por C. Fernández Rombi – 10 feb 2020

 

La amplia y destartalada casa familiar está situada a pocos metros de una de las tantas villas miserias del conurbano, en Lanús.  La construyó su abuelo allá por 1920 sin el menor conocimiento del diseño arquitectónico: cuatro cuartos amplios y altos, cocina grande y comedor chico.  Como prescindió de los pasillos, cada estancia tiene mínimo tres puertas.  Sin embargo, sirvió como hogar de tres generaciones.  Jaime nació en ella hace 78 años.  Ahora, lo está asfixiando; hasta el año anterior lo acompañaban la madre y el hermano menor; partieron ambos en el breve lapso de tres meses.  Años y soledad no hacen buenas migas.  Para nada.

 

Sin amigos vivos, su único pasatiempo es ir una vez por semana (con su jubilación más es imposible) a “tirar” unos cientos de pesos en las ruletas del Bingo Lomas.  Su único sueño, poder vender la casona y comprarse un mono ambiente el Mar del Plata.  Lo más cerca posible del Bingo de la Avenida Independencia.

 

¡Ese es el único casino en el que soy ganador!

 

Esa ingenua y engañosa máxima es el gran motivador de su sueño de mudarse a La Feliz.  En su subconsciente sabe que es muy difícil, casi un imposible.  Estamos en el año 2020, el peor de toda la historia inmobiliaria de un país castigado por sus dirigencias políticas de distintos signos en el último medio siglo.  Además, el pobrísimo estado de mantenimiento y la ubicación de su casa no ayudan para nada.

 

Esta noche, como la mayoría, mordisquea un pan flauta y un poco de fiambre; un vaso de tinto completa la cena.  Luego, saca de un cajón del ropero la pequeña ruleta de plástico, la cajita con fichas y el rollo de tela engomada que en uno de sus lados tiene el espectáculo más atractivo del mundo: el paño verde de la ruleta.  Todo listo, se ubica en su banquito de madera al frente la mesa.  Alternativamente, irá cumpliendo su doble función, croupier y único jugador.  Las puteadas continuas, se cortarán cada tanto por un grito de júbilo...

 

¡Vamos todavía, carajo!