por C. Fernández Rombi– 24 jul 2020
Para la mayoría de las personas confinadas al horario laboral clásico, de lunes a viernes nueve horas y los sábados hasta el mediodía, los lunes suelen ser inevitablemente un fastidio. Hay que madrugar y retomar la rutina de horarios y jefes desagradables. Pertenezco a ese grupo, pero… Hace veinte años tuve un lunes diferente, mí Lunes.
Había cumplido los cuarenta y, por fin, regularizado mis aportes jubilatorios. Sólo era cosa de aguantarme veinte años más y llegar al dulce no hacer nada. Resumen: amigos, poco y nada, dos o tres conocidos del laburo; familia, cero; el tema sexo, lo solucionaba con un par de encuentros mensuales (a veces, tres), previo pago. En fin… nunca fui el rey de los piolas. Pero, mi Lunes… ¡ah, mi Lunes fue una belleza…! Diferente e inolvidable.
No me había sentido bien ese finde: un rebelde resfrío me había tenido a mal traer. Llevaba cinco años en la oficina sin un solo faltazo. Decidí llamar y pedir médico. El Jefe de Personal me mandó decir: “Si viene mañana, no hace falta el médico y que se mejore”. Dada la buena noticia, decidí, en lugar de quedarme en la catrera, tener un inicio de semana diferente. Me empilché y a eso de las diez salí a gozar de la vida y del solcito primaveral. El mediodía me encontró comiendo como un bacán en uno de los carritos de la Costanera y… ¡nacía mi Lunes!
En la mesa más cercana una muchacha hermosa (me quedo corto) y tan sola como yo, comía distraída. Además de su belleza, su empilche elegante y exquisita figura. No pude dejar de pensar que constituíamos una rareza en ese boliche (poca gente y ningún otro solitario aparte de nosotros dos). Tampoco, dejar de tejer una fantasía romántica. Consciente de que Ella me quedaba chica por edad y grande por naturaleza.
¡Fueron las quince mejores horas de toda mi vida!
No se repetirían. A las tres de la mañana, en el momento en el que nos despedíamos en la puerta de mi casa –aún no me había bajado de su auto–, embriagado de amor le planteaba el lógico intercambio de teléfonos para proseguir ese romance intenso y deslumbrante que habíamos terminando por consumar en el vehículo. La respuesta fue un balde de agua helada:
─Mi querido… lo lamento tanto, pero estas horas juntos fueron únicas y no repetibles. Mañana parto a Madrid y en quince días me caso. Ya no volveré a Buenos Aires… De seguro debí decírtelo de entrada pero, no me arrepiento. Fue muy lindo esto nuestro que ya termina. Lindo por lo espontáneo y lindo por lo fugaz. Adiós mi inolvidable querido y perdóname.
Mi Lunes había terminado.