por C. Fernández Rombi – 15 ene 2020

Antes de ayer

Mucho silencio.  ¿Será muy vulgar decir que este silencio me aturde?  ¡Seguro que sí!  Pero esa es mi realidad de los últimos años.  Antes mi vida era más fácil…  Miento sin querer: no era más fácil, era más linda, más agradable y más completa.

Tres años en pareja con mi irremplazable, inolvidable y magnífica Luciana.  Un absurdo accidente y la muerte cerró su vida y la mía.  Teníamos tanto amor para vivir…

Ayer

Conocí a Leonora.  Creo, aunque parezca una antigüedad, que lo nuestro fue amor a primera vista.  Alta y hermosa, delicada como una orquídea; imán irresistible para las miradas masculinas.  Fui intensamente feliz, olvidando que la felicidad es sólo una circunstancia momentánea.

Finalmente partió.  Yo no era su destino y, aunque lo había intuido, dolió.  Y seguirá la persistencia de ese dolor sólo tolerable por haber sido anticipado.  Fue el mejor año de mi vida.  Pero fue y ahora es solamente recuerdo que duele…

Hoy

La vida del hombre que empieza a envejecer y está solo no es de las mejores.  Demasiado tiempo para pensar, demasiado tiempo para añorar y esa sensación omnipresente de no pertenecer, de estar fuera del mundo real.  Lo peor llega con la noche y el regreso a casa.  El silencio sólo se corta con la TV, telón sónico que acompaña, aunque no mire nada.

El interrogante funesto que me desvela es presentir que esto es todo, que hasta el final mi vida va a ser esta nada.  Desde el inicio de la semana tengo una nueva compañera en la oficina.  Madura, agradable, soltera, Rosalía es muy simpática.  Congeniamos y la charla (esa carencia permanente) con ella es amena y muy agradable.  Quizás…