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por C. Fernández Rombi – 18 abr 2020

 

El planeta, a mediados de febrero del 2020, estaba tan despelotado como de costumbre.  Corea del Norte con su experimentación habitual de misiles nucleares; Putin, con maniobras propias del comunismo asegurándose la Presidencia de la Federación Rusa hasta el 2036; Siria, devastada por las guerras propias y ajenas; Donald Trump (extraño engendro de Lucifer y La Gioconda), intrigando a dos manos para ser reelecto.

 

Los precios de las materias primas, que suelen producir los países dependientes del primer mundo, en franca caída.  El nuevo gobierno argentino (como hicieron sus predecesores) dedicado a anular las decisiones del anterior.  Ochocientos millones de humanos sumidos en el hambre.  Los continentes achicándose y los mares creciendo.  La polución y la contaminación mundial en plena evolución.  El nazismo creciendo y el racismo, ídem.  Los migrantes hostilizados en forma creciente.  Y seguirían cien ejemplos de bonanza similares que no voy a detallar por pura pereza y...

 

…entonces llegó el coronamierda.  Y de pronto, todo eso perdió importancia.