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por C. Fernández Rombi 30 jul 2020

 

Elba Sanpedro es una mujer solitaria… y no por elección.  Carece de la facultad del habla, también de familia y amigos.  Triste cuadro de soledad crónica.  A sus 43 años, es una mujer dulce y tímida.  Desde la trágica muerte de sus padres en un accidente ferroviario a sus seis añitos ─ella fue la única sobreviviente─, ya no volvió a articular palabra.

 

Su único contacto con el mundo es su prima, tres años mayor.  Es su nexo con el exterior, pero Elba vive en Capital e Isabel en Adrogué… además de tener marido e hijos.  Sin embargo, es su respaldo y la que, desde su empleo en la Embajada de Canadá, le consigue trabajos de traducción de inglés y francés.  Elba es competente, sus traducciones son prácticamente  perfectas.  Vive sola en un departamento a dos cuadras de la estación de Flores, ordenado, impecable e inundado de la música de Ravel, de Litz, de Chopin…  A veces, hay un cambio y los boleros reemplazan a la música clásica.  No tiene pesares económicos pero… ¡está sola!

 

Hace tres años tiene banda ancha en su PC.  Ambas herramientas mágicas le cambiaron la vida mitigando su soledad.  El chat la capturó desde el inicio.  ¡Podía hablar con los demás!  Todo su tiempo libre es para las salas de chat.  Al principio, le subían los rubores con algunas propuestas subidas de rango, luego se acostumbró.  Ahora participa activamente, tiene cuatro o cinco amigos con los que chatea a diario.

 

A nadie informa de su mudez.  Le han propuesto el conocerse en persona varias veces, pero, justamente por su ocultamiento, declina con excusas varias, sin responder las propuestas de sexo de todo tipo que recibe de hombres y mujeres.  Pero no puede evitar que le calienten la sangre…  Igual le sucede cuando viaja por las páginas eróticas que la ponen en ebullición; nada extraño, ya que a sus años continúa virgen.  Deja de lado las del porno duro, le causan repulsa instintiva; las otras, en cambio, le recuerdan que el sexo existe…  Aunque no para ella.

 

Aparece un nuevo amigo <RUBUENAZO–39> en una sala que ella suele frecuentar; lleva un año chateando con él, se comunican a diario y saben casi todo el uno del otro.  Hay “química virtual”.  Rubén Córdoba tiene cuarenta, vive en la Boca, es arquitecto en una constructora de Capital…  Es tan dulce y ocurrente, tenemos el mismo gusto por la música y la lectura de Borges, Sábato, Fuentes y Cortázar; ambos impactados por la novela de Fernández Rombi: “Martina… y los Años de Plomo”.  En realidad, la conocí gracias a Rubén y me apasioné con su lectura desde las primeras páginas.

 

Rubén ignora que Elba es muda y ella, que él es casado.  Inmerso en un matrimonio tormentoso con una mujer hermosa, posesiva y celosa. Él sugiere de continuo agregar una cámara y voz a sus conversaciones, a lo cual, obviamente, ella se niega.  Se conocen por el agregado de sus fotos y están mutuamente prendados.  Rubén aprecia las finas facciones de la mujer y la dulzura de carácter, el lado más flaco de su esposa.  Y Elba, a un hombre atractivo, de sonrisa franca, del que ya se enamoró.  Pobre amor sin destino…  Jamás me animaré a revelarle mi mudez.  Y si lo hiciera, él reaccionaría huyendo.  La presión para que nos conozcamos es cada día mayor; presiento que Rubén se está enojando y que piensa que hay un hombre en mi vida…  ¡Oh Dios!  No sé qué hacer.  Para colmo, ahora insiste en conocer mi voz y quiere que le dé mi número telefónico, además  me pasó su número de celular para que lo llame…  ¡No puedo más!

 

¡ElbaSan2009 se desconecta del chat!  Rubén desespera ante ese silencio virtual que no entiende.  Seguramente es casada.  ¡No importa!  ¡Debo verla… quiero verla!

 

Del chateo, Rubén sabe que ella va a misa todos los domingos a la Basílica San José de Flores, frente a la plaza.  Toma su decisión: se va a plantificar todos los domingos que sean necesarios hasta que la vea.  Imagina que, aunque su experiencia en la iglesia es nula, esas misas de domingo en la Basílica deben ser multitudinarias.  Es un hombre obstinado.  Ahora, con mayor motivo.  En estos tres meses que Elba permanece ausente, su matrimonio ha terminado en muerte total y ya comenzaron a intervenir los abogados para el divorcio de mutuo acuerdo.  ¡Por fin, libre!  Ya no aguantaba más el carácter y la malicia de Lorena…  Aunque nunca llegue a nada con Elba, este final debía darse… Estoy enamorado de una mujer a la que solo conozco por Internet y unas fotos, y que ha cerrado todo contacto conmigo.  Hasta su dirección de mail dio de baja.  Misterio.  La vida es un misterio difícil de descifrar… debería ser más sencillo.  ¡Carajo!

 

Es domingo, acaba de terminar la Misa de 8.  Rubén, ansioso, escudriña los fieles que se retiran; a esa hora escasea la feligresía.  Sin embargo, nada.  Elba no aparece o él no la ve.  Abandona su puesto de vigilancia y va a la confitería de Rivera Indarte y Rivadavia, a unos cincuenta metros de la Basílica.  La próxima misa es a las 11 y él estará presente.  Hace tiempo leyendo los diarios del día de la confitería.  A las 10.45 está nuevamente en su puesto; ahora la afluencia es mucho mayor…  ¡Y nada!

 

La ceremonia termina a las 12.05.  ¡Sale una multitud!  Sus ojos se multiplican sin éxito.  Cuando la Avenida Rivadavia queda vacía, desesperanzado, decide entrar al templo para conocer la belleza de una de las basílicas más hermosas de Buenos aires.  Y después de veinte años, rezar un poco.  Aunque más que el Padrenuestro no recuerdo, pero mal no me va a venir y además voy a pedirle a Dios la gracia de encontrarla.

 

Sólo unas diez personas quedan en el templo.  El hombre observa la magnificencia del altar central con la Virgen con el Niño.  Su vista gira distraída sin saber bien qué actitud adoptar, y… ¡la ve!  Elba, se levanta de un reclinatorio lateral y comienza a irse.  Él, presuroso, sale antes y la espera.  La mujer pasa ante él sin verlo.  Rubén la observa arrobado: por su paz interior, su apenas insinuada sonrisa, su hermosura de mujer madura.  Camina unos cuantos pasos detrás de ella sin saber bien qué hacer ni qué actitud adoptar…  ¡Dios mío, ayúdame!  Elba parece tan grácil como una muchacha.  Bueno, es ahora o nunca… ¡vamos!  Se adelanta hasta enfrentarla, la toma de las muñecas y con una cálida sonrisa en su rostro…

─Elba, perdoname si te busqué… pero no podía vivir más sin vos.

 

La mujer no retira sus manos.  Apenas reconocido el hombre que ama, una expresión de intensa alegría invade su rostro.  Que inmediatamente cambia por otra de angustia al caer en la cuenta de que no puede contestarle.  Rubén se sorprende ante un cambio tan notorio, pero no suelta sus manos.

─Por favor, no quiero lastimarte, soy capaz de soportar cualquier cosa; pero, por favor te imploro, decime qué te pasa…

 

Una hermosa mujer con los ojos arrasados por las lágrimas, lleva su mano derecha hacia su garganta e indica con claridad donde está el problema.  Él, en el acto comprende.  Vacila un instante, luego desprende sus manos que ahora se transforman en un abrazo cálido e interminable.  Así permanecen largo tiempo, en pleno mediodía porteño, a unos pasos de la iglesia, entre la mirada indiferente de los unos y comprensiva de los otros.  La toma con suavidad de los hombros y la conduce a la confitería.

 

El hombre habla sin interrupciones, contando el infierno que ha pasado sin ella, el inicio de su divorcio y un montón de cosas de su vida; su hermano casado, sus dos sobrinos…  Y que va a aprender el idioma de señales en tres meses…  Y de pronto cae en la cuenta de que está parloteando sin demasiada ilación, ante la mirada apacible de aquella que lo escucha arrobada.

─Perdoname Elba, me fui de boca.  Debo parecerte un loro parlanchín…  No me preocupa lo más mínimo el hecho de que no puedas hablar.  Además, vos debés saber que entre hombres es moneda corriente decir que lo mejor que nos puede pasar es tener una mujer que no hable, o sea que… ¡soy un bendecido!  ¿No estás de acuerdo, mi amor? ─ella asiente con un gesto mientras su sonrisa, que ha sido permanente, se acentúa dándole una luz inusitada a su rostro.  Ahora es Elba la que toma las manos del otro.

─En realidad, ElbaSan2009, hay una sola cosa que me causaría dolor  ─la voz de Rubén vacila─, saberte casada o enamorada de otro hombre.

 

Elba abre su cartera y saca el block con lapicera, acompañantes fieles de su falta de comunicación, y escribe un minuto impidiendo con su mano izquierda que Rubén, que estira el cuello tratando de espiar, pueda hacerlo.  Luego, lo da vuelta hacia él:

─No estoy casada y nunca lo estuve y… ¡sí estoy enamorada!  De un hombre amoroso que se llama <RUBUENAZO-39>

Aquel, que se ha quedado sin palabras, con delicadeza arranca la hojita del block, la dobla en cuatro y la introduce en el bolsillo de su campera.  Esa noche, luego de un día y una tarde juntos que se les va como agua entre los dedos; entre caricias, besos y mimos; frases orales y otras escritas en un block que debe ser inevitablemente reemplazado… una mujer ignorante del amor físico entrega su virginidad al hombre que vivía en sus sueños desde la adolescencia.  Y lo hace total e íntegramente, con la pasión misma de una muchacha que se entrega a su primer amor.

 

Elba y Rubén están a punto de cumplir el primer año de amorosa convivencia.  No ha habido una sola nube en su romance.  Siguen comunicándose, mientras él está en la oficina, a través del Messenger.  Rubén aprendió el idioma de señales y lo maneja a la perfección (aunque le llevó más de tres meses) y deciden casarse.  Él ya tiene su sentencia de divorcio y como solo tenía unión civil, es un hombre libre.  Que decide que para Elba el sólo Registro Civil sería insuficiente.  Fijada la fecha, se dirige a la Basílica para pedirle al Padre Guilbert, del que se ha hecho amigo luego de acompañar a misa a Elba todo el año, que en una sencilla ceremonia religiosa los case en un día de semana.  Sin pompa de ninguna naturaleza.

 

Ese jueves bendito ha llegado.  Sobre las 18 horas, un torrente de agua cae sobre Buenos Aires, suceso que no parece importar lo más mínimo a los novios, que esperan por el sacerdote tomados de la mano.  Ante la sonrisa indulgente de un puñado de invitados: los padres del novio, su hermano, esposa e hijos; y la prima de la novia, Isabel, con su esposo y los hijos.  Por fin se presentará el Padre Pedro Guilbert, sonriente y con una disculpa en los labios:

─Chicos, les pido perdón.  Pero tuve a un par de venerables ancianas que tenían más pecados para confesar que veinte prestamistas juntos… ¿Están listos?

 

Los novios se ubican ante el imponente altar de la Basílica, que impresiona menos al no estar la iluminación a pleno.  Hay una cuasi penumbra realzada cada tanto por el brillo de los relámpagos, cuya luz se cuela en el interior del templo.  El sacerdote le aclaró a la pareja, en forma previa, que para el consentimiento de la novia bastará con un gesto de afirmación.

─Rubén Alcides Córdoba, ¿aceptas a Elba Sanpedro como tu legítima esposa prometiendo honrarla y cuidarla tanto en la prosperidad como en la pobreza, en la salud como en la enfermedad, amándola y respetándola hasta que la muerte los separe?

─¡Si, acepto!

─Elba Sanpedro, ¿aceptas a Rubén Alcides Córdoba como tu legítimo esposo prometiendo honrarlo y cuidarlo tanto en la prosperidad como en la pobreza, en la salud como en la enfermedad, amándolo y respetándolo hasta que la muerte los separe?

─¡Sí, acepto de todo corazón!

 

Es una voz clara, dulce y firme la que ha respondido sin vacilación alguna.  Los novios se unen en un beso interminable.

 

"El rasgo esencial de la mudez selectiva es el fracaso persistente a hablar en situaciones sociales comunes o específicas, donde se espera la comunicación oral.  Otros rasgos asociados pueden incluir: timidez excesiva, miedo al ridículo social, aislamiento y reclusión social, poca independencia, rasgos compulsivos, rabietas u otros comportamientos de control o de oposición, especialmente en casa".

Reflejos, aprendizaje y comportamiento, de Sally Goddard.