por Carlos Fernández Rombi – 30 ago 2020
¡Penal... penaaaal... penaaaaaaaal para Argentiiiinaaaaaaaaaaaaa!!! (“¡Penal para Argentina!”: traducción del autor, del grito de un relator del partido).
El 9 de nuestra Selección soñó, la noche previa al partido definitorio de este Mundial, que faltando 5’ nos cobraban un penal a favor. ¡Lo convertía! En su sueño, lo vio clarito: él amagaba a la izquierda del arquero boliviano y, suave, la ponía en el ángulo derecho. El atajador, desairado, quedaba todo despatarrado en el lugar opuesto al acceso del balón. ¡Argentina Campeón!
Faltaban apenas 4’ para la pitada final, el marcador se mantenía cero a cero. Habría que ir a tiempo suplementario. El 9 estaba desconcertado; él había creído en su sueño pero, no pasaba nada. Es justo el momento en el cual en una muy confusa jugada en el área contraria, el árbitro pita: ¡penal para Argentina! Los bolivianos van en masa a pelear con el referí. El 9, a su vez, pelea con dos de sus compañeros que quieren hacerse cargo de la ejecución. ¡Sueñen giles...! ¡Nadie me robará mi gol soñado!
Cesado el tumulto, está listo para patear y muy tranquilo, como ignorante del compromiso y su importancia. Suena el silbato, amaga a la izquierda del arquero y, suave, la pone en el lugar opuesto. El arquero se luce embolsando a la antigua y de rodillas. El 9 desolado, está arrodillado mirando al cielo. Un par de compañeros se acercan y tratan de consolarlo; la mayoría están casi tan mal como él. El último en arrimar su palabra de aliento es el portero boliviano. Lo palmea con indisimulable afecto, mientras le dice, antes de ir a sumarse al incontenible festejo de sus compañeros:
─”Nueve”, lo lamento. Pero... ¡te olvidaste que yo estuve en tu sueño!