por C. Fernández Rombi– 21 jun 2020
El hombre, alto y delgado, viste un conjunto de gimnasia; su afeitada es del día anterior; y su mirada, en el limbo. Es el primero y único en la fila del colectivo. Momento en que se le suma el otro; más bajo y más corpulento. Ambos están en sus cuarenta y pico. El recién llegado, vivaz e inquieto, parece de mejor posición económica: fino reloj, traje de vestir, camisa, corbata y portafolios de cuero.
El bajo, piensa que hay para un rato; tiene ganas de hablar y, claro, su único candidato es el alto. Piensa iniciar la conversación con una nimiedad: “¿Hace mucho que espera, mi amigo?” Seguramente ─cavila─, el alto contestará con un: “Es una vergüenza, los coles andan cada día peor; y bue, hay que tener paciencia.” Ante esa respuesta, piensa mandarse con un: “Y, así anda el transporte, como el tiempo…” Agregando un: “¡Qué fresquete esta mañana, ¿vio?” Y el alto, de seguro, proseguirá con: “Yo me saqué el frío con unos mates bien calentitos y unas tortas fritas, ¿y usted?” Ahí será su momento de decir lo que más quiere: “No, yo me tomé un jugo natural de naranjas, hice 15’ en la bicicleta fija y otro tanto de caminata en la cinta, 10’ de calistenia; después una buena ducha, un cortado doble, dos tostadas con mermelada y ¡listo para arrancar bien el día! ¿Qué le parece?” Piensa que el alto no tendrá más que poner cara de admiración y decir algo así: “¡Muy bien, lo felicito! Es evidente que usted la tiene clara. Créame que lo envidio… Bueno, es cierto que yo no tengo ni bici ni caminadora y…” En este punto, al bajo ya no le interesaba ni poco ni mucho la conversación. Él había dicho lo que tenía ganas y, mejor aún, había suscitado la admiración del otro. De todas maneras, pensaba agregarle alguna frase de conmiseración, pero ya no hay tiempo, el colectivo se detiene ante ellos. El alto, al tiempo que se corre, le dice:
─Suba señor, yo espero el de la letra N.
Defraudado, el bajo asciende, indica su destino al conductor, mete la SUBE en la máquina y, contento otra vez, toma asiento al lado de una señora de buena presencia. Se le hace que es la persona justa para un dialogo distendido, piensa iniciar con: “Buen día señora… se nos vino el frio de golpe, ¿no le parece?”. De seguro, ella le contestará con un… Ya no hay tiempo, la mujer se para, lista para el descenso.
Frustración.