por C. Fernández Rombi – 21 mar 2020

 

Fue por la pandemia del coronamierda del año 20 y 20…  ¿Te acordás?

 

¿Te acordás…?  Ya veníamos viviendo con la suma de todos los miedos; propios y ajenos.

 

¿Te acordás…?  Y todo empeoró con la aparición rutilante y destructiva del C-19, desde Wuhan (China) al mundo entero.  (Lo que llaman “pandemia”, ¿viste?; coronamierda, como nos gusta llamarlo a algunos al malnacido ese).

 

La Argentina, endeudada hasta el cogote; baja mundial de la soja y las materias primas; gobernada por incapaces o ladrones (vale alterar el orden).  Vaca Muerta, muerta; el desempleo en aumento y la producción en caída imparable (”Y ardiente y pasional... temblando de ansiedad, quiero en tus brazos morir”; como en el tango, ¿viste?).  La compra-venta de propiedades más reducida del último medio siglo; la de autos, ídem-ídem; el dólar, imparable; el Riesgo país, peor que el dólar; 30% de los argentinos en la pobreza; con estupor, asistimos a la aparición del hambre en el país de los alimentos.  La inseguridad en “full crecimiento” (los fabricantes de alarmas, rejas y accesorios, de parabienes); alta inflación y estancamiento (¡una belleza!).  Y por si  fuera poco, una violencia popular instalada en los argentinos en rápido crecimiento, difícil de razonar y entender.

 

En el mundo: la bendita globalización que, entre cosas -alguna buenas- permitió que los países ricos y los pobres acentúen estas características; claro, en perjuicio de los segundos (o terceros, o cuartos o quintos…).  El avance de los océanos sobre la tierra firme (por la desforestación mundial y otros); el aumento de la polución; el sacrílego instalado de basureros del Primer mundo en los del segundo (tercero, cuarto, quinto…).  El hambre en aumento, la migración forzada, ídem; el  racismo y el antisemitismo, ídem-ídem.

 

Y llegó la inesperada pandemia y lo complicó todo.

 

Y llegó la inesperada pandemia y lo agravó hasta límites que no habíamos imaginado.

 

Y llegó la inesperada pandemia y nos llevó a un cambio límite de hábitos.

 

Empezó la debacle mundial: las Bolsas bursátiles del mundo se desplomaban día tras día (las grandes empresas comerciales del mundo valían cada día menos que el anterior).  Retracción mundial del trabajo y del empleo.  Desabastecimiento y hambre.  Colapsaron los servicios sanitarios del mundo entero (los de los países subdesarrollado primero, claro).  Además de obsesionarnos con la limpieza y la desinfección permanente (nada malo), el dejar de lado las muestras de cariño practicadas por años que suman años, fue muy difícil.  Los amigos dejamos de abrazarnos; los recién presentados, de darse la mano; los abuelos, padres e hijos de besarse (no sólo difícil… ¡durísimo!).  Pero todo esto era lo de menos.  El coronamierda se expandía imparable y la cantidad de muertos también.  Cada día, se hablaba de la vacuna milagrosa con la misma fe que en el Antiguo Testamento se hablaba del maná.

 

Hacia fines de ese año 2020, todo empeoró.  Las estructuras comerciales colapsaban sin freno: la mortandad llegaba a límites insospechados en los viejos tiempos de las epidemias del cólera, la fiebre amarilla, la peste bubónica o el sarampión.  El trabajo real había mermado en una forma imposible de medir y hordas de desocupados deambulaban por las calles depredando lo que encontraban a su paso; y a falta de algo mejor, destruyendo el mundo conocido.  Para los finales del 2021 había muerto casi la mitad de la población mundial, tres mil millones aproximadamente.  No existían las estadísticas confiables; apenas, rudimentarias.  Y ya hacía mucho tiempo que se había optado por la incineración en masa del cadaverío permanente.  La tierra había retrocedido mil años en apenas dos…

 

Y entonces, ¡el milagro!  La vacuna bendita e imprescindible había aparecido.

 

Recién para el año 2030, el mundo recuperaba lentamente su fisonomía perdida.  Pero de tanto dolor y tanta muerte había nacido algo bueno.  Extraordinariamente bueno: el hombre había recuperado (superadas las aflicciones y la maldad) el “sentido de la solidaridad”, el samaritanismo del primer siglo.  ”Unos con los otros” era el nuevo lema que se imponía de un pueblo al otro, de una provincia a la vecina, de un país a los demás; finalmente… ¡al mundo!  Los  agnósticos hablaban de la fuerza de la indestructible voluntad de los seres humanos.  Los creyentes de las distintas religiones, de una Restauración de la Creación Divina.

 

Nuevo mundo, a marzo del 2035.