por C. Fernández Rombi – 06 abr 2020
En el año del coronavirus
vivencia personal en tiempo real
El primer día…
…de la cuarentena impuesta por el gobierno nacional para tratar de controlar la pandemia del coronamierda, lo pasé en mi casa sin pensarlo demasiado.
Te pongo en situación: soy un jubilado de 78 y vivo en el Barrio Laprida (Lomas de Zamora Oeste, a unas 30 cuadras de la estación ferroviaria). En realidad, no salgo mucho. Sábado por medio, a la Capital para encontrarme con mi hermano y almorzar juntos. Casi todas las mañanas de semana tomo el colectivo y en unos minutos estoy en Lomas City. Camino unas cuadras, visito al Santísimo en la Catedral; a veces, un ratito a la ruleta del Bingo. Por lo general, una vez a la semana me reúno con mi amigo y corrector literario de décadas, Salvador D’. No más. Por las tardes, salvo lluvia, camino una cuadra y estoy en la plaza central de mi barrio, le pego un par de vueltas, compro alguna boludez en el kiosco y vuelvo. No más. El resto del tiempo, escribir e intercambio literario con colegas. No más.
El segundo día…
…pasé la mañana en casa y a la tarde, día hábil, 28° de temperatura y un sol resplandeciente, decidí retomar mi rutina de la plaza (ni se me ocurrió considerar la cuarentena). Previamente, había visto en el noticiero el espectáculo terrible de un desfile de camiones militares en Italia, transportando 700 cadáveres. Sin ningún tipo de dudas esta vista me impactó con fuerzas.
Son las cinco de la tarde y me llevo la primer sorpresa: el almacén de la esquina de la plaza y el kiosco frente a ésta… cerrados. Nuestra parroquia, justo frente a la plaza (¡como debe ser!), ídem. Una campanilla de alerta empezó a sonar en mi cabeza, débil aún. En un solo instante, resonaban cien. La plaza estaba desierta: ni un solo chico; ni los habituales grupos de madres, termo y factura en mano; y lo más desconcertante, la total falta de gente de toda edad caminando o corriendo a su alrededor.
Di dos vueltas y me agarró miedo. ¿Cómo explicarme a mí mismo ese miedo, al borde del pánico? A pleno sol de un día estival perfecto, ya llegando a las seis de la tarde, era el único ser humano en el sitio más concurrido del Barrio Laprida. La única cuadra que me separaba de mi casa, la recorrí con el pavor instalado en mis bolsillos.
Al cerrar la reja detrás de mí, entendí en toda su atroz dimensión la esencia íntima de la pandemia: el miedo.