por C. Fernández Rombi – 07 dic 2019

 

Es un hombre común, educado y solidario; ha completado la educación media y desde ahí, a su trabajo rutinario de empleado en una empresa naviera.  Tiene un buen concepto y goza de las simpatías de compañeros y jefes.  Casado y con dos pequeños.

 

Está obsesionado con la inseguridad.  Este ha sido “su año” en este aspecto (instalado en la vida argentina): le robaron el celular en el tren; y la billetera, el reloj y el celular (otro) en la calle dos motochorros, que además le dieron un par de golpes fuertes.  Desde ese momento se le instaló la idea fija de algún tipo de venganza; algo que se ha potenciado en forma exponencial desde el asalto hace unos meses a la casa de sus padres.  Estos, que viven a no más de treinta cuadras del hijo, fueron sorprendidos durante el sueño; los tres delincuentes saltaron la reja del jardín y se introdujeron por una ventana de la planta alta.  No es tanto lo que le robaron como la forma cruel en que uno de ellos le pegó repetidamente a su mamá de 75 años.  Estuvo internada casi un mes y salió con una marcada cojera ya sin remedio.  ¡Hijos de puta!

 

Por primera vez en su vida ha comprado un arma.  Nunca ha disparado; su único y ultra rápido entrenamiento, las instrucciones del vendedor de la armería Casale.  Una pistola de ocho tiros con la que sueña, casi cada noche, sorprender a algún intruso en su jardín y “fusilarlo”.  Él mismo es consciente de que la suya no es una obsesión normal; por eso mismo no la comparte ni con su misma esposa.  Cada sábado por la mañana (Elena trabaja en ese horario) él aprovecha para su ceremonial; limpiar y engrasar cuidadosamente su pistola.  Así estará lista en el momento en que sea necesaria.

 

Esa noche, alrededor de las dos de la mañana, Raúl va al baño a oscuras para mear no necesito luz.  Ya volviendo al lecho, escucha el ruido.  No tengo dudas, es el de un tronco seco de la parra cuando se lo quiebra.  Rápido y alerta, deja las chinelas de lado, en un segundo toma su pistola de la cómoda y baja los ocho escalones hasta el rellano de la escalera que da a la planta baja.  La pequeña ventana, apenas tragaluz, le permite divisar a los tres delincuentes que se mueven en su jardín bajo la luz de la luna…  ¡Quizás son los hijos de puta que fajaron a mi vieja!

 

Dispara dos veces sin vacilar.  El estruendo provocará el caos.  Los gritos de Elena y el llanto de los chicos se superponen.  Se encienden las luces del dormitorio y él, el autor de esta trama inusual, ha perdido por unos segundos la convicción, alelado.  Reaccionará apretando los dientes y vaciando el cargador del arma hacia los intrusos de su jardín.  Luego, deja caer la pistola y queda yerto en el descanso de la escalera.  Momento en el cual su esposa cae sobre él y entre convulsiones le grita, a pesar de tener sus cabezas juntas: “¡Querido, querido llamé al 911…!  ¡Raúl, Raúl ya vienen…!”

 

Los que llegan en ese momento son los críos llorosos y aterrados que se echan sobre los papás; el cuadro, en la penumbra, es realmente insólito.  Y se mantendrá hasta la llegada del móvil policial, precedida por el desagradable sonido de su sirena. El grupo empieza a desmembrarse recién cuando llaman a la puerta y resuena una voz:

─¡Es la Policía, abra señor, abra!  ¡Deje el arma en el piso y abra!  ¡Tranquilo, la situación está controlada… abra!

 

En el momento en que la Policía accede al living, ya totalmente iluminado, ese remedo de familia en ropa de dormir mira a los de uniforme como si fuesen la Segunda Venida.  La sargento a cargo del operativo los ha hecho sentar y tomar sendos vasos de agua,  mientras con segura voz los va serenando.  “Tranquilos, tranquilos, ya pasó todo, está todo bien… tranquilos y respiren despacio”.

 

Por fin, Raúl se decide y pregunta con un tono de voz baja y a un rango de lo tembloroso, que contrasta con el orgullo desafiante de su mirada:

─¡Gracias a todos agentes, gracias…!  Dígame señora… ¿a cuántos maté?

─Por lo que pudimos constatar son tres: una camisa blanca, una de cuadros y un jean…  No hay heridos, señor.