Imprimir

por Carlos Fernández Rombi – 03 oct 2020

 

A la mujer de mi vida, en cuya forma de “sentir” la política

se inspira el personaje femeníno de este relato

 

Hoy, me aparecen fuertes los recuerdos de tu sonrisa, de tus besos y  tu pasión…  Pasaron muchos años y nunca supe más de vos.  La última noticia te hacía yendo a radicarte a la ciudad de Santiago de Chile.  Proyecto que, alguna vez, habíamos acunado juntos durante el año de nuestro romance.  De nuestro amor.  De nuestra pasión.  Esa furia de posesión del uno por el otro, tan  irrefrenable que nos embargó a los dos y, en apenas un año, también nos devoró a ambos.  Visceral.

 

Cada tanto voy a Las Violetas de Medrano y Rivadavia, donde nos conocimos una tarde de enero…  ¿Recordás?  Yo había entrado por una cerveza helada y el alivio del aire acondicionado del lugar.  En la calle, los humanos y los bichos nos achicharrábamos con 37° a la sombra.  En los primeros momentos, no te noté.  Eran cuatro veteranas de buen empilche y hablando como cotorras santafecinas las que se hacían notar.

 

Más que distraído, ya balón de cerveza en mano, giré mi vista en panorámica por la  elegancia del salón de Las Violetas y te vi.  Una joven atracción pura.  Mujer  bella y esplendorosa.  Pensé: qué hermosa muchacha… ¿quién pudiera?  Para colmo, estabas bien acompañada.  Muy consciente de que podía pasar por un maleducado de aquellos, seguí con mi vista clavada en vos.  Hasta que, inevitablemente, lo notaste.  Justo en el momento en el cual tu acompañante se incorporó, beso tu mejilla y se marchó.

 

Casi en simultáneo y muy consciente de que arriesgaba un papelón, me allegué a tu mesa:

─¡Hola, soy Carlos y acabo de enamorarme a lo loco de vos!

Tu silencio sorprendido, que no ocultaba esa sonrisa, tu fiel compañera, no me dejó otro camino que continuar.

─Sé que en este momento estás pensando que soy o un tarado o el rey de los lanceros.  Creeme, ni una cosa ni la otra.  Simplemente, hacía mucho tiempo que no me enamoraba de este manera… si es que alguna vez me ocurrió.

Tu silencio se estiraba.

─Vas a tener que invitarme a sentar o echarme a los gritos… creo que la mitad del salón nos está observando.

Sonrió apenas, con sencillez y con su voz profunda dijo:

─Tenés razón, somos el destino de todas las miradas, por favor toma asiento.

 

Quince días después, te venías a vivir a mi departamento de soltero en  Palermo.  Parecíamos, según el dicho preferido de mi mejor amigo, el Chiqui D’Aquila, “infectados por un mismo virus potente e indestructible”.  Y él, también se quejaba: “Che puto, por esa mina te quedaste sin tiempo para los amigos… ya vas a caer llorando al café”.  No lo sabía, pero resultaría profético.  Tenía otro dicho para mí, desde que habías aparecido en mi vida, Leonora: “Che puto, es demasiado mina para vos, te queda grande”.  También, sin recorte alguno, buenazo como es, me expresaba su sana envidia, “me la comería enterita a la Leonora esa… ¡Ay, mamita”.  Parecida a la de los demás amigos comunes, salvo que la de ellos no era muy sana que digamos.

 

Yo estaba en mis 33.  En mi Pyme éramos, contando a mi hermano, ladero de fierro, doce personas en crecimiento sostenido en la venta y distribución de servicios agrotécnicos.  Leonora acababa de cumplir los 28.  Estaba haciendo un master de turismo internacional.  Su papá tenía una compañía de turismo en Chile y otra en EEUU y quería que su hija se pusiera al frente de la sucursal chilena.  No teníamos dudas ninguno de los dos.  Habíamos encontrado cada uno en el otro, la mitad que lo complementaba.  Reconocíamos sin vueltas, que jamás habíamos amado de esta manera.  De ahí a plantearse que nuestra pareja era de por vida, no había un solo centímetro.  Un año inolvidable e irrepetible.  Nos atraíamos como el enfermo a la salud, como el hambriento a la comida, como el sediento al agua fresca, o como los polos más opuestos imaginables.

 

El problema es que éramos polos de voltaje excesivo.  Así es que no era raro que en ocasiones hubiera un verdadero festival de chispas.  ¿Sonrisa encantadora?  ¡Sí!  ¿Carácter fuerte, que le dicen?  ¡También!  Con dos temas básicos en disputa permanente: la política y el feminismo.  Ambos, en posiciones tan firmes como disímiles.  Aunque en la segunda, el feminismo, yo podía hacer un esfuerzo y sobrellevar el tema sin hacer cortocircuitos.  No me considero para nada un “machista” y estoy de acuerdo con el empoderamiento femenino y todos los reclamos conexos en cuanto a respeto total por el otro, igualdad de  ingresos y oportunidades.  Chocábamos sólo cuando asumías ese fanatismo que era lo único que no te podía soportar.  Te habías embarcado en un feminismo a ultranza y te ponías como loca cuando yo (y otros también) lo llamaba feminazismo, y eso era ni más ni menos lo que es.  Sin hacer referencia, ni siquiera tangencial a tu defensa a ultranza del llamado idioma inclusivo(Amigos, el todes me revuelve la panza).

 

Pero la piedra de toque de nuestra relación, la madre de todas nuestras  peleas, era la puta política argentina:

─Carlos, me parece inconcebible que, inteligente como sos, no puedas entender que Néstor y Cristina son tan fundacionales para la Argentina como el mismo San Martín…  Tal vez, más importantes aún.  Antes de Perón, Néstor y Cristina este país no existía, la dignidad del trabajador menos aún y vivíamos en estado de esclavitud.

─Mi  querida, no voy  discutir al General, sí al matrimonio nefasto que le dieron un nuevo sentido a la palabra gobernar, traduciéndolo en corrupción generalizada.  Que en un puñado de años le quitaron todo sentido a la palabra trabajo al cambiarla por asistencialismo, piquetismo y camporismo.   Y que, además,  fomentan el clientelismo para sus punteros políticos a fin de ganar elecciones…

─¡Callate, callate, hablás como un facho macrista, un gorila de mierda!

 

Cuando llegábamos a este punto, yo ya sabía que Leo no iba a retroceder.  Era inútil que le explicara hasta el cansancio que yo de macrista, nada.  Que pensaba que la administración del ingeniero (y su “equipo ministerial de lujo”) había sido funesta; y tanto, que se vio obligada a entregar nuevamente el gobierno a la “siniestra señora”.  Pero para el cerrado criterio en estos dos temas de Leonor, estar contra el kirchnerismo era, automáticamente, ser un gorila macrista.  En fin, creo que no vale la pena sumar detalles.  (¿Peleas de este tipo?, todas las semanas).  Trataba de evitarlas, sabedor de que no nos iban a llevar a buen puerto.  Pero su fanatismo me sobrepasaba, haciéndome abandonar mis buenos propósitos.

 

Estábamos a un mes de nuestro primer aniversario, seguíamos amándonos en una forma desusada para estos tiempos. Más bien, éramos como los amantes del romanticismo de Rubén o Flaubert y Rosalía de Castro.  Y hacíamos planes para el futuro; ella con su agencia de turismo en Chile, y yo y mi Pyme, abriendo un nuevo mercado en el país trasandino.  El mundo, la vida y el amor nos sonreían a pleno.

 

Para ese sábado “inolvidable”, había reservado mesa en Paladar Buenos Aires, a las 22.  Un par de horas antes nos estamos “poniendo lindos” para la ocasión.  Decís de pronto:

─Estuvo brillante Alberto en la conferencia de prensa de hoy, al decir que con el nuevo cepo al dólar se van a recuperar divisas para el Banco Central y…

Sé que no debo contestar.  Justo hoy leía en un posteo de Fb que perder un amigo o a alguien querido por sus opiniones políticas, es un acto criminal y… ¡estoy de acuerdo!

─A ver si les tapa la boca a esos gorilas vendepatria y delirantes…

No debo, no.

─Mi amor, no te enojes pero en seis meses de “gobierno albertista” no pegaron una.  Vamos de malas a peores.  Aumentan la pobreza, la inseguridad, la inflación y, para colmo, cientos de empresas hacen fila para irse del país… y los jóvenes van a ir detrás.

 

¡Boludo grande…!  Sabía que no debía contestar.  La discusión, más y más virulenta, se me hacía más insoportable que de costumbre.  Me mordía por contestar, pero sabía que de hacerlo, lo iba a hacer de la peor forma posible…  De pronto, no aguanté más:

─¡Pero no me jodas más!  Me parece increíble que una mujer preparada, sea tan ignorante e irrazonable…  ¡Me tenés las pelotas por el piso!  ¡Sos un montón de ignorancia en una sola persona…!  ¡Leo, estoy  harto de tu ceguera política… ya basta!

 

Mis dichos habían terminado en alaridos destemplados y supe en el acto que había metido la pata hasta la cintura. Por el contenido y por la forma.  El silencio se hizo tan denso que me era desconocido.  Por el rabillo del ojo, vi la expresión congelada, la mirada de sus ojos sin expresión, yerta, muerta, la mandíbula endurecida de Leonor y tuve miedo.  Mucho.  Mi miedo deviene en pánico cuando veo que se comienza a desmaquillar lenta pero inexorablemente. Desesperado por “arreglar” comienzo a disculparme, decirle cosas dulces, halagarla.  Inútil, le hablo a la pared. Sentado en un sillón y abandonado todo intento de hacer las paces, me limito a observar como Leonora, conservando ese acting de frialdad absoluta y con movimientos precisos, sin ampulosidad alguna, se apresta a acostarse.  Es la hora en la que debimos arribar a la cena de festejo de nuestro amor.

 

Desolado, voy a  la heladera, me preparo un emparedado y un whisky machazo.  En el balcón trato de ser optimista, pero tengo la funesta impresión de que algo se ha roto.  Mi raciocinio me dice que es imposible que una relación de la intensidad de la nuestra se rompa por una discusión sobre la penosa política argentina.  Pero, es lo que me temo.  A las dos de la madrugada, después del tercer whisky doble, me decido a ir a la cama.  Como lo temía, Leonor está ocupando el centro de la misma.  Resignado, me tiro en un sillón.  Despierto casi a las diez de la matina, meándome y con una resaca fenomenal.  Luego de desahogar la vejiga y mojarme en forma abundante la cara, voy hacia el cuarto a ver “cómo amaneció el día”.  El lecho está vacío y, parece, que la casa ídem.  El silencio asusta y no veo ninguna de las pertenecías de mi mujer.  Una nota en la mesa de luz me espera.  Sin ganas, voy hacia ella:

 

Carlos: Te he querido con todo el corazón, pero lo nuestro se acabó.  De ninguna manera me veo compartiendo mi vida con alguien que piensa como toda esa gente que tanto daño le ha hecho y hace a las clases populares de la Argentina. Cuando puedas, juntá el resto de mis cosas y envialas a casa de mi mamá.  Si algo me quisiste, te imploro que no hagas el menor esfuerzo en ponerte en contacto conmigo.  Que seas feliz.}

 

Y así terminó el gran amor de mi vida.

 

La sigo extrañando y mantengo la misma incredulidad en lo referente a que una forma de pensar en política se le haga intolerable a la otra que, enamorada, decide apartarte de su vida para siempre.  No es de personas pensantes.

 

Lloré, lloro y lloraré.