por C. Fernández Rombi – 23 dic 2019
Hace años que me ahogo… desde que murió mamá; agotado de desengaños y soledad. A días de cumplir los 40, hago balance… Poco, muy poco.
De la familia, Rafael, mi hermano idiota, y yo. El Rafa no es un idiota en el sentido peyorativo que usamos para designar a los pesados habituales (en el Face encontrás mil por día). Sufre en forma congénita deidiocia o idiotismo: a sus treinta, su mente no supera el nivel de un niño de tres años…
¡Ay, mi pobre Rafa! El médico dijo: “No vivirá más allá de los veinte, con suerte”. Ya va para los treinta y uno... Sólo tuvimos padre hasta sus tres; la existencia del idiota le hizo de “disparador”: juntó sus cosas y se fue silbando bajito… Nunca volvió.
Siempre lo quise al Rafa, pero era mamá la que se ocupaba de él. Ella murió en el 2015 y, desde entonces, me toca a mí. No es fácil, coarta toda mi vida de relación. Es muy afectivo y me anda atrás todo el tiempo, lo cual es magnífico para un solitario como yo; pero cuando traigo amigos o proyectos de novia a casa… ¡hace lo mismo! Manosea y besuquea ─de puro afectuoso─ y se alejan. El babearse, claro, no ayuda.
A la mitad de mi vida conocí a Marina. Nos “flechamos” el día que comenzó a trabajar en la empresa en la que llevo años. Ella era la bocanada de aire fresco que yo pedía desde añares. Lo primero que le conté (con reservas) fue la existencia y situación del Rafa.
─Alejo -dijo emocionada-, esa desgracia que me contás te enaltece y me enamora más. Mis ojos también se humedecieron.
Al mes del inicio de la relación, vino a cenar a casa y se dispararon mis alarmas interiores. El inicio estuvo bien; Marina, solícita con el Rafa; pero hacia el final, se la notaba con ganas de piantar. ¡No es fácil “bancarlo” al Rafa! Fuera de casa el noviazgo iba sobre rieles. Era un hecho que el único hogar que podíamos formar era en mi casa ─mía y del Rafa─, ella vivía con la parentela. Minga de comprar algo nuevo.
Lo intento de nuevo: “¿Marina, no querés venir a almorzar a casa este domingo y pasamos la tarde juntos?” Me arrepiento en el acto, su expresión dice: “No voy a cohabitar con Rafael”. Bien, el tema está planteado: con Rafael nuestra convivencia es un imposible. Parece que mi única solución es matar al idiota. Un año pasamos en este idilio de destino incierto; todo bien y más, pero, “de eso no se habla”. Rafael cumplió treinta y dos, le compré una tortita con sus velitas (festejamos solos como de costumbre). Él, tan alegre como en todos sus cumples (aunque nunca supe si entiende bien qué festejamos).
Días después, se descompone, llamo al Same y en una hora estaba internado. Pasé la noche con él, en la mañana se apagó con un pequeño suspiro. Lloré una larga hora… Luego, más tranquilo, comencé ─sin desearlo, ni pensarlo─ a sumirme en una alegría inexplicable, desaforada. Tal y como no había tenido en la vida. Tomando conciencia de que, finalmente, iba a poder casarme con mi Marina. Luego me fui apaciguando, caí en la cuenta de lo cruel e insano de mi alegría. Terminé a pleno vómito… asqueado de mí mismo.
En la empresa me dieron la semana. (¡Bravo, no me sirvió de nada!) Marina quiso consolarme (por teléfono, ya que me negué a verla). Me habla una y otra vez con dulzura infinita: “mi amor, la vida esa así… yo perdí a papá hace dos años y sigo… es lo que hacemos todos los humanos…” y “fa fa fa y papapa y más fa fa”.
Decidimos tomarnos un tiempo para que yo pudiera racionalizar mi pérdida. Para no verla a diario, pedí traslado a las oficinas de la sucursal. Cada sábado en la noche -sin excepción- me llama y charlamos (su charla y mis monosílabos) media hora. Cada quince días me escribe un cariñoso mail contándome de sus cosas y, de paso, reiterar el papapa y el fafafa. (Marina es una mujer enamorada “de aquellas”).
Anoche –sábado- no recibí su habitual llamado. Sí, un correo; en cuidados términos, expresa su idea acerca de que exagero mi duelo; reitera su amor incondicional, haciendo la salvedad de que no puede esperar “para siempre”. La hago corta: esperará mí llamada hasta la última hora de mañana, a partir del lunes se considerará mujer libre.
Amanezco en malas condiciones, dolor de cabeza y la boca pastosa. Ella no me entiende, piensa que llevo un año de duelo por la muerte de mi hermano. ¡Nada que ver! Es un año de odiarme y despreciarme por esa orgía de alegría delirante que me acometió tras la muerte de mi Rafa. Y que nunca confesé. (¡Ay hermano, cómo te extraño!)
Larga, lentas, son las horas de este domingo maldito, en el que un hombre lucha entre su íntima amargura y la única oportunidad de felicidad que ha tenido. Ellas se suceden las unas a las otras, sin compasión alguna por este Alejandro Tombassi encerrado en un dilema que pareciera más su propia creación que la misma realidad.
Cae la noche sobre Buenos Aires, toma su celular. Como siempre, el primer nombre que resalta en “contactos”, es: MARINA - AMOR… Ya sin más dudas, oprime: ELIMINAR.