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por C. Fernández Rombi 11 ago 2020

 

A mis dos amigos y agentes de la cultura,

Alicia Danesino y Salvador D’Aquila.

 

Treinta días antes de ese encuentro casual

Julio ignoraría hasta el mismo momento del encuentro que, además de casual, sería iniciático.  Disparador de un cambio total de su historia ─él tenía una vida tranquila, rutinaria y muy buena─, más tratándose de un hombre apenas pasados los treinta, .Mercado Libre paga bien y le gusta.  Lleva un par de años allí y ya le han propuesto el cargo de Subgerente de la Regional Buenos Aires.  Laura Andrea (Lauri), su esposa, es la mujer más hermosa que ha conocido en su vida.  Por supuesto, después de cuatro años de matrimonio, está acostumbrado al efecto que ella produce en cualquier lugar al que fueren.  Si bien él es un hombre atractivo, alto, de buena constitución física y agradable sonrisa, su mujer es algo excepcional.  Tan alta como él, con una hermosa y larga cabellera oscura que da marco a facciones perfectas, realzadas por unos ojos verdes y enormes que resaltan con el tez mate de su piel, casi orillando con el de una fina y delicada mulata.  Cuando la conocí, pensé que me podía llegar a ahogar en esos ojos. Es decir, una mujer de las que se ven rara vez.  Laura Andrea acaba de cumplir los veintisiete y la admiración masculina es un aditamento que sobrelleva desde los quince.

 

En realidad, Lauri no tiene nada que envidiarle a ninguna de las grandes bellezas del cine o la TV.  Ahora ya me acostumbré, pero al principio me costó aceptar su altivez propia de la mujer convencida de su hermosura.  Belleza que me depara muy buenos momentos.  Tenemos por costumbre los sábados dejar a la pequeña con su abuela y salir a cenar en alguno de los restaurantes más lindos o de onda de Buenos Aires.  Entrar del brazo de Lauri es tener (creo yo) la sensación experimentada por el mismísimo Napoleón desfilando al  frente de su Ejército Imperial. En fin, que por más cara que salga la cena es dinero bien gastado.  Otro tanto ocurre cuando vamos de vacaciones.  Apenas llegados al hotel ─para Lauri, el alquilar un departamento o una cabaña está fuera de discusión, le gusta ser atendida y no considera el cocinar como parte de las vacaciones─ se convierte en primera y excluyente figura. Lo que me depara el beneficio único y gratuito de atenciones especiales, desde el gerente hasta el maletas-boy (bah, el maletero). En las últimas vacaciones, pude concretarle su sueño de conocer Islandia ─¡ay mamita, una pila de billetes verdes!─ y pude comprobar que Lauri hace el mismo efecto en el extremo norte del mundo que en el sur.  En fin…

 

El encuentro

Viernes, al caer la tarde.  Lauri pasa a buscar a su esposo por las oficinas de la empresa en Parque Patricios.  El destino no habitual de ambos es la presentación de la novela Desnudo de mujer en rojo, de Fernández Rombi.  Sobre el final, el escritor comienza con la firma y dedicatoria de ejemplares.  Mientras, su corrector literario y amigo, Salvador D’Aquila, que esa noche ha compartido la mesa con él, presenta entre sí a sus invitados personales: el matrimonio de sus amigos Lauri y Julio; y la premiada poeta Alicia Danesino.  El también conductor-productor del programa radial Comenzando la semana, la convocó a la cita literaria después de haberla entrevistado en la emisión del último lunes.  Alicia es la vicepresidenta de la Sociedad de Escritores Filial Lomas de Zamora; y para esta ocasión, ha venido acompañada de su protegida, la juvenil escritora Paola.  Los cuatro recién conocidos, que simpatizaron a primera vista, intercambian sus números de teléfono como corolario del encuentro de esa noche.

 

Es bien cierto que la mocosa me impactó, como nadie lo había hecho desde que conocí a Lauri. Es más menuda, más joven y no tan hermosa como ella, pero igualmente atractiva.  Pienso que no debe tener más de veinte.  La rubia tiene una piel de un blanco más propio de otras latitudes; ojos castaños de mirada dulce y todavía en el proceso del descubrimiento del misterio de la vida.  Las pocas y ocasionales palabras salidas de su boca, tomaban para mí una inusitada importancia.  No por lo dicho, sino por su decir en un tono de voz bajo, grave y profundo (tal que te hace pensar que solo dichos relacionados con el amor pueden salir de esos labios).  Su cuerpo, enfundado en un modelo de diseño que se ajustaba como un guante, es sensual y perfecto.  Es imposible para un hombre común no reparar en ese busto tan generoso que parece dispuesto a estallar en cualquier momento.  Único detalle (¿detalle?) en el que “es más” que Lauri.

 

Julio no ha pensado en los cinco años precedentes en mujer alguna que no sea la propia.  A pesar de haber sido tentado más de una vez por varias, a las que atrajo sin habérselo propuesto.  Pero ahora está viviendo una tensión desconocida.  Desde la misma noche de la presentación, se le ha instalado en el subconsciente (y en el consciente, también) la presencia de la joven Paola. Y ya no la puede desinstalar, llegando al extremo de desatender alguna tarea laboral.  Su compañero y mejor amigo, Miguel, pasado unos días del encuentro con Paola, le recomendará en privado: “Julio, bajá un cambio; es la segunda vez que me mandás un memo equivocado… Viejo, a ver si arruinas tu inminente ascenso”.

 

¡Miguel tiene razón!  Estoy estupidizado y conozco el nombre de mi estupidez: Paola.  No puedo dejar de pensar en esa pendeja, llegando al extremo no querido de hacer el amor con mi Lauri y, mentalmente, suplantarla por la otra.  Sé  que es muy común en los casados…  ¡Carajo, a mí no me había pasado nunca!

 

Cumplida una semana de su “estupidización”, o sea el viernes siguiente, la empresa le comunica oficialmente su ascenso.  Julio se hace cargo de inmediato más que contento.  No puede evitar pensar, con alivio, que sus nuevas funciones le ocuparan la mente en forma completa, “sacándolo” de su  femenina obsesión. No iba a ser.

 

¡Me equivoqué!  Este laburo es joda, gano el doble y hago la mitad.  Después de tres días ocupado más en salutaciones que en laburar, caigo en la cuenta de que la subgerencia es, por lo menos para mí, un viva la pepa.  ¡Ay Paola, volviste!  Y  peor que antes, ya sé que lo voy a intentar…

─Hola… ¿quién es?

─Julio, de la presentación de la novela el viernes pasado…  ¿Cómo estás Paola?

 

Un tiempo después del encuentro

Fue una locura desde la primera vez.  A la media hora de encontrarnos, ya sabía que estaba metido hasta las manos. Fue un miércoles a media tarde, inventé excusas estrafalarias para el jueves y el viernes, simples e increíbles excusas de esposo infiel, metiendo el ascenso y la relación con mis nuevos pares y jefes.  Cuando desaparecí (ese mismo fin de semana, en Mar del Plata), ¡ni yo, mismo me la creí!  Nunca pensé que se podía amar de esta manera y con entrega tal.  En los pocos momentos de este tiempo en los que consigo pensar, llego a creer que mi gran romance con Lauri fue como un entrenamiento, una preparación para el arribo triunfal de Paola.  Recién ese fin de semana en el Hotel Costa Galana, la granada me reventó entre las manos.  Las dos noches anteriores (las del jueves y viernes que siguieron a nuestro primer encuentro) ya habíamos tenido sexo.  La primera en mi auto y el viernes en un hotel de la Panamericana; ambas experiencias totales e inolvidables.  Ya no tenía dudas, Paola, era el non plus ultra de las mujeres.  Esa mujer, pimpollo en transición a flor única y exquisita, me enloquecía.  Llegamos a Mardel en horas del mediodía de un día feo y gris (pensé, ¡justo para el amor sin pausas!).  Sin embargo, estaba con una Paola distinta a la de nuestros encuentros precedentes.  Hermosa como nunca y súper elegante en su conjunto sport de chaqueta y pantalón en tonos de morado y negro.  ¡Ah, las comparaciones!  También a su lado me sentía en púbico como un hombre especial, pero no en la forma avasalladora al ir del bracete con Lauri.  Sin nada que envidiarle, Paola un  8 o un 9, al lado del 10 absoluto de Lauri.

 

Pero, estaba diferente.  Parca, introvertida y como temerosa de algo.  A pesar de sus dichos de alegría por la salida, de conocer nuestra ciudad balnearia top y un hotel de lujo no acostumbrado para ella.  Apenas ubicados en la suite Cóndor del Galana, pedí una botella del mejor champán y unos emparedados de pavita (me aprestaba para una larga y maravillosa tarde).  Estaba diferente.  Repito, temerosa.  No quise interrogarla ni apurar sus tiempos.  La senté a mi lado, en el amplio sillón en ese mediodía de panzones y grises nubarrones.  La abracé y Paola recostó su cabeza en mi pecho.  Estuvimos largo tiempo; la bebida y los sándwiches esperaban sobre una mesa ratona.  Casi sin dame cuenta, mi abrazo (manejado por la pasión) fue pasando de afectuoso a erótico.  Cada vez más excitado, empecé a acariciar ese cuerpo magnífico, mucho más cerca del erotismo que de la comprensión.  De pronto, alelado y extático, caí en la cuenta de su suave  y cuasi inaudible llanto.

 

Mi erotismo se fue a la…  ¿Qué le  pasaba a mi muchacha?  Comencé a desgranar en sus oídos las viejas y siempre nuevas palabras del amor.  Con lentitud inició “su vuelta” y con igual lentitud fue cambiando su posición; de pronto, era yo quien tenía la cabeza en su regazo.  Sus palabras, en un tono apenas audible, tardaron en llegar a mi comprensión.

─Julio mi amor, mi querido amor, perdóname… soy una mujer trans.

 

Sí.  Como lo esperaba, ese fin de semana fue inolvidable para Julio.  Claro que no por lo que él imaginaba.  La revelación, mordida entre esos dientes que eran amados nácares, fue un golpe de nocaut muy difícil de asimilar.  Que iba a influir en el resto de su vida. Hombre de nuestro tiempo, Julio no reconoce ningún tipo de prejuicios, ni sexuales, políticos, raciales o religiosos.  De hecho, Miguel, su mejor amigo y compañero de trabajo, es homosexual.  Pero… otra cosa es formar pareja con una mujer que nació hombre; Que siendo chiquilín jugaba a la pelota igual que yo¡Joderse que es distinto!  Julio, ha superado como  pudo, ese fin de semana marplatense inolvidable por otros motivos y pleno de sensaciones muy opuestas.  En el que vivió la mayor sorpresa de su vida e, incomprensiblemente sus momentos de más alta pasión y plenitud sexual.

 

Pasaron un par de meses y hubo algunos cambios en su vida.  Su esposa lo trató con el mayor desprecio que puede utilizar una mujer altiva.  Llegó incluso, errando fiero, hasta el extremo de a preguntarme si yo no sería un gay no asumido.  Sus compañeros de trabajo no lo molestaron para nada (ahora él era jefe), pero no había dudas: a excepción única de Miguel, lo habían metido en un frío cono de silencio.  Como el mismo Miguel le explicaría: “Julio, siempre te envidaron a Lauri, ahora no pueden entender que la dejes por una trans…   Tampoco te ayuda ─agregaría con una sonrisa─ que un gay como yo sea tu mejor amigo”.  Respecto de sus jefes, la cosa no paso a mayores y ni uno solo le habló del tema.  Pero supe con  meridiana claridad que me habían “congelado”, no habría más ascenso para mí, ni sería invitado a las cenas habituales de los directores.  Un paria, que le dicen.  ¡Joderme!

 

Epílogo

A tres años justos de su “fin de semana marplatense”, fecha que la pareja de Paola-Julio  considera “aniversario”, deciden recrearlo y vuelven un par de días a Mar del Plata, ya no sería el lujoso hotel de la primera vez sino uno más económico.  Son felices.  En la noche tarde, ya consumada (una vez más) su pasión en el amplio lecho que los ha acogido sin reserva alguna, Paola cae en un plácido sueño.  Julio, en camisa sport y pantalones cortos,se sirve un generoso whisky y se sienta en uno de los sillones del balconcito que mira al mar.  El suave oleaje nocturno se viste de plata por la reverberación de una luna llena ya alta y relumbrante, que se deja ver en todo su esplendor.  Es uno de esos momentos en que el mundo, el clima,  la situación y el lugar son tan espléndidos que el ser humano sensible siente ganas de llorar. Y de que el tiempo no avance un solo segundo más. Sin embargo, éste, atado a su coherencia imperturbable e indeclinable, sigue.  Y seguirá.

 

Deleitando los sentidos en la visión única del mar y con el “gusto a Paola” aún en mis labios, revivo en mi mente mi noche de amor.  ¡Magnífica como todas!  No puedo evitar evaluar como ya lo he hecho tantas veces en estos tres años, pérdidas y ganancias.  Creo que el balance es negativo: Lauri, apoyada en un abogado-buitre, me hizo una demanda de divorcio por abandono e infidelidad; acepté toda la culpa.  Bien, en adelante vería a mi niña una vez por mes, pasaría la mitad de mis ingresos a ambas. De vivir en un piso en Belgrano R, a un tres ambientes en Caballito (un consuelito, más cerca del laburo).  El enojo duro de mi viejo y el desprecio total de mis suegros y algunos de nuestros amigos comunes (casi todos).  ¿Negativo… o no?  Nunca había esperado el final de la jornada laboral con estas ganas de ahora.  Cada minuto junto a Paola es único e irrepetible; cada día la quiero un poco más…

 

¡No me arrepiento de nada…!  Esto, simplemente, es el amor.

 

Nota:

Los nombrados, la poeta Alicia Danesino y el periodista Salvador D’Aquila, son los únicos personajes de la vida real en este relato. El resto, incluso el autor, son personajes imaginarios.