por Carlos Fernández Rombi – 18 nov 2020

Con gran afecto a mi nieto

Ezequiel Schmidt, un tipo muy especial

 

Hoy

Despertó afiebrada y de muy mal humor, algo habitual en ella desde que la semana anterior José había salido de su vida sin previo aviso, después de diez años de relaciones y amor recíproco.  ¡Hijo de puta!  Un simple mail: “María, disculpame, necesito un poco de tiempo.  Te pido que no te comuniques, ya lo haré yo si llego a ver nuestra relación con una perspectiva más favorable”.  Y eso fue todo.  Por supuesto que debí frenar mi instinto de llamarlo y preguntarle el motivo o, simplemente, reputearlo.

 

Diez años antes

La fiesta de Halloween está en su apogeo.  A las cuatro de la mañana una cincuentena de chicos y chicas, la mayoría por debajo de los veinte años, se divierten con ganas.  La fiesta es en una mansión de un country de zona norte y ha sido convocada por Facebook.  La mayoría de los asistentes se conocen porque conforman un grupo que suele disfrutar este tipo de reuniones con el mismo anfitrión.  Este, alma mater y dueño del lugar, es Ricardo Peralta Más, polista reconocido, que está en sus 40 bien cumplidos.  O sea, dobla en edad a los presentes.

 

Ricardo, alternando con nosotros se siente uno más, le gustan las chicas jóvenes… y los chicos, también.  Quizás, estos aún más.  Yo sabía que en algún momento tendría que decidirme.  Llevaba más de un año asistiendo a sus fiestas y él me había dicho: “María, sabés que me gustás mucho…  Me encanta que seas una habitué, pero también me gustaría que pases un rato por mi habitación: sabrás también que si tenés algún noviecito, podés subir con él.  Me encantaría nena… pensalo seriamente”.

 

Ni duda, el putazo me hacía saber que debía pagar el precio o no ir más.  Le dije: “Ricardo, yo también tengo ganas… pero si no te parece mal, lo dejamos para la próxima.  Comprendeme, estoy con el asunto y me duele el mate.  La próxima contá conmigo y no solo porque vos lo pidas… yo también tengo ganas”.  Y no mentía.  Ricardo no me gustaba ni medio, pero no quería renunciar a esas jodas, no tenía acceso a fiestas de ese nivel ni de ningún otro.  Tenía 18 y mi virginidad se había perdido un par de años antes.  Mi nivel socio-económico, ni parecido al de Richard, así que si debía pagar, pagaría.  La mitad por lo menos de los participantes habituales, fueran del sexo que fueren ya habían pasado por la suite de Ricardo.  La llamaban la Sala de los Espejos y no era difícil imaginar el porqué.  Ninguno de los que ya habían conocido la bendita sala bajaba descontento.  De las seis  veces que había venido, salvo la primera, había tenido sexo y algo más; llegando a conocer el sexo grupal (orgía que le llaman) sin diferenciar sexos.  En el debut estuve a la defensiva; en la segunda, entregué la argolla; y en la últimas, varias veces cada noche.  Noche por decir algo, las reuniones empezaban a la media noche del sábado y terminaban al oscurecer del día siguiente en la pileta.  Mucha música, mucho alcohol, falopa y comida…  Lo que se te ocurriera.  ¡Un aquelarre fenomenal!

 

La noche en la que Ricardo me apretó fue justo en la que conocí a José… y nos enganchamos de movida.  Era su primera vez (y última para los dos).  Parecíamos hechos el uno para el otro y… ¡lo éramos!  Así que ahora, diez años de amor y pasión se borraban con un puto mail.  Espero hasta mañana y lo llamo.  ¿Quién carajo se cree que es para  plantarme por correo?  ¡Hijo de puta…!  (No puedo dejar de llorar)

 

José

Es un muchacho alto, bien plantado y con atractivo innegable hacia las mujeres.  En sus veintiún años, parecía ser mayor por su aplomo,  madurez y dominio del “verso” que les gusta a ellas.  Le faltaba, en la época de esa fiesta en la que se conocieron, poco más de dos años para licenciarse de psicólogo.  Lo lograría, siendo el egresado más joven en la historia de la UBA.

 

Esa noche de hace diez años un amigo del barrio me había invitado a una “fiesta con todo” en un country.  No sin cierta reserva, acepté.  Apenas entramos, ya me había arrepentido.  No soy amigo de esas jodas descontroladas (me habían contado de algunas en las que a más de un vivo, pasado de falopa y chupi, le rompieron el orto).  No había pasado una hora y me topé con la muchacha más hermosa que había visto en mi vida, María.  Me enamoré en el acto.  Mejor dicho, “nos”.  Salimos durante tres años, viéndonos casi todos los días.  Luego nos fuimos a vivir juntos a la casa de Almagro que le habían dejado sus viejos, no muy grande pero linda.  Nunca me arrepentí…  ¡Todo lo contrario!  La amaba más de lo que me atrevía a confesar.

 

Nuestro amor y la relación se afianzaban de continuo y, para mejor, la vida nos sonreía.  María estaba trabajando en una escribanía donde la trataban muy bien y pagaban casi igual.  El año pasado, yo había conseguido abrir mi propia consulta de psicología y ya tenía un volumen de pacientes aceptable y en crecimiento.  Es decir, nuestra relación tenía viento de cola.  A Daniel, el amigo que me había invitado a la fiesta-joda donde conocí a mi María, recién lo volví a ver de casualidad en el microcentro un año después ─Él se mudó de nuestro antiguo barrio poco después de la “fiestita”─.  Compartimos unos pocos minutos.  Él no habló de la fiestita origen de mi felicidad, yo tampoco.  Lo mismo pasó un par de años después (Daniel ya había engordado y asomaba la calvicie).  Compartimos, medio a las apuradas, un cafecito.  Yo recién acababa de instalarme en la casa de María y estaba feliz.  Hablamos generalidades, renovamos el intercambio de números de celulares (con la íntima común convicción de que nunca los usaríamos).  Tampoco tocamos el tema de la fiestijoda aquella.  Ayer, después de unos años, la casualidad nos reunió (ya mi Cupido personal estaba regordo y calvo a full).  Parecía que esta vez ambos disponíamos de más tiempo.  Después de los saludos mutuos entramos a un bar a tomar un par de cafés, enseguida me mandó:

─José, ¿te acordás de esa fiesta a la que te llevé hace como diez años en el country del polista?

─¿…?

─¡La joda loca!  ¿Cierto?  Me acuerdo que te apuntaste de entrada a la mina más linda que teníamos, la María… ¡Bárbara, la loca esa!  ¿La volviste a ver? ─Como no aguardaba la respuesta, puse expresión neutra y no lo interrumpí─ Yo seguí yendo un año más y no volvió a parecer.  Una pena, una leona para el sexo… ¿viste?  Se podía bajar a varios de nosotros en una noche…  En fin, los buenos  viejos tiempos.  Después me casé y a laburar, que es lo único que hago ahora.  Bueno, me consuelo con los recuerdos.  Perdón, habló como un loro… contame algo tuyo…

─¡Yo me casé con María!

Ahí terminó la charla y el encuentro, pagué la cuenta y me fui casi sin saludar.  Quedó alelado y estupefacto, consciente de que había metido la pata.  Quedé herido en el corazón.  ¡María, la puta de todos!  Entré en un locutorio, hice un e-mail y… ¡chau!

 

María, José y otro e-mail

Han pasado veinte días del envío de ese correo que los desgarró a los dos.  María, casi destrozada, no tiene idea del motivo de la actitud del  hombre.  Este, tan mal como ella, atraviesa los peores días de su vida.  Se ha refugiado en un hotel de Flores, al que llegó con lo puesto.  Toda su ropa y pertenencias han quedado en la casa común.  Es consciente de que lo más pronto posible debe hablar con la mujer e ir a retirarlas.  Pero su ánimo flaquea de solo pensar en verla.

 

¡María, la puta de todos!  Me arruinó la vida.  No soy un mojigato y sabía que cuando nos conocimos no era virgen, tampoco me importaba.  Pero de ahí al otro extremo, me resultaba inaceptable.  Además, esta revelación perturba mi tarea profesional.  Estoy haciendo lo peor que puede hacer un psicólogo: poner un oído en el paciente, mientras mi mente navega sin rumbo.  En mi consulta está Julio, mi paciente desde hace un año y que acaba de cumplir los 68.  Su problema es la no aceptación de que hay actividades deportivas a las que ya no puede acceder (y aún no me lo ha dicho, pero sospecho que la actividad sexual también le está costando).  De pronto, me oigo repitiéndole (como un maldito loro) una idea “de manual” de la psicología.  “La aceptación es admitir que las cosas no siempre son como queremos.  Es saber que cada persona tiene su mapa personal.  Y que, por tanto, lo que es bueno para mí puede no serlo para la otra persona.  Es querer(-te) con tus virtudes y tus defectos, para luego, pasar a la acción”.  En el momento en que me oigo a mí mismo, sufro una pequeña descarga eléctrica…  ¡Soy un farsante, indigno de mi profesión!  Corto la sesión.

─Julio, le voy a pedir que me perdone.  Quisiera que dejemos hasta la próxima sesión…  Me parece que comí algo que no me cayó bien y no me puedo concentrar.  Desde ya, que su pago lo imputamos a la próxima… ¿No se me enoja?

 

Por suerte, era mi último paciente del día.  Me refresco un poco y salgo a la calle, sumido en ideas contradictorias.  María ocupa la totalidad de mis pensamientos.  No tengo dudas de que me porté como un ignorante y un torpe…  ¿Quién era yo para juzgar su vida anterior a conocernos?  ¡Tanto estudio de la psicología humana servía solo para los extraños?  Imbuido en mis pensamientos camino más de una hora sin destino.  Por fin, sacudo la cabeza y “vuelvo”.  El día empieza a morir en un crepúsculo magnífico.  Reparo en un locutorio a unos pocos metros.  Pleno de decisión y de la paz interior que me faltó en este último tiempo, entro y pido una PC.  Abro el correo electrónico, escribo su dirección y: Mi queridísima María…