por C. Fernández Rombi – 01 dic 2019
Ha sido un largo día de verano… en el que todo lo que podía salir mal, salió peor. No pegué una de cuatro, la última fue la peor; veamos…
Primera: A las ocho, justo a la hora del inicio de mi horario laboral, me despierto. Mi “queridísimo amigo”, el puto despertador, no sonó. Una hora y media más tarde -remis mediante- con la lengua afuera hablando literalmente, llegó a la oficina y la primera persona que veo es el trolo Jefe de personal. Me saluda luciendo una sonrisa siniestra -sé que me tiene entre ojos-, no recuerdo que boludez le contesté tartamudeando. Pausa laboral “tranqui” en el escritorio hasta la hora de almuerzo.
Segunda: Por cuarto día consecutivo intento, luchando contra el mundo de tiburones que me rodea, sentarme al lado de Laurita (la nueva, simpática y más que bonita, compañera de yugo). ¡Fracaso…! Esta vez me ganó Adolfo, de Logística... ¡Maldito sea hasta su sexta generación! En fin, quizás el lunes tenga suerte.
Tercera: 18 y 30 horas me las pico. Tengo la loca pretensión de llegar lo más rápido posible a mi casa de Merlo; vivo con mi hermana y los pendejos, mis sobrinos, de 5, 7 y 9 (de gran regularidad la loca; un polvo cada dos años, siempre con tipos distintos). Los adoro a esos engendros demoníacos… (¡Perdón, me fui por las ramas!) Darme un duchazo, comer algo livianito, empilche y a la “guerra” de los boliches con matiné de Ramos Mejía (Yo, al baile de los viernes de Juan de los Palotes, con levante asegurado). ¡Desastre! El tren amasija a una mujer en la barrera de Nazca… tres reputas horas en el vagón; sin el rebusque de otros, bajarme del tren, caminar un par de cuadras hasta Rivadavia y tomar el bondi (soy portador de tres cajas enormes con merca para el reputo quiosco de mi santa hermana, (bueno a no quejarme tanto; rebusco los fasos) que el mayorista me entrega los viernes en la oficina.
Cuarta: Llego al rancho pasada la medianoche, sudado, famélico y hecho una ruina… (¡A la mierda Juan de los Palotes!) Mi hermanita está hecha una piltrafa, mareada y con vómitos; se viene el cuarto pendejo… ¡Vamos todavía! La ayudo un poco, la consuelo otro, mastico una milanesa fría parado frente a la heladera, un trago de vino y a la catrera. Se avecina un finde de TV y paja. En fin… la cuarta fue la peor.
Sábado de gloria: ¡Ni manuelas ni TV! Sobre el mediodía, cuando abro el ojo, suena el fono, atiendo ahogando un bostezo. La dulcísima voz de fémina, baila en mi oído y lo estremece:
─Hola Daniel… perdóname si te desperté… habla Laura, de la oficina. No quiero parecer atrevida, no lo soy. Esta llamada me costó un montón. Pero -sigue trinando en mi cerebro esa voz cantarina y dulce- me pareció que un par de veces quisiste acercarte a mí en el comedor, sin suerte. Me tomé el atrevimiento de preguntar dónde vivías… Yo soy también del Oeste, más precisamente de Morón, así que somos casi vecinos… ─Queda en silencio, se nota que no sabe cómo seguir, como arrepentida. ¡Es ahora o nunca!
─¡Laura, qué alegría…! Me das el mejor despertar de mi vida. -¿exagero, tal vez? ¡no!- Desde que apareciste por la oficina no dejé de pensar en vos… ¿Querés que nos veamos esta noche y vamos a toma algo a Pinar de Rocha…?
─Sí.