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por C. Fernández Rombi 26 jun 2020

 

En el año del coronavirus

A Salvador D’Aquila, amigo esencial

 

 “El ser humano puede soportar una semana de sed,

dos semanas de hambre, muchos años sin techo,

pero no puede soportar la soledad,

es la peor de todas las torturas”.

Paulo Coelho, Once minutos

 

Apostilla borgeana: el más grande recomendaba a los escribidores no referirse a temas actuales o muy cercanos en el tiempo, ya que se corría el riesgo de ser desmentido muy fácilmente.  Según el maestro Borges, era mejor dejar el presente a los periodistas.

 

En la Argentina, pasados unos ochenta días del inicio de la cuarentena impuesta por el Gobierno nacional para atenuar los efectos de la pandemia que afectó al mundo con el Covid-19, la gente, niños incluidos, empezó a gozar de las “nuevas flexibilizaciones” para salir de sus hogares.  Pero la pandemia no se había extinguido; debido a lo cual ese goce o vuelta a la normalidad, estaba condicionada por protocolos específicos para cada actividad y una serie de normas higiénicas y consejos; y por descontado, la importancia asignada por los infectólogos (totalmente de moda) al “distanciamiento social" y el uso del “bozal obligatorio”.

 

Mi nombre es Miguel Ángel Mónaco (mis amigos, en un tremendo esfuerzo creativo, suelen llamarme Mam y a veces, en son de guasa, le agregan una “i” o una “a”, al final).  Tengo 54, es decir que, afortunadamente, no pertenezco a la población de adultos mayores o población de riesgo.  Según dichos de los que saben respecto de este virus de mierda.  Viudo, vivo con mi hija y sol personal, Mónica, de 16, afectada desde que nació de desarrollo mental insuficiente (bah, para ser más claro, ahora es como si ella tuviera nueve añitos en lugar de sus dieciséis).  Lo compensa siendo una fuente inagotable de ternura y cariño.

 

Mi hermana Alba, de 60, tan viuda como yo, vive departamento por medio al nuestro: Mónica y yo en el 6° “A” y Alba en el 6° “C”, en un edificio moderno de la Capital.  Como ella dice, “Dios no me dio hijos, pero me dio a Mónica” y así es.  Gracias a ella -que pasa sus días en el nuestro- con Mónica, yo puedo hacer mi vida laboral y social sin el menor tipo de impedimento.  Alba solo deja nuestra vivienda luego de la cena que compartimos los tres.  Llevo veinte años en una reconocida firma farmacéutica nacional (es decir, no es uno de los monstruos como Bayer o Pfizer) y he llegado al segundo nivel gerencial, del cual es muy difícil que pase (el primero es para los de la familia o aquellos que están “en la cosa”); pero no tengo quejas.  Gano muy bien y soy respetado y apreciado.  Los lunes, miércoles y viernes, una horita y media en el Gym; sábado por medio “una canita al aire” y, excepcionalmente, reuniones con amigos o compañeros de trabajo (cumples, casorios y demases); los domingos -regalo del cielo- son para mi Mónica.  Por lo general vamos al Centro, hamburguesería, cine y helados.

 

O sea que, hasta la aparición de este virus de mierda (en esto soy reiterativo y no lo puedo evitar) era un tipo realizado y feliz, sin agujeros negros ni nada parecido.  Feliz.  ¡La cuarentena me mató!  La permanencia continuada en nuestro bulín, un amplio tres ambientes, se hizo desde el principio un trauma destructivo.  Aunque cumplido el primer mes experimenté un ligero cambio, ya lo veremos.  Y suerte que soy uno de los tantos privilegiados que no sufren merma en sus ingresos.  Bien es cierto que vía Internet todos los días realizo mi aporte laboral (máximo tres horas, poco).  Los primeros días del encierro obligado fueron los peores.  Empecé por cuestionarme la afeitada diaria y en unos días la abandoné sin reparos, luciendo una pelusa entrecana sin gracia ni arte.  En realidad, no necesitaba salir de casa por motivo alguno.  Mis haberes me los depositan en la cuenta del Comafi, los pagos los realizo a través del débito automático y/o el homebanking; la mercadería la encargo una vez a la semana al Coto y, para mejor, por pagar con la de débito de mi banco me hacen un reintegro.  ¡Joya!.

 

A la semana, comencé a extrañar la actividad física…  ¡Mercado libre y listo!  Me compré una bicicleta fija y una caminadora; ¡a actividad física: cumplido!  A los treinta días de mi “casereo” (bah, estar siempre en casa), me había adaptado bastante.  Ya no extrañaba la calle y mi hogar empezaba a ser mi único centro de confort.  Compartíamos videos y juegos con Mónica y vía Netflix me puse al día con el cine (mi pasión de juventud).

 

La asistencia en vivo y en directo a la Empresa -con los necesarios permisos por esencialidad (¿qué no consigue una farmacéutica?)-, desde el inicio, había quedado reducida a los “cuatro grandes” (el CEO y lo tres gerentes generales) más el Jefe de Personal, Arévalo.  Con este habíamos ingresado juntos; mi amigo era la mano derecha de los capos.  Con él mantenía el único contacto laboral, además claro, de mi aporte vía web.  Por lo menos, dos veces en la semana nos comunicábamos por celular y me mantenía al tanto de las novedades.  “Mami -Arévalo es de los que me agregan la “i”- el mayor problema que tenemos es la falta de producción; las ventas en general han aumentado, nuestros antigripales y analgésicos se venden a mayor ritmo que el normal y estamos en vías de agotar stocks, y parece que esto va para largo… Cambiando de tema, ¿cómo anda mi dulce ahijada?”  “¡Bárbara flaco…!  Chocha de tenerme todo el día en casa”.  Arévalo es el único nexo con mi mundo laboral que, momentáneamente, ha quedado en el afuera.  Un afuera -el mundo habitual- que, ya en el segundo mes del encierro, extraño cada vez menos.

 

Es raro, los primeros días en los que añoraba tanto mis actividades fuera de casa, creía que llegado a estas alturas iba a estar caminando por las paredes.  Raro.

 

Entramos en el tercer mes de encierro y reconozco, no sin estupor, que me adapté totalmente (en realidad, sólo extraño el poco sexo que solía tener).  Me llamó Arévalo: “Mami, hoy estuvimos hablando con los capos y plantearon un regreso parcial a la actividad, un 25% de los operarios y la mitad de los administrativos; tu nombre se mencionó expresamente.  Si no hay marcha atrás, quizás el lunes debas reincorporarte. ¡Se te acabó la joda Mami!  Hablando en serio, pienso que esta noticia te alegrará, debés andar medio loquito con tanto encierro.  Bueno, chau; yo te aviso y un besote a Mónica”.

 

Me quedé mirando el celu apagado.  Esperando la alegría que debía de experimentar.  Llegaba el momento de volver a la vida normal; no me sentí alegre.  Peor, después de la cena tuve que recurrir a un ansiolítico seguro de que me iba a costar dormir.  Lunes, bien temprano -el viernes anterior me habían confirmado mi reintegro- lo llamo a Arévalo y le explico miento que me torcí el tobillo con la caminadora y que tengo para toda la semana.  “¡No te hagas problemas, Mami!  Creo que estamos mejor sin vos que con.  Un gran beso para Mónica y que te mejores”.

 

Paso la semana muy contento.  Mi Mónica me dijo ayer en la noche (terminábamos de ver Rey León): “¡Papi, que lindo tenerte siempre en casa”. Casi me derrito.

 

Bien.  Ya pasó un mes desde el lunes en el cual debía volver al laburo.  Cada semana, con  puntualidad, Arévalo, me llamaba para ver cómo estaba y de paso, creo, saber cuándo vuelvo a la empresa.  El viernes fue su llamada más corta:

-Hola Mam… simplemente te trasmito un mensaje del CEO.  Dice que cuando estés listo, te presentes.  Chau, que sigas bien.  Y cortó, habrán sido siete segundos, ni un saludo para Mónica.  Feo.  Esto está feo.  Tengo miedo.

 

La cuarentena cumplió sus 100 días y otros tantos que no voy a trabajar.  Pasó un mes de la última llamada de Arévalo.  Cada semana me planteo el reintegro.  Razono conmigo mismo y peleo contra esta sensación puntual de no querer salir de casa, salvo al kiosco de la esquina (golosinas para Mónica, fasos para mí).  Es inútil… tengo miedo, no sé de qué pero tengo miedo…

 

Zumba el portero eléctrico, voy  atender con expectativa, no espero ninguna entrega y en esos tiempos no viene ni el loro del cuento…

-Señor Mónaco, tiene un telegrama colacionado, debe firmar el recibo.

 

Nota del autor

Síndrome de la cabaña: en los estudios psicológicos conocidos y aceptados NO está registrada ni aceptada ninguna sintomatología que se refiera a la resistencia y negación inconscientes a “salir al afuera” de nuestro hogar (cabaña).  Sin embargo, a nivel mundial, ha empezado a registrarse en forma reiterada este fenómeno y pareciera que la denominación se va a imponer de abajo hacia arriba; del vulgo a los psicólogos y psiquiatras.