por C. Fernández Rombi – 29 may 2020
A la poeta Alicia Danesino.
Estimada. Admirada.
Prefacio a mi drama
Sé bien cuando la conocí… ¿cómo olvidarlo? Un lluvioso día de abril del año pasado. Fue en una reunión de la Sociedad Argentina de Escritores. Mi presencia era a simple título de público. Hacía un mes de la presentación de mi primera novela y era este mi debut en los “cafés literarios” de la Institución.
Tal como lo imaginé, “el café”, un plomo. De inicio, el presidente nos brindó un largo discurso incitándonos a comenzar el año literario con mayor convicción que nunca: “...los antiguos asociados debemos promover el ingreso y desempeño de los más jóvenes, como el autor de Rachas, que hoy se incorpora a nuestra querida Sociedad…”, momento en el que, señalándome, me dedicó una luminosa sonrisa a la cual los presentes, no más de una treintena de escritores, respondieron con un breve aplauso. Seguiría hablando media hora más; a continuación, el tesorero dio el informe contable del año anterior, más el consabido halago y apoyo personal para quien lo había precedido, lo dicho: ¡un plomazo!
En el momento en el que discurría acerca de la mejor manera de hacerme humo sin quedar como un maleducado, una colega (me “leyó”) dejó su asiento a tres lugares del mío y se sentó en el vacío a mi lado.
-Calma mi amigo -su voz educada era un susurro amistoso-, lo peor ya pasó y es bueno que tus colegas te vayamos conociendo.
Creo que -Alicia Danesino- es una de las mujeres más elegantes que he conocido y, sin dudas, la “más” de esa bendita reunión: también una de las de mayor edad. Luego me enteraría de que, la poeta pluripremiada en América, era vicepresidente de la SADE. En el tiempo, me haría el bien de prologar una de mis novelas y me distinguiría con una amistad que perdura.
Por su actitud fue que me quedé y conocí a Nancy. Ya habían leído sus relatos dos asociados cuando le llegó el turno a ella, quien luego de ser presentada, anunciaría, en un tono de voz grave y ronco (pensé, abuso de cigarrillo, no me equivocaba):
-Me disculpo de antemano por el escaso valor de estos dos poemitas…
“Prestale atención colega no te dejes engañar por su falsa modestia, es tan buena como linda”. Nuevamente en voz muy baja, Alicia habló casi a mi oído. Claro que esta vez no era necesario. Era una extraña e impactante belleza de mujer madura; estimé que ya había pisado el escalón de los 40, es decir, unos cinco más que yo. Que, justamente en los últimos años, buscaba las mujeres cada vez más jóvenes. (Síndrome del viejo franelero).
Nancy leería sus dos poemas, tristes y melancólicos (así como era ella), a los que esa voz especial les caía mejor que bien. No soy muy receptivo a la poesía pero, ni siendo un experto hubiera podido opinar en ese momento. La mujer que hablaba, voz y presencia, había atrapado la totalidad de mi atención. Creo que esa misma noche me enamoré como un demente como nunca antes. (Aunque reconozco no ser el Romeo de los grandes amores).
Sin el menor rubor, dado la simpatía que me había demostrado, le pedí a Alicia que apenas hubiera oportunidad me presentara; me sonrío asintiendo. (Vieja canchera).
Desarrollo
Recién pasados quince días del evento literario y luego de varias invitaciones de mi parte, Nancy encontró un momento para nuestra primera cita. No lo podía creer, estaba más nervioso que en mi primera vez, allá por los quince o dieciséis. ¡La mejor noche de mi vida! Después de unos tostados y unas birras, Nancy, sin falsa vergüenza, me invitó a su “bulín de solterona”, según su dicho. Un semipiso en Almagro, no muy grande y sí, muy confortable; amueblado en una mezcla incongruente y anárquica de estilos que, una vez superada la sorpresa, se veía exquisito. ¡La mejor noche de mi vida! (No por el amueblamiento).
Esa pasión totalizadora cambiaría para siempre mi anodina vida. Y ahora, acaba de terminar sin llegar a cumplir su primer año. Desde el inicio, ambos vimos venir el problema. Empezando por mí: quería una relación convencional a la vieja usanza y que se adaptara a mi horario de oficinista de 9 a 17 y 30 horas. (Porque mucho escritor, sí, pero vivir de mi obra, no). Y para colmo de males, me había nacido una veta de tremendo celoso. Mal de muchos de los que me había burlado toda mi vida. Hasta ahora. En cuanto a Nancy: era el culmen mismo de la bohemia; no reconocía horarios, ni día ni noche.
Menos aún sabía de celos de naturaleza alguna. Me repetía, sin desmayo, “mi querido, los celos no te permiten vivir nuestro amor a full, déjalos fuera por favor, mi querido, por favor”. Yo, me decía lo mismo todo el tiempo… para nada; bastaba con no saber dónde andaba para que me pusiera como loco. ¡Seguro de la existencia del otro!
Epílogo
Bueno, quedé seco, sin entusiasmo, sin ganas de vivir. Nancy me abandonó de una vez y para siempre. Conociéndola, sé que no hay forma de recoger velamen. Ahora entiendo bien que “el otro no existía”. Sí, “los otros”, amigos variopintos que siempre andaban entornando a Nancy como las luciérnagas a una luz intensa en noche de estío en la rambla. Ella, la mujer enigma, romántica, melancólica e intensamente pasional no podía renunciar ni a su entorno ni a su bohemia encarnada. (Muy afuera de estos tiempos mercantiles).
La vida continúa, a veces bien, a veces mal, a veces peor. Deambulo de mi casa a la oficina y otra vez a mi casa y a la TV. Flaco, envejecido y asumido por el arrepentimiento. Tuve el gran amor que todos deseamos y pocos consiguen. Lo tiré por la borda.
¿Y el escritor…? ¡Bien, gracias!
Nota: a excepción de Alicia Danesino, todos los personajes del relato son ficticios.