulta fácil.  De su patrimonio sólo queda este departamento de dos ambientes y medio en un antiguo edificio de la Avenida Paseo Colón, con su pequeño balcón del piso 13 que mira hacia Puerto Madero.  El depto en Mar del Plata se fue diez años atrás y el Corsa casi tres.  Su debacle empezó, más o menos, al mismo tiempo que la de muchos argentinos con los finales del gobierno alfonsinista y hasta ahora no tiene pausa.

 

La mitad de la venta del dos ambientes en la Feliz, sueño largamente acariciado por su esposa y que vendió a su muerte, se la dio a su hija para ayudarla a concretar su sueño y el de su joven esposo de ir a radicarse a Canadá.  El saldo se lo fue comiendo de a poco, perseguido por la falta de clientela y, desde hace dos años, por una jubilación ridícula que sólo alcanza para pagar las expensas de la vivienda, los servicios, el combo de teléfono, cable e Internet…  La buena comida o alguna salida se tornan problemáticas.  Intenta, cada día, conseguir algún trabajo para ayudarse, pero…

 

En estos primeros días del 2012, igual que sucede cíclicamente en el país cada cuatro o cinco años, solamente por casualidad un hombre de su edad puede conseguir tarea remunerada.  Así que lentamente se va comiendo el dinero que quedó de la venta del auto… dinero que, además, se deprecia día a día por la bendita inflación.  La única comunicación que mantiene con la hija, que está a un mes de hacerlo abuelo, es el e-mail.

 

¡Bendito correo electrónico!

 

Él le escribe a diario.  Ella, ocupada tratando de sobrevivir en un lugar en el que no termina de asentarse, le contesta cada tres o cuatro.  Pensar que alguno de los dos pueda emprender el costoso viaje va de la mano con la utopía…

 

Así es que conoceré a mi nieto cuando cumpla los quince, más o menos.  Ya intenté todas las opciones de “trabaje desde su hogar y hágase independiente” que ofrece Internet… ¡y fueron un fiasco!  Otro más.  Veremos si me sale ese puesto de sereno en la fábrica de vidrios… iba todo bien en la entrevista con el Jefe de Personal, hasta que se anotició por el curriculum que soy universitario; trató de disimular, pero noté que fruncía el gesto.  En fin, esperemos… aunque no deja de resultarme gracioso que mi única esperanza sea un trabajo de sereno… aunque bien es cierto que para algo deben servir los jubilados a los que no les alcanza la plata siquiera para subsistir.

 

El crepúsculo está avanzado, el depto a oscuras sólo refleja las luces cambiantes y el resplandor de la TV.  Leandro, aburrido de hacer zapping sobre una programación reiterada hasta el hartazgo, apaga la TV, se incorpora y va hasta su balcón.  Su vista se pierde en la panorámica del Muelle 3; luego, con las palmas de las manos sobre la baranda, observa el tránsito incesante en los dos sentidos de la ancha avenida tratando de imaginar familias felices emprendiendo el retorno a sus hogares y a otras yendo a cenar afuera.

 

Se encoge de hombros filosóficamente y piensa que es hora de comer algo; tiene media pizza que le quedó del mediodía y, lo mejor, una botella de vino tres cuarto de medio pelo que solo se permite estas noches de domingo, ya que el resto de la semana: agua de la canilla.  La beberá lentamente hasta el final, que es una de las formas de llegar al sueño en la cruel noche del domingo.  Cuando termina dos de las cuatro porciones, aparta las sobrantes, no tiene hambre.  Abre el vino, se sirve una copa y bebe despacio tratando de saborear la bebida.  El lugar está en penumbras, iluminado apenas por la luz de la luna y las de la avenida; su vista está fija en la puerta balcón, las cortinas totalmente abiertas le permiten apreciar la belleza de una de las últimas noches de verano.

 

En el momento de servirse por segunda vez un movimiento inhábil de su mano voltea la botella sobre la mesa.  Listo a  reaccionar a puro instinto para salvar algo del preciado vino, queda en suspenso, estático; los brazos apoyados en la mesa y abstraído mirando la mancha que se extiende sobre la mesa y el chorro continuo que viaja sin remedio hacia la alfombra.  Son las diez de la noche.  Lentamente el chorro se transformará en goteo y luego de unos minutos cesará por completo.  Leandro, con la mirada absorta en el vino derramado, ni siquiera ha parado la botella del mal vaciado, no es capaz de discernir sus propios pensamientos.  Pero íntimamente, cree encontrar una oscura relación entre ese vino dilapidado y su misma vida.

 

Han pasado tres horas y la escena permanece inalterable, difícil de entender para un observador casual: el hombre maduro, inmóvil, pareciera contemplar una película apasionante de la que no puede sacar la vista… pero sólo mira una mancha de vino secándose sobre el mantel.  El subconsciente le indica que debe ir a orinar hace ya rato; son ya las tres de la mañana del día lunes cuando finalmente se incorpora, sus miembros entumecidos y su capacidad de pensar desconectada, da un par de pasos hacia el sanitario.

 

En forma ajena a la propia decisión, gira sobre sus pasos y se dirige al balcón, sin solución de continuidad, sin mirar nada: ni las luces de Puerto Madero, ni el tránsito de la avenida, menos aún la imponencia magnífica de la luna llena.

 

Apoya sus manos sobre el barandal y sube su pierna derecha…