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por Carlos Fernández Rombi – 06 sep 2020

 

Una historia tan repetida que ni vale la pena leer.

 

Vendí mi autito.  Mantenerlo se puso difícil.  Liquidé unas deudas y días después, con el pique restante, hice la de cualquier argentino normal; fui a una cueva de la peatonal Laprida de Lomas de Zamora a comprar unos dolarcitos... por si las moscas.  Me dio para, casi, dos mil.

 

Con el bultito en el fondo del bolsillo interior de la campera y mirando para los cinco costados, fui a tomar un remís para casa.  En plena peatonal, a las tres de la tarde, un gorila me dio un pechazo mandándome adentro de una galería comercial donde el socio me recibió con un bufoso en las costillas.  (Creo, no sé...  tal vez, solo era un fierro redondo...  Del puro cagazo, ni lo miré; con sentirlo alcanzó)

─¡Dame las dos lucas verdes o sos boleta viejo pelotudo!

 

Se las di... ¿qué remedio?  Ya algo más tranqui, llegando en el colectivo a casa (el remís ya no tenía sentido), caí en la cuenta de que una de las empleadas de la casa de cambios me había marcado.  Furioso y con taquicardia lo llamo a mi hermano: “Dany, me pasó esto y esto...”.

─“¿No te conté hermano...?  Quince días atrás le paso a tu nieta Mabel en una casa de cambios de Morón...”

 

Realmente, la charla no me alivió un joraca.  Insisto y lo llamo a mi amigo del alma: “Chiqui, me pasó esto y esto...”.

─“¡No me jodas...!  La semana pasada, en Adrogué, le hicieron la misma maniobra a mi prima...  Consolate, era mucha más guita...”

 

Parecía (me sentía) un boludo a quien nadie consolaba.  Insistí.  Lo llamo a mi amigo de toda la vida, el Edu Degrandi: “Edu, me pasó esto y esto...”

─“¿Sabés Carlitos, leí ayer en el Clarín que a una mina en Palermo se la dieron a una cuadra de la casa de cambio cuando había entrado a una pizzería...  30.000 de los verdes.  ¡Viene jodida la mano!”.

 

Ya desesperado porque ninguno me consolara un cachito... ni siquiera un cachito (¡hijos de puta!), juego mi última carta.  Llamo a mi bastión espiritual, mi hijo Aníbal, profe de historia en Lago Puelo (1800 km de Lomas): “Ani, me pasó esto y esto...”

─“¡Qué joda viejo...!  ¿Sabés que hace unos días le sucedió lo mismo al rector de uno de los colegios donde trabajo en El Bolsón.  No sé cuántos verdes eran; pero de seguro, mucho más que los tuyos”.

 

Cuelgo el tubo y cavilo con toda mi materia gris en uso full.  Furioso al mango con la pendeja que me marcó, con mi hermano, mis amigos y mi hijo...  ¡Que se pudran todos juntos!  Una hora y media de charlas y ni un cachito de consuelo…

 

¿Mi conclusión?  Mal de muchos...  En fin… ¡es lo que hay!

 

Nota: este relato es modificatorio de uno anterior (cinco años) llamado “Marcado”.  En esencia es muy similar.  La inseguridad, pasado un lustro… ¡PEOR!