por C. Fernández Rombi– 06 jul 2020
De noche, tarde... deambulo frente al cementerio; quizás, un poco pasado de alcohol. Ni siquiera sé cómo llegué hasta este lugar. (No era mi intención).
Hace frío, el viento arrecia y los truenos cantan su vieja canción. (Situación ideal).
De pronto, caigo en la cuenta de que tengo miedo... ¡Estoy temblando! Las viejas ficciones de fantasmas que me contaba mi abuelo cuando era un chico me asaltan con igual fiereza y drama de aquella época.
Caigo en la desesperación. Espero (Temo) a Aquel que venga a llevarme al mismísimo trasmundo. Veo a un hombre a un par de metros, parece estar tan asustado como yo. Me acerco y lo miro; su presencia me serena y “agranda”. Lo tomo de un brazo y le brindo la mejor de las sonrisas.
Me habla; su voz es cálida y aumenta mi calma. No percibo sus palabras con certeza. Acercándome, le digo:
-Por favor hermano, en voz más alta... ¡Estoy ansioso de escucharte!
Luego de un breve silencio, me contesta. (Me concentro a pleno en su voz).
Ahora sí, esta es clara y firme. (Determinada).
-Juan, he venido a llevarte... ¡Vamos!
Nota del autor:
Aunque se preste a pensar lo contrario, el presente fue escrito en un momento de particular alegría y excelente estado de ánimo.