por C. Fernández Rombi – 28 mar 2020
Celebrar la vida es la consigna, debe ser la gran fiesta.
No importan los gastos. Fui elegido anfitrión,
con la libertad de elegir los invitados…
Salvador Verzi
Será así nomás… ¡Joderse, por no merecer más después de un año juntos! No tengo dudas de que en algo me equivoqué. Veamos.
La conocí en la Librería El Ateneo-Grand Splendid, de la Av. Santa Fe. No hacía más de una hora que habíamos entrado por primera vez en esa librería magna, y aún no salíamos del estupor que causa un templo de libros de esa magnitud. La iniciativa le había correspondido a él, mi hermano Daniel. Andaba preocupado por mi soledad y falta de ganas para cualquier cosa. Previamente, me había invitado a almorzar (era sábado y, por lo común, nos vemos sábado por medio) y venía con la idea fija de conocer el ante citado antro culturoso.
Esa hermosa muchacha -en sus esplendorosos treinta- sentada en una de las tantas gradas destinadas a la lectura, hojeaba un tomo y tenía otro sobre la falda. Algo me decía Daniel, pero lo cierto es que su voz no llegaba a mi cerebro; ocupado en exclusiva de esa desconocida de la que me había enamorado con sólo verla. En el momento en que Daniel pasaba frente a ella -yo venía un par de pasos detrás- el libro de su falda se deslizó al piso. Simultáneamente coincidieron distintas actitudes: la de mi hermano, de agacharse gentilmente; la de ella, de dejar el tomo de sus manos para recoger el caído; y la mía.
Les gané de mano a ambos. En reacción impensada y con la disposición física de un atleta olímpico, mi mano (más garra de tigre cebado que mano humana) llegó antes y ofrecí el caído a su dueña, con la sonrisa más atractiva que haya tenido antes. Y así inició. Se dio una conversación distendida entre los tres.
Cuatro meses más tarde se mudaba a mi departamento de dos ambientes (chico pero lindo). Esa fue la mejor época de mi life. Yo ganaba bien en la Cooperativa y podía comprar todas las boludeces que Camila me pedía para decorar nuestro hogar. Ella hablaba poco y nada de su familia y su vida anterior, pero me resultaba evidente que no habían sido de lo mejor. Una vez por semana, íbamos al súper y llenábamos la heladera. Camila no necesitaba salir de casa; además, yo la llamaba a cada rato.
Después de dos meses de vivir en el paraíso, los primeros problemas. Había llamado a casa a las once y a las doce (al de línea sin contestador), dejé sonar la campanilla como diez minutos. Me agarró la locura, pedí permiso y me tomé un taxi. Nadie. Enloquecido, empecé a revisar sus cosas a ver si me tropezaba con “algo raro”…
Claro, a esta altura del relato estarás pensando que soy un poco celoso. Sí, lo soy, desde joven; pero ahora era peor. Nunca había tenido una belleza como la de Camila a mi lado; y justo ahora (me estoy poniendo panzón y pelado). En medio de mi requisa llego ella.
-¿Dónde carajo te habías metido…? ¿En qué embrollo estás putona?
-¡Estás loco… Carlos, estás loco! Sólo fui a dar una vuelta por la plaza… se me hace muy largo el día encerrada en esta pequeñez…
Iba a seguir hablando, no pudo; le metí dos piñas y quedó despatarrada en el piso. Desde ese día… todo para atrás. Casi no me hablaba. A mis llamadas, aún más frecuentes que antes, sólo respondía monosílabos. Enloquecí. Empecé a escaparme de la oficina a cualquier hora para espiarla. Quería pescarla in fraganti. Pero, ¡tenía suerte la hija de puta! Nunca pude.
Este infierno llevaba ya cinco meses y me daba cuenta que no podía continuar así. Joda, joda, la estaba fajando todas las semanas y en el laburo amenazaban con rajarme si persistía en mis escapadas… Pasé de un atado de fasos a tres y bajé (lo único bueno) seis kilos. Decidí cambiar para no perderla. Además, empezaba a creer que sus infidelidades (nunca comprobadas) eran el producto de mi mente enfermiza. ¡Gran boludo!
Esa tarde, al salir del trabajo, compré bombones y una hermosa pulsera de oro blanco. Y, lo principal, por primera vez en estos últimos tiempos, me colgué la mejor sonrisa posible. Y no era grupo, así me sentía. Veía salir el sol nuevamente. Al abrir la puerta: CERO. Ni una mesita de luz, ni un cenicero, nada… ¡No dejó ni el felpudo de la entrada!
Se cumple un año, nunca más supe de ella y mi vida cambió para siempre. Perdí la alegría y me convertí en un solitario huraño y malhumorado. ¡Qué hijoputez…! En los baños del laburo escucho una conversa entre dos compañeros, hablan de mí:
-¡De cuál de los Carlos me hablás?
-Del llorón.
-¡Ah, ese…!