por C. Fernández Rombi – 17 feb 2020

 

Lector: los dos cuentos que siguen no tienen título; y ambos tienen una característica común: hasta el cuarto párrafo son absolutamente iguales.  Luego…

 

Esperaba confiado el fin del día…

 

Es decir, el momento de su descanso físico y anímico.  Había sido -y continuaba siendo- un día agotador.  El paro laboral de sus compañeros incrementó hasta lo  inverosímil sus tareas y la de los otros que como él no habían adherido al paro.  Los pocos que habían concurrido al SAME, sección ambulancias, debieron multiplicarse sin descanso entre viajes.  Ya estoy a pocos minutos de casa, la media pizza al hornito, un porrón de birra y a la catrera a morir.  Mañana es mi franco… ¡aleluya!  Pero…

 

Ya a metros de su puerta, el llanto de la mujer que se apoya en una columna de alumbrado que no alumbra, despierta su atención.  Vacila -en la noche bonaerense, acercarse a alguien no es lo más recomendable-, lo hace con paso lento; la congoja en aumento de ese llanto femenino le dice que no puede seguir de largo.  Cuando llega al lado de la joven, quedará desarmado.  Además de su evidente belleza, a pesar de las lágrimas, su expresión de tristeza es sin lugar a dudas, legítima.

-¿Qué te pasa, bonita… por qué tanto llanto? -la vio tan joven que cambió el señorita por el bonita; de todas formas, parece que la afligida no lo ha escuchado.  Insiste

-Nena no llores más… decime, ¿en qué te puedo ayudar?

Ahora sí, la muchacha lo escucha.  Enjuga sus lágrimas, saca un rebelde mechón de cabellos de su rostro y, al momento en que ensaya una sonrisa agradecida, le dice:

 

─¡Chabón, dame el celu, la guita y valores!  Si no mi amiguito (el pequeño revólver parece de juguete) te hará dos agujeros en el pecho…  ¡Dale que no estoy jodiendo!

 

El chofer de ambulancias no se resistirá y entrega todo lo que tiene.  Luego, y arrastrando los pies, recorre los cinco o seis metros hasta su puerta.  Una vez adentro de su casa, se desviste y deja caer en el lecho.  Ni siquiera ha encendido la luz.

 

(…)

 

Esperaba confiado el fin del día… (II)

 

Es decir, el momento de su descanso físico y anímico.  Había sido -y continuaba siendo- un día agotador.  El paro laboral de sus compañeros incrementó hasta lo  inverosímil sus tareas y la de los otros que como él no habían adherido al paro.  Los pocos que habían concurrido al SAME, sección ambulancias, debieron multiplicarse sin descanso entre viajes.  Ya estoy a pocos minutos de casa, la media pizza al hornito, un porrón de birra y a la catrera a morir.  Mañana es mi franco… ¡aleluya!  Pero…

 

Ya a metros de su puerta, el llanto de la mujer que se apoya en una columna de alumbrado que no alumbra, despierta su atención.  Vacila -en la noche bonaerense, acercarse a alguien no es lo más recomendable-, lo hace con paso lento; la congoja en aumento de ese llanto femenino le dice que no puede seguir de largo.  Cuando llega al lado de la joven, quedará desarmado.  Además de su evidente belleza, a pesar de las lágrimas, su expresión de tristeza es sin lugar a dudas, legítima.

-¿Qué te pasa, bonita… por qué tanto llanto? -la vio tan joven que cambió el señorita por el bonita; de todas formas, parece que la afligida no lo ha escuchado.  Insiste

-Nena no llores más… decime, ¿en qué te puedo ayudar?

Ahora sí, la muchacha lo escucha.  Enjuga sus lágrimas, saca un rebelde mechón de cabellos de su rostro y, al momento en que ensaya una sonrisa agradecida, le dice:

 

-¡Gracias señor… me acaban de pegar y violar!  ¡Estoy desesperada!  El chofer de ambulancias no vacila: saca el celular y llama al servicio para el cual trabaja.  En siete minutos acude una unidad con dos de sus compañeros, les relata la situación y con él a bordo la trasladan al Hospital Fernández.  Rafael ya ha olvidado su proyecto de descanso y relax.  Él no es paramédico y se abstiene de fisgonear el cuerpo de la muchacha, pero el enfermero que viaja con ellos sí lo ha hecho.

-Flaco, ¡suerte para la piba que llegaste vos!  Está muy golpeada -vacila y se anima a agregar- y creo que algo más también.

-¿Qué querés decir?

-Me parece que estamos frente a un embarazo avanzado.  En fin, ya lo dirá el tordo de turno.

El informe médico lo confirmará.  La multiplicidad de golpes lastimaron a la madre pero, con evidente cuidado, preservaron al feto.

 

Rita Mendizábal, tiene 19 años y es tan bonita como huérfana.  Rafael Carlosas, su inesperado salvador, ha devenido en permanente protector.  Cada día, antes de tomar servicio y a la noche, ya retirado del mismo, es un asiduo visitante que la llena de pequeña atenciones. Pero es evidente que lo que motiva el contento de la chica, dentro de lo triste de su situación, es su compañía.  Se le ilumina la mirada cada vez que el hombre, a un par de pasos de los cuarenta, se le acerca y besa en la frente.  Pasados quince días, la chica se ha recuperado y está a dos días de ser dada de alta médica.  La criatura ya ha nacido, fuerte y sana.  ¡Dios que bonita y joven es!

 

De a poco y sin que el hombre la interrogue, ella le ha ido contando su vida.  Nacida en Catamarca, al fallecer la madre se vino con una tía a vivir a una villa del Bajo Flores.  A sus diecisiete conoció a un hombre maduro y elegante que la sedujo de inmediato.  Él le prometió una vida distinta, con una casita propia, un buen vivir y hasta un perrito.  Lo que el hombre omitió fue contarle que la iba a prostituir y que era ese su modo de vida; se jactaba de las ocho pupilas de su harén.  Sin embargo, Rita, además de ser la más joven, es muy especial.  Mientras le explico sus nuevas funciones de puta de la calle, continúa mirándome con un amor y un candor que parecen no recibir balas.  En fin… tendré que darle un trato algo mejor.  Sin exagerar.

 

A los pocos meses de “hacer la calle” para su hombre, vuelven en el auto del proxeneta que la ha retirado por hoy de su parada habitual.  Él, inmerso en sus pensamientos, no le presta mucha atención cuando una Rita con expresión compungida ─que no llega a ocultar su íntimo regocijo─, le dice:

-Juan, mi querido Juan… debo decirte algo…  ¡Ay, Juan mi querido, estoy preñada…!  ¡Estoy preñada!

El hombre estalla hecho furia, insultándola de arriba abajo y como rúbrica, un par de sopapos de sus pesadas manos.

-¡Puta, puta… no te dije mil veces que usaras forro…!  ¿Te lo dije puta o no?

-¡Es tuyo Juan, es tuyo… te lo juro… vos sos el único con el que no me cuidé.

 

El hombre le cree.  Y si bien experimenta cierta emoción ya que sería su primer hijo, piensa que su pupila merece un correctivo.  La hace bajar del automóvil y de los pelos la lleva hasta la vereda; es un sitio oscuro, ya que la luz de la columna del alumbrado público no alumbra.  Le pega sin pasión, pero severamente, se cuida de que sus golpes no afecten a la criatura por nacer.  Mi hijo.

 

Ahí mismo la dejaría y minutos después será el encuentro con el buen samaritano, Rafael.  Entre Rita y Rafael se ha desarrollado una cálida onda amistosa.  Que está a punto de ponerse a prueba.  En el momento del alta médica, la pequeña no sabe y no tiene a dónde ir.  Piensa que de presentarse a la casa que comparte con sus siete compañeras, Juan la dejará trabajar pero le quitará el querido hijo.  ¡Y eso, nunca!

 

Finalmente, Rafael le propone que se mude con él.

─No sólo van a estar cómodos vos y tu hijo, sino que yo no te pido nada a cambio.  No te quiero engañar, soy un hombre maduro y solo que, ahora, se acostumbró a tu compañía y la del crio; y me encantaría a la larga formar una familia entre los tres.  Eso se verá si se da o no.  De momento, salís del apremio de tu situación y podés dedicarte a la crianza de Ricardito.

La vida continua: seis meses más tarde, Rafael y Rita comparten lecho y conforman un embrión de familia feliz.

 

Noche de viernes.  Rafael vuelve sobre las veintiuna a su hogar.  Cansado y feliz.  Sabe que un remanso de paz y pequeñas alegrías lo han de acompañar todo el fin de semana.  No, el cuadro es desolador.  Sin que él mismo se dé cuenta, gruesos lagrimones ruedan por su rostro. El pequeño departamento está semidestrozado.  Tirada en el piso, totalmente desmadejada y con los ojos abiertos en espanto, el cadáver de su amada Rita da grima.  El nene no está.