por C. Fernández Rombi – 11 may 2020
Basado en hechos reales sucedidos en Roma,
en el mes de marzo del año del coronavirus.
Daniela Trezzi está a unos días de cumplir sus 35. Es una atractiva mujer de cálida sonrisa. Vive sola desde hace un par de meses; su compañero la abandonó. (“Es solo hasta que pase esta epidemia de mierda, chiquita. La voy a pasar al campo en Torino con mis padres… No te enojes… tengo miedo”).
Ella lo entiende, lo entiende demasiado; también tiene miedo y cada día que pasa, este aumenta. Pero no se permite abandonar su puesto de enfermera en la terapia intensiva del hospital de Monza, templo del dolor y la angustia de los enfermos más graves por la infección de la pandemia del siglo, el coronavirus. Italia está siendo muy castigada. Y el número de infectados y muertos sube día tras día. No da tregua ni descanso.
Hace turnos que cada día se extienden un poco más por la mayor afluencia de infectados. El sistema nervioso de la enfermera está alterado y mucho; trata de hacer acopio de las técnicas de relajamiento que aconsejan los especialistas… Los primeros días le daban algún resultado, ahora no le sirven para nada. Más, ya ni siquiera las intenta. Tiene miedo por su propia estabilidad emocional, consciente de que hay momentos en los que su cuerpo y mente parecen separarse…
¡Hay Dios mío… estoy enloqueciendo! ¿Cuándo termina esta tortura? Cada día, son mayores el espanto y el dolor; cada día más los muertos; cada día mayor mi agotamiento…
Ese día, la enfermera Daniela Trezzi está de turno desde la noche anterior, sin descanso y casi sin comer. La Unión Sindical de Base (USB) que integra a miles de trabajadores hace huelga para obligar a cerrar más fábricas cuyo funcionamiento hace peligrar la salud pública. Ella no llegará a enterarse.
Está en el Economato del Hospital, sola y “tirada de cualquier forma” en una silla metálica. Su mirada es vidriosa y su aspecto físico desastroso -desconocido en ella-; son un claro signo del agotamiento total. Hoy a la mañana, el test de contagio me ha dado “positivo”. ¡Dios mío! Sabedora de que debe abandonar sus tareas e ir hacia el Área de Aislamiento, se incorpora, mientras una sonrisa apenas insinuada se esboza en su rostro. De una cajonera retira un pedazo de cuerda, vuelve hacia su sillita y reino, hace un nudo, se sube a ella y pasa la soga por una viga, luego el nudo por su cuello.
En el momento de dejarse caer, su sonrisa se intensifica. Es, casi, luminosa.